El lado oscuro de Oliverio Girondo

“Después de conocer una mujer etérea, ¿puede brindarnos alguna clase de atractivos una mujer terrestre?”. “¿Dónde encontraría a la que vuela?”. Dos preguntas y estamos ya inexorablemente inmersos en el arriesgado film de corte poético El lado oscuro del corazón, a cargo de Eliseo Subiela.

Con frases como esta, comenzaba Oliverio, poeta bohemio de Buenos Aires, a contarnos sobre sí allá por 1992. El protagonista no se anda con fruslerías y desde el arranque nos descubre el centro de su conflicto: “No se me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con un aliento afrodisíaco o con un aliento insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; ¡pero eso sí! —y en esto soy irreductible— no les perdono, bajo ningún pretexto, que no sepan volar”.

el lado oscuro del corazón_ oliverio girondoEl actor Darío Grandinetti, protagonista de El lado oscuro del corazón / Foto: CO3/Transeuropa.

Al escritor lo vamos conociendo al ritmo que marca su deambular desgastado, siempre ataviado con negra y solemne gabardina, por los lugares con más poso artístico de la cotidianidad argentina y uruguaya, entremezclada con la voz del devenir poético de Juan Gelman, Mario Benedetti y Oliverio Girondo. Y con este último decidimos quedarnos, recitando por tanto en este artículo la vida del Oliverio del film, a través de los poemas de Oliverio Girondo. El Oliverio inventado se funde y confunde, se despliega y constituye su identidad, a partir de los tres poetas que recita: se anclan a su vida, quedan prendidos y reflejados en su palabra. Cada vez que los nombra vuelven a vivir en él. Quien también vive en él, es la figura de La Muerte, que le ofrece empleos, una vida estable, un horario predecible. Esta forma de entender el trabajo y la vida nos resuena a Los trabajos y los días de Hesíodo, con sus dos verdades: el trabajo es el destino universal del hombre, pero sólo quien esté dispuesto a trabajar podrá con él. De ahí podemos dar un paso y adentrarnos en el capítulo de El trabajo y los días de El juguete rabioso, la novela de Roberto Arlt, en la cual el protagonista de los barrios bajos de Buenos Aires, aunque esté a medias dispuesto, no puede con estas máximas. Le agradaría más —a quién no— estar en la posición del individuo que puede dedicarse íntegramente a vivir, en el caso de Oliverio volcarse en sus poemas, más que a intentar sobrevivir, esto es, conservar un trabajo que no reporte nada a sus objetivos vitales. Ahora nos permitimos un pequeño salto y caemos en la escritora Alejandra Pizarnik, con el libro Los trabajos y las noches, en donde la noche es el espacio reservado por la autora para vivirse a través del poema, trabajarlo, contrapuesto por ende al tiempo ocupado por el día; subyugado siempre a la redonda llama que todo lo quema. Y les pido un último viaje, para terminar en Julio Cortázar y su cuento Simulacros de Historias de Cronopios y famas, en el que esta ocupación es entendida como perniciosa: “El lunes una parte de la familia se fue a sus respectivos empleos y ocupaciones, ya que de algo hay que morir”. Estoy segura de que si en la película, la cuarta voz hubiese estado a cargo de Cortázar, Oliverio habría rescatado esta tremenda sentencia en una de sus tantas conversaciones con su eterna compañera, La Muerte. Y es que si hacemos un balance del siglo XX e inicios del XXI en Argentina, podemos darnos cuenta del irreversible aroma que el contexto social —los cambios de gobierno, la inestabilidad y la muerte— legó a la forma de pensar sobre la vida, y por tanto, de hacer arte. Permitiéndonos así ver en escena la propia conciencia del caos. Y así lo vemos plasmado en los diálogos que Oliverio mantiene con la mujer del otro mundo: “—No necesito que me busques trabajo, estoy bien así. ¿Cómo te lo tengo que decir?, mi oficio es el de poeta. —¿Poeta? —Soy poeta. —¿Qué oficio es ser poeta? ¿Dónde dice aquí se busca poeta? Buena remuneración [señala el periódico]. Sólo trato de que seas sensato, Oliverio. Que dejes de ser un niño. —¿Para qué?”. 

el lado oscuro - benedetti - girondoMario Benedetti, en un cameo en El lado oscuro del corazón.

En contraposición a la forma de entender la vida que mantiene La Muerte, la poesía es la forma de enraizarse al existir que despliega Oliverio, y así se lo hace ver al responderle con el poema Comunión plenaria a la imprecación anterior —“Sólo trato de que seas sensato, Oliverio. Que dejes de ser un niño”—: “Los nervios se me adhieren al barro, a las paredes, abrazan los ramajes, penetran en la tierra, se esparcen por el aire, hasta alcanzar el cielo. / El mármol, los caballos tienen mis propias venas. Cualquier dolor lastima mi carne, mi esqueleto. ¡Las veces que me he muerto al ver matar un toro!… / Si diviso una nube debo emprender el vuelo. Si una mujer se acuesta yo me acuesto con ella. Cuántas veces me he dicho: ¿Seré yo esa piedra? / Nunca sigo un cadáver sin quedarme a su lado. Cuando ponen un huevo, yo también cacareo. Basta que alguien me piense para ser un recuerdo”.

La muerte, por tanto, es la traición a una vida poética, le da la clave a Oliverio: “mientras sigas diciendo ciertas palabras no podré llevarte”. Otro personaje que le sigue la pista y le cohabita es la sombra de su madre, una vaca que acude a su encuentro para recordarle el reducto de despojo humano al que se ha visto reducido: “Y lo peor es que la vaca, mi madre, tiene razón. Yo no soy, ni he sido nunca más que un corcho. Durante toda la vida he flotado, de aquí para allá, sin conocer otra cosa que la superficie. Incapaz de encariñarme con nada, siempre me aparté de los seres antes de aprender a quererlos. Y ahora, es demasiado tarde. Ya me falta coraje hasta para ponerme las zapatillas”.

En esta recta de bajada de la película, encontramos a un ser devastado por el amor al fin hallado y nuevamente perdido. Vemos a un hombre consciente de la desgracia en la que transcurren sus días. De nuevo habla La Muerte con el escritor: “ —¿Te llevó a volar y te dejó caer desde lo alto? te advertí que ibas a salir herido.  —Es mejor herido que dormido, como hasta ahora. (Oliverio) —Te gusta sufrir. —A veces una herida te recuerda que estás vivo. Es esto mi amor, mi estúpida muerte, es esto. ¿Cómo explicártelo?, pobrecita, si entendieras eso estarías viva”. Desde esta orilla de nostalgia, Oliverio se desborda, cae y deshace: “Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí y de pronto se arroja entre las ruedas de un tranvía”. Y no le queda más forma de enmendar y salvar la situación que quemarlo todo, pero quemarlo bien: “Llorar a lágrima viva. Llorar a chorros. Llorar la digestión. Llorar el sueño. Llorar ante las puertas y los puertos. Llorar de amabilidad y de amarillo. Abrir las canillas, las compuertas del llanto. Empaparnos el alma, la camiseta. Inundar las veredas y los paseos, y salvarnos, a nado, de nuestro llanto. / Llorarlo todo, pero llorarlo bien. Llorarlo con la nariz, con las rodillas. Llorarlo por el ombligo, por la boca. / Llorar de amor, de hastío, de alegría. Llorar de frac, de flato, de flacura. Llorar improvisando, de memoria. / Llorar todo el insomnio y todo el día!”

oliverio girondoOliverio Girondo.

Salvando la distancia entre el personaje y la persona, la poesía de Girondo (Buenos aires 1891 — 1967) no es dócil y menos aún tranquilizadora, como ya hemos ido leyendo. Tiene el carácter inquietante de toda indagación de lo agrisado y del esfuerzo por adentrarse en la densidad de lo indecible. Él no tiene miedo de no saber nombrar lo que no existe: “Cuando voy a sentarme advierto que mi cuerpo se sienta en otro cuerpo que acaba de sentarse adonde yo me siento. Y en el preciso instante de entrar en una casa, descubro que ya estaba antes de haber llegado. Por eso es muy posible que no asista a mi entierro, y que mientras me rieguen de lugares comunes, ya me encuentre en la tumba, vestido de esqueleto, bostezando los tópicos y los llantos fingidos”. A Oliverio se le designó como el Peter Pan del movimiento ultraísta. Movimiento sustentado filosóficamente por el nihilismo, donde Borges, como máximo exponente, postuló una poesía comprometida exclusivamente con la angustia, la soledad y el pesimismo. Girondo, por su parte, fue canalizador de una poética hermética y críptica, tendió a alejarse de la vida tal cual la conocía para ir en busca de refugio en su propia interioridad. Pero este alejarse de la sociedad y dar vueltas sobre sí mismo, cada vez más dentro de sí, mirando nada más que para dentro, se vincula con la incapacidad de pertenecer, de fusionarse con el todo. De salir al encuentro de la vida. Esta desunión pasará a significar desolación en el poeta, el cual resolverá finalmente dejarla atrás. Permitiéndose ser atravesado y salvado por el amor. El amor del otro encontrado ahí fuera. 

el lado oscuro del corazon - girondoFotograma de El lado oscuro del corazón / Foto: CO3/Transeuropa.

Ante este ser de inagotable asombro, siempre resulta acertado volver a dejarse mecer por lo exquisito de su escritura. Por aquella nostalgia, por ese destello que penetra el recuerdo y aviva con pasión la lumbre de la adoración y la desgracia, y el enojo al cagarse en todo. Oliverio, observador feroz de la realidad, celebra la vida con arrojo y queda tranquilo: “Nada ansío de nada, mientras dura el instante de eternidad que es todo, cuando no quiero nada”.

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