Una tarde de domingo en Turín

Cesare Pavese.

Fueron los hechos los que definieron palabras, y no al revés. Desde su adolescencia —¿quién sabe si antes, incluso?—, Cesare Pavese se estuvo preparando para enfrentar una tarde de domingo en Turín, que llegaría más de veinte años después de comenzar a soñarse el mejor escritor de Italia. La tarde de domingo le alcanzó a los 42 años, con el sueño juvenil hecho realidad, y consciente de él. Diez días antes, el 17 de agosto de 1950, escribió en su diario: “Es la primera vez que hago balance de un año todavía no terminado. En mi oficio soy rey. En diez años lo he hecho todo. ¡Si pienso en las dudas de entonces! […] No tengo nada que desear en este mundo, salvo lo que quince años de fracasos excluyen ahora. Éste es el balance del año no acabado, que no acabaré”. Un día después, Pavese escribió las palabras finales del diario que había comenzado quince años atrás: “Todo esto da asco. No palabras. Un gesto. No escribiré más”. 

El 27 de agosto de 1950, domingo, Pavese se recluyó en una habitación del Hotel Roma de Turín, y se suicidó mediante una sobredosis de somníferos. Un gesto. Y unas pocas palabras en un papel sobre la mesilla: “Perdono a todos y a todos pido perdón. ¿De acuerdo? No chismorreen demasiado”. Estas sí eran las últimas palabras escritas que dejó el poeta de la muerte más acostumbrada. 



Cesare Pavese dejó traducciones memorables de clásicos de la literatura norteamericana, una prestigiosa labor editorial, influyente crítica literaria, más de una docena de novelas, una de las obras poéticas más destacadas del siglo veinte y un diario personal de cuatrocientas páginas que constituyó, desde el momento de su publicación, dos años después de su muerte, uno de los testimonios literarios más significativos de nuestro tiempo. A pesar de todo ello, su gesto prevalece. Su firma poderosa y melancólica es la marca de unos hechos, de palabras que pierden su sentido lírico o prosaico para figurar como hechos en sí mismas. El oficio de vivir —tal es el título del diario de Cesare Pavese— no es solo un libro al uso, sino un hecho, no es un medio, sino un fin. No hay ningún otro gran escritor moderno tan eclipsado por sus actos como Pavese. En toda su obra, especialmente en su poesía, la vida del autor late con desaforada pesadumbre. Y es por eso que su diario se vuelve pieza imprescindible, guía para comprender en todo su significado la obra literaria del poeta de Turín.

Hasta casi los 30 años, Pavese no comenzó a levantar las palabras de su gran obra poética y narrativa. La censura del Estado fascista le hizo dedicar sus primeros esfuerzos a la crítica y la traducción literaria, pero el poeta estaba latente, e incluso agotado, cumplido consigo mismo desde el mismo momento de su alumbramiento como escritor. Su primer y más extenso poemario, Trabajar cansa —que constituye cerca del ochenta por ciento de su producción en verso—, se publicó por primera vez en 1936. En octubre de 1935, Pavese escribió las primeras palabras de su diario, refiriéndose, precisamente, a su oficio de poeta: “Que algunas de mis últimas poesías sean convincentes no le resta importancia al hecho de que las compongo con cada vez mayor indiferencia y repugnancia”. Así comienza El oficio de vivir, un 6 de octubre de 1935, con Cesare preso en un pequeño pueblo de la Calabria, cumpliendo condena por actividades antifascistas —guardar correspondencia y encubrir a “la mujer de la voz ronca”, una importante militante del PCI de la que Pavese estaba enamorado y con la que mantenía una relación—. Hasta marzo de 1936 no saldrá de prisión. Comienza entonces la vertiginosa materialización de una obra literaria que llevaba una vida fraguándose. Le quedaban catorce años para la tarde de domingo en Turín.

No importa por qué página se abra cualquiera de los libros de Cesare Pavese. No hay azar que influya en el encuentro con una frase demoledora. En sus novelas, la conciencia y la realidad, el paisaje bello y triste, la reflexión concluyente. En su poesía, el lamento de la felicidad imposible. En su diario, la verdad de sus días, el pasado y el plan de futuro, siempre ensombrecido por la idea del suicidio. En todos los textos, el amor y la muerte, la soledad entre lo uno y la otra. El examen de conciencia como un deber y una necesidad.

En 1950 Pavese se siente más vivo, “más adolescente” que nunca. Y a pesar de ello, la insatisfacción le tortura. Había conocido y entablado una relación amorosa con una actriz estadounidense de cierta fama, Constance Dowling, una mujer de rasgos duros con la que el poeta se sabe perdido, y por la que se deja perder. El amor y la ruptura con la Dowling le ponen a escribir el más célebre de sus libros, el breve poemario Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. No necesita más de diez poemas para versificar la letanía definitiva de su vida de enamoramientos frustrados, de búsqueda de compañía y conmiseración, de definitivo atajo fúnebre. «Vendrá la muerte y tendrá tus ojos— / esta muerte que nos acompaña / de la mañana a la noche, insomne, / sorda, como un viejo remordimiento / o un vicio absurdo. Tus ojos / serán una palabra vana, / un grito acallado, un silencio.» El poema que da título al libro cuenta diecinueve versos, es una de las cumbres de la poesía moderna. La síntesis de un hombre hecho poeta, en cuyo interior las palabras surgen y se ordenan con la máxima expresividad. Un hombre hecho escritor, que no necesita mayor preparación para cerrar un diario resumiendo, en apenas una docena de breves párrafos, con unas frases sueltas, el transcurso de una vida, la solución de problemas fundamentales.

El 17 de agosto, el penúltimo día de su diario, evoca: “El placer de afeitarme después de dos meses de cárcel —de afeitarme yo, delante de un espejo, en una habitación del hotel, y fuera estaba el mar”. Es un recuerdo sostenido en unas pocas frases, el de un momento que concentra todo el pensamiento y la experiencia de una vida. No necesitó más que unas pocas palabras y un hecho cotidiano para referir el momento de plenitud del que fue su ser; así de humilde era. Sí, fue el más humilde de los grandes autores, el más loco de los enamorados, el más consciente y tímido de los homicidas. Él, que amaba los símbolos, es el nombre dulce del tormento. No es un poeta, sino un poema que se hizo hombre. Es la poesía, naciendo por enésima vez en una tarde de domingo en Turín.

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