True Detective 2, el vago recuerdo de un lugar

Fue la serie más esperada. Durante buena parte de 2015 no se hizo otra cosa que hablar de la segunda entrega de True Detective. Desde el primer capítulo generó fuerte incertidumbre por saber si estaría a la altura de la primera entrega de la prestigiosa serie. Los ocho capítulos de que consta encierran cuatro personajes protagonistas, con sus cuatro dramas derivados de serios traumas personales, un sinfín de enemigos cada uno poniéndoles un sinfín de problemas, una trama con asesinatos múltiples de asesinos múltiples, torturas, corrupción, robos, orgías, drogas, tiroteos gigantescos, borracheras, y un poquito de amor. Todo en una ciudad inventada, con casinos, desiertos, laberintos viales, bares sombríos, industrias amenazantes, comunas hippies, bosques de árboles milenarios y túneles secretos que recorren kilómetros de subsuelo. ¿Excesivo? Juzguen ustedes. Yo voy a hacerlo a continuación.

RACHEL-MCADAMS-TRUE-DETECTIVERachel McAdams como la detective Ani Bezzerides / HBO.

Lo primero, para no andarnos por las ramas: no, la segunda temporada de True Detective no está a la altura de la primera. Dicho. Pero ojo, tampoco se queda demasiado por debajo. Tiene muchas cosas buenas, pero una trama mala. Cumple sobradamente como entretenimiento de fino barniz reflexivo, o por lo menos de regusto inquietante. Pero se enreda en sí misma y es víctima de sus propias pretensiones, o más bien, de que sus pretensiones no estén al alcance de sus capacidades. Porque el problema de True Detective 2 —como ya dejó entrever la primera temporada— no es que no tenga buenas ideas, sino que algunas de esas buenas ideas e intenciones no sabe ejecutarlas correctamente. En la segunda entrega esta deficiencia se puso de manifiesto de manera más clara, especialmente en su punto más flojo: el guión, y en particular, su trama, con las fatales consecuencias que eso tiene sobre los personajes.

La historia de los detectives Ani Bezzerides y Ray Velcoro, junto al policía Paul Woodrugh, y orbitando por ahí el gángster Frank Semyon —Rachel McAdams, Colin Farrell, Taylor Kitsch y Vince Vaughn, respectivamente—, conserva los rasgos distintivos de la serie, fundamentalmente: una atmósfera malsana y un estilo pseudofilosófico. Es lo que ha hecho única la propuesta creativa de Nic Pizzolatto. Vinci, la ciudad ficticia donde transcurre la historia, cerca de Los Angeles, es uno de sus mayores aciertos. La ciudad consigue situarse como un personaje más, peligroso e inevitable. La atmósfera de Vinci tiene su esencia en la ciudad dibujada en el guión, pero se ve materializada de manera fenomenal en su traslación a imágenes. Los planos aéreos de las enredadas autopistas, el horizonte de luces industriales, la nocturnidad de bares y callejones, en localizaciones extraordinariamente elegidas, hacen que la idea escrita de Vinci nazca y se desarrolle sin problema en la imaginación del espectador. Un acierto de guión y de cámara. Pero si nos metemos con las dos patas que debieran sostener la historia, trama y personajes, entonces la cosa comienza a tambalearse. Porque Pizzolatto tiene buenas intenciones, se le da bien imaginar climas y tiene intuición para armar un estilo de cierta profundidad —aunque sea en apariencia—, pero como constructor de tramas es un guionista mediocre. Y es eso, la trama de True Detective 2, el punto flojo que le hizo pegarse un batacazo desde las alturas de sus legítimas pretensiones.

Una trama, cuanto más compleja, más difícil de ser bien contada. Si se consigue, el resultado es magnífico. Si no, es frustrante. La trama de True Detective 2 está, sencillamente, mal narrada; aunque por montaje tiene algunos destellos brillantes. Es confusa en todo momento, los personajes se bregan en situaciones a las que no se sabe cómo han llegado ni cuál es su objetivo en ellas. Las zancadillas argumentales surgen de la manera más burda, a veces, o gratuita. Hay personajes de relativa importancia sin presentar, que aparecen de repente sin que se sepa qué pintan allí. Para ampliar el abanico de posibilidades sobre el culpable del crimen, se multiplican los crímenes y se multiplican los sospechosos. La serie tiene el mayor número de villanos que se pueda recordar en tan poco metraje: policías corruptos, un alcalde más corrupto todavía, tres o cuatro familias de gángster, médicos locos, antiguas víctimas inocentes, fiscales del Estado, grandes empresarios, y alguno más que se me olvida. Tal recurso no aumenta el misterio, sino la confusión. ¡Es imposible saber lo que está pasando! El embrollo en el que se mete Pizzolatto es tan grande que tiene que terminar por regalarles golpes de suerte y habilidades especiales a los protagonistas para que consigan avanzar.

Al final, como es de esperar, lo de menos es resolver quién hizo qué. Lo único que interesa es quién de todos esos personajes se va a librar de la quema. Pero el problema es que eso también termina por importar poco, porque en toda la serie ninguno de los protagonistas ha logrado conectar con el espectador. Es culpa de una trama que les ha caído como una losa, desfigurándoles, pero también de su propia naturaleza. Con el fin de dotarles de una personalidad atractiva, Pizzolatto optó por cargarles a cada uno con un trauma del pasado. Solo uno de ellos terminará por hacer las paces consigo mismo. Todos ellos arrastrarán la pesada carga sin regalarnos un minuto de autentica o aparente profundidad —como sí conseguía el detective Rust en la primera entrega.

No se puede decir que la segunda entrega de Pizzolatto no sea, con todo, un buen ejemplo de noir. El dibujo social del capitalismo estadounidense es crudo como la realidad misma, y se muestra de forma valiente. Toda la propuesta lo es, y hay algunas frases buenas en casi todos los capítulos. Un universo bien logrado y angustiosamente seductor. Pero ¡ay! de los personajes y lo que les toca hacer… Probablemente lo que quedará, después de ver True Detective 2, es algo así como la resaca de una noche extraña, en la que hubo un momento bueno, miradas y hasta sexo disfrutado, pero también discusión y demasiado alcohol. Quedará el recuerdo de Vinci, de una atmósfera insalubre y sin embargo atractiva. Y el olvido de lo que pasó realmente, incluso de los nombres y los rostros que nos acompañaron, el olvido de los vivos y los muertos. Solo el recuerdo vago de un lugar por donde pasamos un tórrido verano.

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