Ocho razones por las que amamos a Stephen King (y una por la que le odiamos)

Stephen King. Foto: Steve Schofield.

Vale, vale. Muy bien, espere. Espere le digo. Sí, usted, el de la barba espesa y las gafas de sol. Que vale, que lo sé, que Stephen King no es cool. Que no se ha pasado horas y horas delante del espejo hasta conseguir el gesto irónico definitivo para que ahora le vengan a poner por las nubes a un escritorzuelo en su magazine de cabecera. Pero solo le pido un ratito, hombre. Y que lea hasta el final. Le prometo que no se lo contaré a nadie. Y, si tras acabar este artículo tiene ganas de hincarle el diente a alguna cosa del de Maine… bueno, puede irse a una biblioteca municipal, una que esté muy lejos de su barrio. Para que no le reconozcan, digo. O también puede olvidar los prejuicios y llevarse, de una tacada, Insomnia y el último de Auster de su librería preferida. Es decisión suya. Yo solo le voy a exponer por qué amo, y odio, a Stephen King. 

1. Porque es un storyteller de manual. Stephen King es, ante todo, un adicto a las historias. Bueno, ha sido adicto a muchas otras cosas, pero no es el momento de hablar de eso, porque su auténtico vicio, el de verdad, han sido las historias. No los personajes, no los finales (ay, esos finales…) sino las historias. Un storyteller, uno de esos bardos andrajosos y avejentados de la tradición anglosajona que iban de pueblo en pueblo contando cuentos interminables con sangre, dobles sentidos de tipo sexual y algo de aventura. Ese es nuestro Steve. Ese, o el niño que le escucha embobado. Porque solo alguien con ese amor por las palabras, por lo que las palabras pueden llegar a crear (y las palabras se inventaron, seguramente, para contar cuentos, primero de caza y luego de dioses, o al revés) puede crear un particular universo narrativo tan grande.



2. Porque es terco. Vean la saga de La Torre Oscura. Hablamos de más de 5000 páginas de algo que está a medio camino entre la fantasía, el western apocalíptico, la novela iniciática, el crisol social y, en un delicioso giro casi al final, la obra metaliteraria. Algo que le cuesta al vecino de Maine más de treinta años de trabajo. Que empieza con uno de los textos más abigarrados, oscuros, simbólicos (en el sentido casi esotérico del término) e incomprensibles de su autor. Que atraviesa todas las fases insidiosamente adictivas de la vida de King. Que le sobrevive a un accidente casi mortal. Que, al fin, encuentra su final, lamentable (ay, esos finales), cuando parecía que jamás se iba a terminar (aprende Martin). Y va el bueno de Steve y encima hace una precuela, o algo parecido. Genial. Un enfermo de los sueños, del viejo arte de narrar. Un terco. Por cierto, entre medias derrota a varias adicciones, entre ellas el alcohol, el tabaco y el perico boliviano (saborcillo a coco y plátano) que aparece en varias de sus novelas más brutalmente desfasadas.   

3. Porque es el mejor escritor realista estadounidense de las últimas décadas. ¿Realismo en King? Pues claro que sí, campeón. Y es que ya Llopis, el gran Llopis, se dio cuenta hace décadas que Lovecraft era, sobre todo, un escritor realista, alguien que reflejaba con pluma de abigarrados adjetivos ominosos el día a día de su decadente Nueva Inglaterra. Y, oiga… eso lo hace King de maravilla. Nadie mejor que él para pintar un lienzo exacto sobre los pequeños pueblos del noreste de Estados Unidos. Sí, sí, esa zona un poco paleta donde los pijos neoyorquinos se van a ver bosques de verdad. Lugares con tartas de manzana, con cafés donde te ofrecen uno más, encanto y donde el agente Cooper podría encontrar personajes raros, raros. Y eso lo ha contado de forma inmejorable Steve. Lean La cúpula y olvídense de lo sobrenatural: es una maravillosa galería de personajes arquetípicos, encabezados por ese dictadorzuelo desagradable que hay en todos los pueblos pequeños, desde Wittica, al norte de Seattle, hasta Cornubios de Arriba, en la Cordillera Cantábrica. 

4. Porque no le importa descubrir los trucos del oficio. Steve nos explica cómo escribe, nos explica lo que le gusta y lo que no, nos explica sus filias, sus fobias, cómo llegó a convertirse en el niño soñador que es (y no hay nada más difícil cuando se es adulto que continuar siendo niño). Y nos lo dice con palabritas cortas, lejos del estilo achampanado de Harold Bloom (archienemigo del de Maine, claro). No, King es bourbon. O calimocho, vaya. Y nos permite colarnos entre bambalinas, algo que resulta útil para quienes escribimos y delicioso para cualquiera que lea.

5. Porque es una esponja de cultura pop. ¿Ya hemos citado a Lovecraft? Vaya, cada vez es más difícil hacer un artículo sin hablar de él. King recoge lo mejor del de Providence, lo licúa con las Weird Tales completas, adereza con un toque de The Twilight Zone y después lo presenta con un adorno de cualquier manifestación de la cultura popular yanqui de los últimos cincuenta años. Cómics, rock, televisión, cine… nada escapa al gusto glotón y (aparentemente) poco sofisticado de este adorable gafitas. Y eso nos encanta. Porque le da vida a sus novelas. Y porque somos algo frikis, vaya…

6. Porque escribió la sátira capitalista (casi) definitiva. Sí, sí. Vuélvanlo a leer, no me he equivocado. En 1991 Steve publica La Tienda… o, con su mucho mejor título original, Cosas necesarias. Léanla si no lo han hecho. Es la mayor devastación jamás escrita (bueno, o casi) sobre el sistema capitalista. Es, también, otra de esas obras sumamente realistas de King, con un pueblo perfecto, con vecinos que se saludan por la calle y que tan solo necesitan una pequeña válvula de escape para matarse los unos a los otros. Vamos, como su barrio, amigo lector. Y, sobre todo, con un punto de partida delicioso en el que un demonio va sembrando el caos mientras vende a cada persona aquello que más desea, algo que más tarde, por puro miedo a perderlo, nunca llega a disfrutar. Ya les digo, crítica económica de primera categoría. Que, por otra parte, no sé si el propio King se dio cuenta de esto al escribir la novela (era una época especialmente agitada con el plátano y el coco, ustedes ya me entienden). Pero vamos, que yo lo veo claro…

7. Porque algunas de sus novelas son desfase ochentero de primera categoría. Sí, y eso nos gusta. Aunque sea por puro sentimentalismo nostálgico. Lean, lean el segundo tomo de La Torre Oscura. Narcos, gafas de sol, viajes al Caribe. Léanlo, por favor. Solo falta una imagen de un atardecer entre palmeras, una banda sonora llena de arreglos electrónicos y el bueno de Tony Scott tras la cámara. Bueno, mejor no….

8. Porque juega fantásticamente con la metaliteratura. El Resplandor es, lo mires por donde lo mires, metaliteratura. El final de La Torre Oscura es metaliteratura, con un King en diferentes versiones de su existencia ayudando al bueno de Roland. Es, además, metaliteratura irónica, llena de guiños cómplices y con eso tan agradecido en un escritor que es el no tomarse demasiado en serio a sí mismo. Metaliteratura que viene a cuento, no como la de otros (algunos académicos de la lengua, algunos premios importantes… esas cosas) y, sobre todo, muy, muy divertida. Y es que eso es la literatura, amigos. Diversión. Estética, alimento para el alma, goce intelectual. Sí. Pero, sobre todo, diversión. No lo olviden. Y eso el bueno de Steve (un saludo, colega), lo hace genial. 

1. Porque es un mal escritor. Y esto está claro. Hablamos de un tipo que tiene solo unas pocas novelas verdaderamente apreciables dentro de una producción ingente. Abrasadora. Alguien al que los tópicos y los clichés le gustan más que a un tonto Gran Hermano. Una persona que, con todo, es lo suficientemente inteligente como para renegar abiertamente de algunas de sus obras (yo aun espero que cierto premio Nobel haga lo mismo…). Así que sí, Stephen King nunca escribirá la gran novela americana. Pero bueno, tampoco tiene pinta de que lo vaya a hacer Jonathan Franzen y ahí está, con hordas de adoradores. Además, Moby Dick se publicó en 1851. Y de ahí en adelante, el tedio. O casi, seamos justos. Por eso que Dios, Cthulhu, R´Hllor, Lord Morfeo o quien ustedes deseen tenga a bien bendecir a nuestro Stephen King… Y que siga escribiendo por muchos años. Le hace falta. Y a nosotros. 

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