Ocho segundos con Laurent Fignon

Un segundo. Aquella cena en Renault.

Estamos en la concentración de pretemporada del todopoderoso equipo Renault, la escuadra que lleva unos años dominando con mano de hierro y un Napoleón al volante el calendario ciclista. Es la cena, y el ambiente se nota tenso. De pronto uno de los comensales se levanta y alza la voz. No es muy alto, pero su tez y sobre todo su fama imponen respeto. Se llama Bernard Hinault, es el mejor ciclista del mundo y está enfadado. Está enfadado porque en el entrenamiento de esa tarde sus compañeros más jóvenes han tirado demasiado fuerte, poniendo en aprietos al mismísimo Bernard, más acostumbrado a los inviernos relajados y a entrar en calor poco a poco. Así se lo hace saber a todos, con gesto serio, con palabras malsonantes, con ese estilo suyo entre fanfarrón y macarra. En el otro extremo de la mesa dos neoprofesionales miran al suelo, en silencio. Son dos chavales parisinos, dos proyectos de ciclistas con unas miras culturales y vitales muy alejadas de lo que es habitual en este deporte. Uno de ellos se llama Pascal Jules. El otro, aire distraído e inteligente bajo sus gafitas de profesor, se cansa de lo que escucha. Interrumpe a Hinault. Y lo abronca. Si no quiere sufrir lo que tiene que hacer es entrenar más, el ritmo de esa tarde era el adecuado para todo el equipo. Bernard mira fijamente al de París, lee en sus ojos el genio, ve en su rostro un igual. Masculla un “mañana veremos” y se sienta. Al día siguiente entrena con más fuerza, casi de forma violenta. Cyrille Guimard, el gran director del ciclismo francés, dice que en aquel momento comprendió que un equipo era un espacio demasiado pequeño para aquellos dos monstruos.  

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Dos segundos. Carcajada camino de Alpe d’Huez.

En 1984 Fignon es el amo y señor del pelotón, mientras que Hinault es alguien recién salido de una lesión, casi expulsado de su equipo de siempre y con las fuerzas muy lastradas tras años de lucha con los demás y, sobre todo, consigo mismo. Pero su orgullo, su orgullo de bretón corajudo y valiente, sigue ahí. Y por eso ataca y ataca en un Tour que tiene perdido casi desde la primera semana, en una auténtica huida hacia delante que se antoja tan valiente como osada. Si sigue así no llegará a París, dice José Miguel Echavarri. Pero el Tejón continúa. Y en la etapa de Alpe d’Huez salta en todas las subidas, en todas las bajadas, antes de su inmolación final. Sucede en el valle que lleva al pie del puerto, donde un tremendo viento de cara azota al grupo de favoritos. Entonces Hinault demarra, haciendo caso omiso a toda lógica. Un intento destinado al fracaso. Y Fignon, su antiguo compañero Fignon, se echa a reír. Una carcajada seca y sonora, que todos pueden escuchar. Un símbolo que a nadie pasa desapercibido. 

Tres segundos. Escupitajo a la cámara.

Laurent Fignon es líder del Tour de 1989, el de su reencuentro con la gloria, el que le hará entrar en el Olimpo junto a Bobet, junto a Thys. Está a punto de subir al tren de alta velocidad que llevará a la caravana a las cercanías de París, de su París, de cara a la última crono, esa que habrá de coronarle como el nuevo, y renacido, rey. Entonces los periodistas se acercan y empiezan a atosigarle con preguntas sobre un supuesto dopaje. Laurent se escabulle como puede, pero ellos insisten. Al final reacciona de la peor manera, escupiendo a una cámara. Curiosamente de Televisión Española, curiosamente ellos no le estaban preguntando nada. Luego se disculpará y se mostrará realmente compungido en su autobiografía con este feo asunto. No importa. Ya todos, casi todos, quieren que Lemond vuele al día siguiente.  

Cuatro segundos. Amor y odio con Guimard.

Guimard le descubre. Es su primera gran pieza. Con Van Impe compartió pelotón, a Hinault se lo encontró hecho. Fignon no, Fignon es su hijo. Comparten intereses, aficiones, inquietudes. Son uña y carne. Y su sociedad, amistosa y económica, funciona durante años. Hasta que se rompe. Laurent dirá que con Guimard siempre se acaba mal, que su talante autoritario no acepta un no por respuesta. Cyrille callará. Serán enemigos cordiales, fríos y distantes. Pero irredentos. Vean el Tour de 1991, con Fignon corriendo por libre y ciscándose en cuanto puede en el jovencito Luc Leblanc

Cinco segundos. Tras los pasos del Tejón.

En 1983 Fignon desata en Serranillos una tormenta perfecta que Hinault remata para vencer en la Vuelta a España y dejar a Gorospe desconsolado de por vida. En el trayecto su rodilla, sus tendones, acaban por deshilacharse. No podrá ir al Tour de Francia, donde Renault dependerá de un jovencito de 22 años. Laurent Fignon responderá a la perfección, dominando cuando debe dominar, luchando cuando debe luchar. Ganará su primer Tour de Francia. En la primera participación, como Merckx, como Anquetil, como el propio Hinault. Sonrisa tímida aun en el pódium de su París querido. El futuro es suyo.

Seis segundos. El profesor.

Fignon es universitario. Lee a Camus, a Sartre. Escribe como los ángeles, pueden comprobarlo. Consigue aprobar español y entrar en la educación superior hablando sobre la Historia del ciclismo hispano en el examen. Es inquieto, va a exposiciones, disfruta de los cafés parisinos. Es, en suma, la antítesis de la inmensa mayoría de los ciclistas hasta esos días. Un hijo de Mayo del 68, de una época de mayor libertad. Un deseo inusitado por aprender, con sus gafitas de empollón y su peinado a la moda. Un icono. El Profesor. Será admirado por muchos, odiado por muchos más. Arrogante y distante, amable y cordial cuando se conectaba con él. Laurent Fignon.

Siete segundos. Jugando con pócimas.

Cuando a Laurent Fignon le diagnostican un cáncer de estómago le pregunta a su médico si el doping ha podido tener algo que ver. El galeno le solicita el listado de lo que ha tomado en sus años, el parisino se lo da, con pelos y señales. El de la batita blanca se descojona. Es un juego de niños, Laurent, lo que me cuentas son chucherías. Fignon sonríe, morirte es jodido, pero haberte provocado la muerte es peor. Unos años antes, en una carrera en Colombia, cuenta Fignon que todo se desbocó un poco. Que en su equipo los corredores querían probar un poco de ese perico tan rico que tenían allí y que no era Delgado. Que a algunos se les fue la mano y acabaron en los bajos fondos de Bogotá a altas horas de la noche, en barrios poco recomendables, con señoritas de esas que venden cosas de madrugada. Que se tuvo que pagar mucho dinero para que sus súbitamente celosos novios hicieran la vista gorda. Que todos se reían en la etapa del día siguiente. Historias.

Ocho segundos. Aquel infausto Tour. 

Y ocho. Ocho segundos. En los Campos Eliseos. En su París. Laurent se derrumba según entra en la meta. Lemond saluda al público, grita, no se lo cree. Posada en una valla su bicicleta, con manillar de triatleta, y su casco aerodinámico. Sobre el asfalto la bici habitual de Fignon, su rubia melena al viento. Lágrimas, algunas risas. Nunca más, nunca más volverá. Allí. En su París. Larga vida al Profesor.

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