Victoria de la belleza

La culpa es de la guerra, dicen. La culpa es del hombre. Se recuerda la hora exacta en que ocurrió, en Hiroshima y Nagasaki; las bombas, por supuesto. Una multitud de relojes se pararon para siempre, a la misma hora. Son los hechos. 

El 6 de agosto de 1945, a las ocho y quince minutos de la mañana, en Hiroshima, un avión bombardero estadounidense lanzó la primera bomba atómica contra población civil. A las ocho y dieciséis minutos habían muerto ochenta mil personas. En el momento de la explosión la temperatura de la ciudad subió al millón de grados centígrados, una bola de fuego arrasó en segundos toda la ciudad. Como si el Sol hubiera chocado contra la Tierra. Treinta minutos después comenzó a descargar sobre el noroeste de la urbe una lluvia de color negro, teñida por el hollín y portadora de partículas altamente radiactivas. 

Tres días después de la masacre de Hiroshima, en la mañana del 9 de agosto, dos minutos después de las once en punto, los Estados Unidos, de nuevo, lanzaron una segunda bomba atómica, esta vez sobre la ciudad de Nagasaki. En los segundos inmediatamente posteriores a la explosión fenecieron más de cuarenta mil personas, muchas de ellas supervivientes de Hiroshima que habían huido tres días antes. A finales de 1945, habían muerto más de doscientas cincuenta mil personas en ambas ciudades. Los efectos de la radiación siguieron provocando centenares de miles de muertos las décadas siguientes.

tomatsu-nagasaki-stopwatchReloj detenido, 11.02 / Foto: Shomei Tomatsu.

Son los hechos, es la guerra, es el hombre. La maldad. Todo eso es lo que se dice, pero yo siempre dudé, creí otra cosa, y terminé por verla hace pocos años. Fue en 2012, en Colonia, quizás la ciudad más bella de Alemania, especialmente por la noche a orillas del Rin. En una pequeña galería de arte donde me encontré por casualidad, yo entendí que no era tan sencillo, que no era la guerra, en abstracto, que no era el hombre, en abstracto, que no había un portador del mal ni una catarsis incontrolable, que no había un destino funesto escrito en nuestra naturaleza. Entendí que los hechos eran las circunstancias, y que las circunstancias las provocaban fuerzas propias del hombre y del sistema en que vivimos. 

En aquella galería pude ver la exposición de una fotógrafo que era desconocido para mí, se trataba de un japonés, Shomei Tomatsu. Era diciembre cuando yo estaba en Colonia, unos días antes de las navidades. Me enteré tiempo después de que Tomatsu había muerto el mismo día que yo descubrí sus fotografías en aquella pequeña galería. Una de esas casualidades pasmosas que te obligan a pensar que hay un plan ideado de antemano por una fuerza superior. Luego comprendes que no, claro, que es solo una casualidad, y que no significa nada. Las fotografías que vi aquel día de invierno en Colonia ratificaron mi opinión de que la maldad no es algo intrínseco a la naturaleza humana, que no estamos condenados por ser lo que somos, que eso es una trampa, un discurso falaz e interesado de quienes siempre sacaron ventaja haciendo las guerras, y explotando después nuestros sentimientos de culpa y nuestra desesperanza. Y lo comprendí gracias a una mujer.

Melted bottle, Nagasaki, 1961, © Shomei TomatsuBotella derretida, Nagasaki, 1961 / Foto: Shomei Tomatsu.

Entre las fotografías de la exposición de Tomatsu hubo una que acaparaba la atención de los presentes, que no eran demasiados, se trataba de una imagen extraña, difícilmente reconocible. La impresión era terrible. Era la imagen de un algo indefinido, tal vez un objeto, o el plano cerrado de un charco de agua enfangada, o una toma del cielo brutalmente encapotado, o restos de un ser vivo. La forma retratada era una imagen abstracta ante la falta de conocimiento, curvas y sombras de sugerencias oníricas. Hasta que se leía el título explicativo de la fotografía: Botella derretida, Nagasaki, 1961. La sensación en la conciencia se volvía peor aún. Se trata de la fotografía más famosa de Tomatsu, una botella de cerveza derretida hasta la desfiguración por los efectos de la explosión radiactiva de Nagasaki. Una imagen terrorífica y sutil que obligaba a convertir en la imaginación el vidrio en cuerpo humano. No hacía falta ver el cuerpo quemado de la víctima atómica para comprender el sufrimiento de una tragedia tal.

Botella derretida congregaba la atención de la mayoría de los visitantes de la exposición, por su fuerza artística y por la fama de la obra. Dejaba claro, también, que yo era el más ignorante en cuestiones fotográficas de cuantos allí nos hallábamos. Quizá por eso pude moverme libremente dejándome vagar entre el resto de imágenes. Hasta que una de ellas me aprisionó. Era la fotografía de una mujer, en primer plano, mirando a cámara. Era toda la belleza del mundo y toda la fealdad del mundo. No era una anciana, pero no podía descifrar su edad, podía ser una joven de poco más de veinte años, o una mujer cercana a los cincuenta. Lo más probable es que estuviera sobre los cuarenta. Pero no se podía saber porque el bello rostro de aquella mujer estaba marcado por una segunda piel, la que renace sobre las quemaduras. En sus ojos negros, rodeados de arrugas que no eran de vejez ni de expresión, sino de cicatriz, se expresaba una tristeza sin fin, y también algo así como una pena por quien la estaba mirando: en el momento del disparo el fotógrafo, un joven Shomei Tomatsu, en Nagasaki, en 1961, dieciséis años después de la masacre; para la eternidad, yo mismo en Colonia, más de medio siglo después, en un tiempo posterior al de su vida.

No hace mucho descubrí, al fin, la identidad de la mujer, y su edad. Se llamaba Tsuyo Kataoka. Me sorprendió que continuara viva cuando yo vi por primera vez su retrato de 1961. Tenía 39 años entonces, 23 cuando explotaron las bombas. Murió a los 93 años, en diciembre de 2014, después de una vida como destacada activista por la paz y contra el armamento nuclear.

Hibakusha Tsuyo Kataoka_TomatsuTsuyo Kataoka, Nagasaki, 1961 / Foto: Shomei Tomatsu.

Tsuyo fue inmortalizada por el fotógrafo en un momento de conmiseración por el mundo, por el resto de los hombres y mujeres del planeta. Mira con dolor, pero sin rencor hacia quien se atreve a mirarla a ella con naturalidad y respeto. Mira preguntando: ¿usted qué sabe de mi?, ¿qué sabe de dónde vengo, de dónde quedó el ser que fui, quizás una niña?, ¿qué sabe de lo ocurrido en este lugar devastado? Y entonces comprendí, una vez más pero de otra manera, lo que siempre había sabido, que la culpa no es el del hombre, ni de las guerras, sin más. Porque el hombre puede disparar un misil, pero también una fotografía como aquella. Puede ser terrible, pero también solidario. El hombre puede dejar caer una bomba atómica, pero levantar una mirada como la de aquella mujer tan digna que ni el fuego radiactivo puede borrarle la belleza de sus rasgos. La guerra es la consecuencia, no la causa. El causante del mal no es el hombre, sino un sistema, antiquísimo, pero que tendrá que tocar en algún momento a su fin, un sistema que ha pasado por diferentes formas, pero que ha tenido un mismo motor desde siempre: el de una clases que viven explotando el esfuerzo de otras clases, el de pueblos que sojuzgan la historia de otros pueblos. No es la guerra, sino el sistema que genera la guerra para perpetuarse. Los hechos de Hiroshima y Nagasaki y sus imágenes en el recuerdo así lo atestiguan. Miren a la mujer de Nagasaki que les mira, y pregúntense si la belleza y la dignidad pueden o no vencer cualquier mal.

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