El arte de matar, según Woody Allen

Ya está bien, no todo va a ser reír con Woody Allen. Que tiene una gracia natural es innegable, pero eso no quiere decir que no se ponga serio, profundamente dramático, en ocasiones. Ya contaba con una particular trilogía bergmaniana, la que componen Interiores (1978), Septiembre (1987) y Otra mujer (1989); tres obras magistrales. En 2015 ha cerrado un nuevo grupo de películas alejado de su habitual género y tono de comedia; cuatro dramas sobre el asesinato: Delitos y faltas (1989), Match Point (2005), El sueño de Cassandra (2007) e Irrational Man (2015); el arte de matar, según Woody Allen. 

Delitos_y_faltas-Woody_AllenEl crimen es un elemento habitual en sus tramas. En comedias como Balas sobre Broadway o, de manera evidente, en Misterioso asesinato en Manhattan, el acto de matar se sitúa en un punto importante de la trama, si no como eje. Sin embargo, en Delitos y faltas, Match Point, Cassandra’s Dream y en Irrational Man, el asesinato no es únicamente parte de la trama, sino el propio tema del film. Se trata de películas de calado filosófico, en las que las implicaciones morales del hecho delictivo por antonomasia —el asesinato— constituye el núcleo del discurso. No obstante, las situaciones y las conclusiones son diferentes. Y con diferente suerte están filmadas.

La primera de las incursiones morales de Woody Allen sobre el asesinato fue en Delitos y faltas, la más conseguida de todas ellas, con ese punto bergmaniano que la convierte en una de las obras maestras del neoyorquino. Un ejercicio de equilibrismo entre el drama moral y la comedia agridulce. El conflicto del acomodado oftalmólogo interpretado por Martin Landau: la culpa y el miedo tras asesinar a su amante, para evitar que ésta desvele a su esposa la infidelidad. Culpa cargada de cinismo y justificaciones. Miedo vergonzoso por ser descubierto. La atmósfera angustiosa alrededor de esta trama se compensa con la historia paralela del documentalista interpretado por el propio Allen, que pone la pata cómica, sutil y amargamente triste sobre el triunfo de la mediocridad y la falta de valores. 

Match_Point-Woody_AllenEl discernimiento sobre el peso moral del asesinato en Delitos y faltas se inserta en un ambiente social concreto: el de la pequeña burguesía intelectual. Será en el seno de esta clase social donde sigan desarrollándose los asesinatos de Woody Allen, tanto en Match Point como, sobre todo, en Irrational Man. La excepción se encuentra en Cassandra’s Dream, en la que los personajes protagonistas no forman parte del mundo rico, pero aspiran a serlo —en el caso del Ian de Ewan McGregor—. Una élite intelectualizada que se ve obligada —y justificada— a matar para proteger sus intereses, su posición social; y que, salvo en Irrational Man, siempre tiene como víctimas a sujetos ajenos a su ambiente.

Con Match Point Woody Allen dio un giro de fuerza momentáneo e imprevisto sobre toda su filmografía. Fue habitual escuchar en el momento de su estreno: “no parece una peli de Woody Allen”. Error. Sí lo parece, a poco que se rasque un poco. Decididamente no es una comedia, eso es evidente. Pero hay en ella temas y tonos que Allen ya trató con anterioridad. El tema: de nuevo, como en Delitos y faltas, el asesinato y sus implicaciones morales. El tono: completamente dramático, sin elemento alguno de comedia, que ya lo había experimentado sobre dramas matrimoniales y familiares, como los de su “trilogía bergmaniana”. Y el género: quizás lo más novedoso, un thriller en el que la tensión alcanza tal grado de intensidad que se vuelve malsano. La atmósfera de Match Point demostró —por si alguien tenía alguna duda— que Woody Allen es un genio del cine; cuando quiso, supo cambiar de registro y rodar en un género nuevo para él, con la maestría de los grandes. El guión es una pieza sutil de relojería, contando hacia atrás. De nuevo un drama de personajes de las clases acomodadas, en este caso de Londres, que pone en tela de juicio, y condena, la ética triunfadora en dichos ambientes. La culpa como un fantasma aterrador, pero pasajero, si el crimen no se descubre, y la farsa sigue su curso. 

cassandras_dream_woody_allenSi en Delitos y faltas y Match Point el motor que ponía en marcha el crimen era la ocultación de un lío de faldas, en Irrational Man la propuesta para reflexionar sobre el asesinato no tiene nada que ver con una necesidad o una presión social, por miserable que sea. En anteriores entregas los asesinatos eran el despropósito definitivo de un error causal. El caso de Abe Lucas, el profesor universitario de filosofía interpretado por Joaquin Phoenix, no tiene que ver con los de films anteriores. El asesinato surge aquí como un recurso casi instintivo, como una terapia contra la desidia de vivir de este deprimido y ultraintelectualizado personaje. Abe Lucas no mata para salir de ningún lío cuyo descubrimiento público le suponga un oprobio fatal; lo hace como catarsis, como redención. El planteamiento filosófico se lleva al primer plano. El retrato de esta clase social que Allen tan bien conoce, la intelectualidad pequeñoburguesa, es más cáustico que nunca, en lo que toca al personaje de Phoenix. Pero todo el esqueleto del film adolece de errores y trampas que desmerecen al bueno de Woody. Los diálogos tienen su acostumbrada impostura, y funcionan como el elemento de estilo que significa ya en su cine. Y la película, con toda su simpleza de guión, no avanza mal hasta cierto punto, cercano al final, cuando todo se desmadra desde un punto de vista narrativo. irrational man - woody allenWoody se lía y hace trampa con un final apresurado y chapucero, como si tuviera prisa por acabar y ponerse a otra cosa. Un final que ya tenía ensayado en Cassandra’s Dream, pero que resulta menos complejo y mucho más artificioso. Con más chicha, con más rigor, podría haber estado a la altura de Match Point y Delitos y faltas, sus dos mejores ejercicios sobre el tema. Tampoco ayuda un Joaquin Phoenix que parece haberse quedado anclado en el pseudopersonaje que mostró en el falso documental I’m Still Here, ese trasunto del Nota Lebowski que dejó traslucir en Inherent Vice, y del que vuelve a revestirse en muchos momentos de Irrational Man

En cualquiera de los casos, disfrutar de Woody Allen a ritmo anual, y hacerlo con sus “salidas de género”, es un gusto que echaremos de menos cuando deje de ocurrir. El primer otoño que llegue sin una nueva entrega de la creatividad del de Nueva York, será un otoño más triste que los anteriores. No importará que nos haya hecho reír o nos haya enfurecido temporalmente con alguna obra menor, porque, a fin de cuentas, incluso sus obras menores, hasta sus tropiezos, son obras mayores entre la mayoría del cine del resto del año.

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