Thomas Mann, el escritor ecuánime

Si se le hubiera preguntado a Thomas Mann —que posiblemente alguien lo hizo— qué significaba ser escritor, es posible que el novelista alemán hubiera interpuesto un silencio lacónico antes de resolver con una evasiva, o con un una certeza tan abstracta y personal que a cualquiera nos resultaría una frustrante indefinición. Qué podía decir, bien pensado, un hombre que no había hecho otra cosa en la vida que escribir. Diría algo así como que ser escritor significa vivir y contarlo. Quién sabe. Y ser melodioso al contar una vida que se presenta individual y la de todos. Lo que sí dijo y se recuerda con asiduidad es aquello de que “el escritor es aquel al que escribir le resulta más difícil que a las demás personas”. Y por ahí trasluce el aliento germánico apesadumbrado, y el lugar común sobre el artista literario.

Thomas_Mann_in_Sanary-sur-Mer_1933Thomas Mann, en Sanary-sur-Mer (Francia), el inicio del exilio, 1933.

Thomas Mann fue, con seguridad, el mejor tratado, el más respetado de los escritores del último siglo. Su talento es indiscutible, más allá de gustos y costumbres personales o culturales. Las largas oraciones, células inmensas de sus obras magnas de más de mil páginas, pueden abrumar y hasta crispar, especialmente a quienes hemos sido educados —y embaucados— por la prosa de estilo periodístico, de la frase corta a discreción. Sin embargo, apreciar la dulzura de su ritmo y su fina ironía, o la estructura medida de sus historias, es un placer —aunque los placeres, ya se sabe, son soportables para unos y para otros no, aunque les reconozcan la categoría—. Lo cierto es que no se puede decir que la literatura le hiciese sufrir a Thomas Mann, no era para él ese “latigo” del que hablaba Truman Capote, más bien, la literatura le salvó la vida.

Thomas, el hijo de una familia de la alta burguesía de Lübeck venida a menos, llegó a tiempo a la edad adulta para recibir un sustento económico suficiente a cambio de nada, gracias al cual sacó el tiempo y la calma necesaria para dejar escrita la historia de una adinerada familia de nombre inventado —Los Buddenbook—, en decadencia. Cualquier parecido con la realidad no es mera casualidad. La propia vida, esa inspiración. La novela, publicada cuando tenía solo 25 años, fue un éxito rotundo que le adentró en una apacible comodidad económica que le acompañaría siempre. Así pues, Thomas Mann será un escritor respetado por la crítica y arropado por el público. Ningún otro literato obtuvo jamás un trato tan distinguido por diferentes Jefes de Estado. Era admirado en Carolina del Sur y en la Alemania del Este. De esta manera, podía parecer impedido de contar con esa materia dolorosa que subyace en toda experiencia vital, de los dolores de la incomprensión que tantas imaginaciones literarias alimentan y tantas voluntades enfurecen. ¿Era el escritor feliz, sin traumas? Bien es sabido que su enemistad desde primera hora con el nazismo le obligó al exilio durante casi dos décadas, que pasó en su mayoría en Estados Unidos. Fue acaso el episodio más puramente literario de su vida de escritor desacostumbrado. E, incluso en dicha tesitura, su semblante fue para nada atribulado. El exilio de Thomas Mann tuvo las vistas de una hermosa casa en Pacific Palisades. 

En un sitio y en otro a lo largo de su más de medio siglo en activo abanderó un prototipo de escritor desconocido: el formal, el no-maldito, el estable, el apacible, el considerado, el que se arrepiente sin soberbia de lo escrito, el que se vanagloria con humildad de lo escrito. ¿Dónde están sus terrores, sus manías, sus ínfulas, sus miserias? ¿Las hubo? Si acaso, pululaban alrededor de él, tímidas también, nunca exageradas, las que impregnaron a quienes le rodeaban, sus hermanos, su esposa y sus hijos, victoriosas víctimas del escritor unánime. En los seres queridos, en su existencia y luego en su recuerdo, se halla el escritor acostumbrado, al menos en un resquicio. Porque Thomas es, personalmente, su poderoso apellido: Mann. La palabra que le unía a un hermano —Heinrich— que fue escritor antes que él y que terminó dependiendo económicamente del éxito del gran nombre de la familia. El apellido de dos hermanas, queridas por Thomas con la responsabilidad de quien ocupa el lugar del padre ausente, que terminaron suicidándose. Mann, ese nombre, una estirpe maldita en la que él cayó como una piedra elemental para sostener las tragedias de unas y otras generaciones en el recuerdo. Su hijo Klaus, escritor con el talento propio de la familia, se suicidó en un hotel de Cannes en 1949. Thomas no vería el siguiente suicidio de uno de sus seres queridos, el más pequeño de sus hijos, Peter, en 1977.

Erika Mann, la hija mayor del Mago, narró en un bellísimo relato —El último año de mi padre—, combinado con apuntes de su diario personal, los últimos meses de vida de Thomas Mann. Son los recuerdos narrados de la hija, ante todo, pero tienen especial valor como relato de una excepcional escritora que representó un tipo de figura personal opuesta a la del sereno autor sobre quien escribe. Porque Erika fue impulsiva, arriesgada, atrevida. Y, a pesar de ello, una melancolía honda y reflexiva se desprende de sus hojas. Es un precioso testimonio sobre uno de los múltiples significados de eso de ser escritor; porque es el testimonio de qué significaba ser Thomas Mann. Una respuesta nueva para la eterna pregunta que atormentó y atormenta las noches de la raza literaria. Al final hay sufrimiento, aunque se enmascare, y felicidad, aunque se enmascare igualmente. Les pasó a todos, incluso a Thomas Mann, el escritor ecuánime.

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