Cuando morí como un mártir

“Los caballos de Dios portan la virtud hasta el día de la Resurrección”.

¿Virtud? En Sidi Moumen no tiene cabida. Los virtuosos se van, huyen de la broma del destino que es uno de los suburbios más pobres y abandonados de la periferia de Casablanca. No hay tiempo para sacar a relucir cualidades que maravillen, siempre y cuando éstas no sean trapichear, robar o vender el mejor hachís de la barriada.

Aquí la virtud siempre viene de fuera: en una foto en blanco y negro de Lev Yashin, “el mayor guardameta de todos los tiempos”; en forma de postal desde Italia; hasta los trabajadores de la enorme fábrica anexa a Sidi Moumen son extranjeros.

Los caballos de Dios (Nabil Ayouch, 2012) es lo que tiene que ser. Realidad cercenada entre fundidos en negro. Historia de frustraciones que detonan. Miradas que revelan historias de pasados para olvidar. Por eso abundan droga y fútbol: una borra el pasado durante la fumada y el otro sobrelleva el presente hasta el próximo día.

caballos de diosLos caballos de Dios, film de Nabil Ayouch / Foto: Les films du nouveau monde.

Historias que siempre se repiten

El metal que resguarda las casas bajas era más reluciente en julio de 1994. Deberían estar en el colegio; en cierta manera, la arena del campo de fútbol improvisado es su escuela. El cemento que podría haberse usado se gastó en el muro que separa la barriada del resto de la ciudad. Así Casablanca parece tan lejana que las bombas se confunden con fuegos artificiales. 

Quienes somos hermanos pequeños sabemos bien el instinto protector que tiene el mayor hacia nosotros. En Sidi Moumen ese instinto es una cadena del metal que hay de sobra y que aparece cuando los partidos acaban en pelea. Y siempre acaban igual. Hamid es el retrato de un niño avanzado a su edad y un cabeza de familia en la adolescencia. En los suburbios el estatus lo da el dinero que se trae a casa, y, aparte de salvar a Yachine de peleas, saca adelante a su familia.

Por su parte, Yachine es el típico hermano pequeño que quiere ser como su hermano mayor. Quienes lo somos sabemos bien el instinto camaleónico que tiene el pequeño hacia el mayor. Y aquí surge el primer encontronazo entre dos intenciones: la de Hamid, intentando enderezar por el buen camino a Yachine, y la de Yachine, queriendo parecerse a su hermano Hamid.

A pesar de ser una familia de cinco personas, en la de Hamid y Yachine sólo hay tres válidas. El padre perdió la cabeza hace mucho tiempo, cuando todavía paseaban tropas españolas por suelo marroquí; Said, el verdadero hermano mayor, vive entre cuatro paredes, un par de auriculares y una radio. Está más informado de lo que ocurre en el mundo que de lo que está pasando al otro lado de la chapa. Una familia desestructurada que obliga a madurar a niños marca a éstos, y las decisiones que tomen, de por vida.  

La pobreza es la vela en la noche; la ausencia de empleo, la rutina.

Cada casa en Sidi Moumen es una historia. La de Nabil viene marcada por la ausencia de una figura masculina, así que Tamou, madre de Nabil, tuvo que ser padre, madre y amante de muchos hombres para sacar adelante a su hijo. Nabil, además, es uña y carne con Yachine, a quien alienta a cumplir sus sueños mientras no sabemos qué quiere para él. Es el único que no habla de su futuro porque se lo arrebataron en el fondo de una botella de vino y volvió a escapársele de las manos en un taller de reparaciones –la vida es constante paradoja.

Fouad es el híbrido entre Hamid y Nabil: hace las veces de padre y hermano mayor de Ghislaine, la figura que se encierra en los silencios de Yachine. Quizá por eso Fouad vive una vida que no pudo elegir, pero de la que escapa viendo un partido entre Argelia y Marruecos o mirando al miedo de frente.

Quien cierra la cuadrilla es Khalil. Puede que estemos ante el personaje más sensato de la película o, al menos, el que tiene las cosas más claras. Que ya es mucho decir.

Este grupo será en el que se apoye Yachine cuando le toque hacer las veces de Hamid. A partir de aquí, vemos cómo no logra reemplazar la figura de su hermano, con su madre destapando esa frustración que deshace el camino dibujado por Hamid.

En 1999, a las puertas del nuevo milenio, nos encontramos con que nada ha cambiado. Misma ausencia de futuro, mismas vías de escape, mismas cadenas que salvan y mismo campo que mata el tiempo. Lo único distinto es el plano aéreo –recurso que da elegancia a la pobreza de la barriada– donde podemos ver las casas acribilladas por antenas de televisión: la revolución no será televisada en Sidi Moumen.

Ni siquiera maduran nuestros protagonistas. Cinco años después, siguen siendo adolescentes atrapados en cuerpos de hombres. 

los caballos de dios 2012Los caballos de Dios, film de Nabil Ayouch / Foto: Les films du nouveau monde. 

Torres gemelas; hermanos paralelos

“¡Mantener a Al Qaeda es una obligación religiosa! ¡Fatua del jeque Abou Oubaida, el Marroquí!”. Nunca se concentró tanta gente en el bar de Madani como en la retransmisión en directo de los atentados del 11S. No sólo fueron las explosiones y el fuego las que encendieron la mecha; todo parece indicar que hacía falta muy poco para que surgieran en la barriada los primeros seguidores de Al Qaeda.

A falta de trabajo y esperanza, las fatuas que recorren las angostas calles del suburbio de Casablanca suenan a oportunidad.

Es en los momentos de menos autoestima y estado de ánimo cuando nos aferramos a realidades bondadosas, fáciles de comprender y cumplir. Y es cuando aparece, por primera vez en las vidas de Nabil y Yachine, la mezquita. Rezan. ¿Casualidad?

“Los criminales son ellos, no tú”. Las decisiones que se toman de ahora en adelante están alienadas con argumentos que eximen de culpabilidad a nuestros protagonistas, a través del recurso político más eficaz: la promesa.

Dentro del adoctrinamiento, las últimas caladas son actos de rebeldía. Una calada, dos, nada más. Después se apaga, como el pasado. Ver la televisión es otra insubordinación a la que sólo presta atención Fouad.

A la velocidad que prende una cerilla, la mezquita crece junto con los fieles. En primera fila se mantienen los alumnos aventajados de un pensamiento ajeno. Para entonces, Yachine se ha quedado en la foto que sostiene y muestra con orgullo Tarek a sus nuevos compañeros de vida.

Otra característica que define el funcionamiento de este grupúsculo son las redes de solidaridad. Tan estrechas como las calles de este suburbio de Casablanca. Casi tanto como peligrosas. La hipocresía sobrevuela entre fatuas, y es que la prohibición de la televisión se alterna con la visualización de piezas de reclutamiento terrorista; grabaciones de abusos de las fuerzas occidentales en Afganistán; o el uso de portátiles para visitar webs afines a Al Qaeda.

En apenas dos años la transformación de las personas que viven en el suburbio es notable. Crecen las chilabas y el fotograma revelador es el primer niqab que cruza, fugaz, la calle.

Tarek, de negro, y Hamid, de blanco, representan esa dualidad por la que puede pasar cualquiera de nosotros. Las dudas por el futuro de la familia y la firmeza de una decisión fundamentada en ideas precocinadas y listas para tomar. Los dos miran a su madre, la que siempre pide que se queden un poco más y para la que siempre tienen una excusa.

No años, sino meses, bastaron para entrenar a las 12 personas que se inmolaron en los atentados de Casablanca en 2003. En estos actos nunca salen las cuentas: 45 víctimas, entre ellas las 12 mencionadas, de las que 6 provenían del distrito de Sidi Moumen. Allí, donde sigue el fútbol y las vidas esperan una oportunidad.

“Si Dios quiere”.

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