Toro Salvaje, la vuelta al combate de Martin Scorsese

A las crónicas y retratos pugilísticos de Gay Talese les faltaba una sinfonía de imágenes y un relato audiovisual como el que construyó Martin Scorsese con Toro Salvaje. Lo hizo rodeado de amigos y gracias a ellos, en el momento más bajo de su vida, después de estar casi a punto de morir por una sobredosis de cocaína y con todo su mundo puesto del revés.

Scorsese venía de filmar la letanía urbana definitiva, Taxi Driver, que además de Palma de Oro había sido un éxito de público, y después una gran obra menor como New York, New York, con la que se había pegado un sonoro batacazo comercial. Cosechaba honores cinematográficos y leyenda de autor como matrimonios, para entonces ya contaba dos divorcios y se ponía en camino del tercero, el de Isabella Rossellini, al poco de casarse. Tal era su estado y la confianza en su propia sensatez que él mismo reconoció tiempo después: “Yo puse en Toro salvaje todo lo que sabía, todo lo que sentía, y pensé que eso sería el final de mi carrera. Es lo que se llama un film kamikaze: se pone todo dentro, se olvida todo y después se intenta encontrar otra manera de vivir”. 

toro salvaje_de niroToro Salvaje (1980) / Foto: United Artists.

Si Toro Salvaje hubiera sido, literalmente, el último film de Martin Scorsese estaríamos hablando de una leyenda aún más poderosa de la que ya es. Por suerte, esta película sobre la redención funcionó como tal para su creador, salvándole de sí mismo, y resucitando a un director que cabalgaría con imponente modernidad las pantallas cinematográficas de las siguientes décadas, hasta la actualidad. Lo contrario que le ocurrió al inspirador Jake LaMotta, campeón mundial de los pesos medios y de unos cuantos cinturones de derrotas personales irreversibles.

La historia que cuenta el film es conocida, una adaptación de la biografía del boxeador neoyorquino de los años 50 Jake LaMotta, conocido como el “Toro del Bronx”. El ascenso y caída de un hombre violento e inseguro que llegó a saborear las mieles del éxito y las amarguras del fracaso, todo a un mismo tiempo. Un éxito profesional coyuntural, joven. Un fracaso humano integral, de todas las edades. Ahora vista, la historia de este hombre puede parecer una suerte de regalo evidente, pero Martin Scorsese por aquel entonces tenía más problemas que los conyugales y los de la droga, y el principal de ellos era que no le gustaban los deportes. Nunca había sido aficionado a nada en lo que andase de por medio una pelota o hubiera que darse golpes. Es por ello que cuando su amigo Robert de Niro le llegó con un guión del mismísimo Paul Schraeder —que había firmado el de Taxi Driver— sobre la biografía de un boxeador bastante obtuso, a Scorsese no le convenció el asunto. 

Robert de Niro, después de mucha insistencia, consiguió medio embaucar a su defenestrado amigo Marty y llevárselo a una pequeña isla del Caribe por unas semanas con un solo cometido, que se recuperase de la impresión de haber tenido la muerte tan cerca a base de trabajo y descanso concentrado. De Niro le preparaba el desayuno por las mañanas y juntos se ponían a estudiar el guión de Shcraeder. Acabarían por practicarle numerosos cambios, aunque la firma final fue exclusivamente la del afamado guionista de Taxi Driver y la de Mardik Martin. Y sería en ese libreto a casi ocho manos, puede decirse, donde se sentaron las bases y los riesgos de la película, con sus intensos tiempos lentos en cada secuencia y las elipsis temporales.

Los hallazgos de Toro Salvaje fueron complementándose unos a otros. La película se convirtió en un engranaje en el que el apoyo de cada pieza en otra ponía en marcha un mecanismo glorioso. El guión intenso y silencioso a lo largo de varios años de historia por contar tuvo su correlato en un montaje que es considerado paradigma de las mejores elipsis temporales y de las más frenéticas y expresionistas planificaciones de acción deportiva. Thelma Schoonmaker, la montadora de Toro Salvaje, fue otra de las amistades que le regaló a Scorsese lo mejor de su talento, premio Óscar por aquel trabajo. Otro de los hallazgos del film —de los más reconocibles e identitarios— es su blanco y negro. Si una cosa tenía clara Scorsese es que el film no iba a ser una historia deportiva al uso, para ello apostó por la confianza en otro de sus tempranos fieles en los equipos de rodaje, el director de fotografía Michael Chapman, leyenda viva del cine desde entonces. Y por supuesto, el gran amigo, que no podía ser un hallazgo, sino un ángel de la guarda sorpresivo, es Robert de Niro. Toro Salvaje es Robert de Niro, antes, durante y por siempre. En el “antes” del retiro y el convencimiento para que su amigo saliese del pozo en el que se había despeñado, haciéndole creer que podía dirigir el proyecto, y asesorándole en el casting de otros actores, como en la elección de Joe Pesci, un desconocido por entonces. En el “durante” de un rodaje en el que apareció en plena forma, habiendo disputado tres combates semiprofesionales de boxeo y ganado dos de ellos, es decir, boxeando como un experto —a fin de cuentas, estuvo asesorado por el propio Jake LaMotta, el real—; y reapareciendo varias semanas después, para la segunda parte del rodaje, completamente desfigurado, con treinta kilos más de peso, para interpretar al decadente Jake de los años 60, cuando se ganaba la vida como cómico de casino y club cutre. Y en el “para siempre”, en la imagen de un hombre sin rostro, saltando a cámara super lenta en la soledad de un ring antes del combate.

Toro Salvaje, como casi toda gran obra de arte, tiene una o varias historias magníficas detrás. Una historia sobre la relatividad del éxito y del fracaso, sobre los inescrutables caminos de la redención, siempre esquiva y a veces ambigua, solo la podría haber contado como la contó un hombre que había experimentado recientemente lo que era tocar fondo. Me imagino a Scorsese escuchando el Intermezzo de la Cavalleria Rusticana de Mascagni, por puro regodeo en su tragedia personal, y de repente la imagen en su cabeza de ese boxeador que no es nadie, que es él mismo, que es un hombre universal, concentrado en algo que cree su destino. Un boxeador en blanco y negro, solo en el ring, con la bata y la capucha puesta, calentando, lanzando puñetazos al vacío, y el fogonazo de una vieja cámara fotográfica, la bruma que hace invisible al público que está sin estar, y otro flash. Un hombre solo luchando contra sí mismo, y contra lo que se espera de él.

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