Los dos vuelos de Ingrid Bergman

Una noche de la primavera de 1948 Ingrid Bergman y su marido, Petter Lindström, acudieron a una sala de cine de Los Ángeles. Ella era la actriz más prestigiosa de Hollywood —ya había rodado Casablanca y recibido su primer Oscar, por Luz que agoniza—. Él, un respetable neurocirujano. Ambos, padres de una niña nacida diez años atrás. La película que iban a ver aquella noche cualquiera de una más de tantas primaverales primaveras en sus vidas era Roma, ciudad abierta, del director italiano Roberto Rossellini. El film del italiano era, tal vez, la película menos adecuada para una noche feliz en la estación de las flores. Se trataba de un film en las antípodas de los de Hollywood, duro, social, vivo, un puñetazo a la conciencia en el que los personajes sudaban como en la vida real, y sangraban como se sangra cuando se muere en la guerra. Al salir de la proyección algo importante se había puesto en marcha en el interior de Ingrid Bergman. No sabía qué era, o lo sabía pero le resultaba ridículo reconocérselo a sí misma. Para estar segura, acudió a la proyección de otra de las películas de Roberto Rossellini, que por aquel entonces estaban pasando en los cines de la ciudad, de título Paisà. Después de la segunda experiencia ante un film de Rossellini, la Bergman lo tenía claro, sus mejores temores se confirmaban: estaba enamorada del creador de aquellas historias, necesitaba conocer a Roberto Rossellini.

ingrid bergman y gregory peckIngrid Bergman, con Gregory Peck, en el rodaje de Recuerda, de Alfred Hitchcock, 1944.

La historia de Ingrid Bergman y Roberto Rossellini, una de las parejas más icónicas del séptimo arte, es, fundamentalmente, la historia de ella. Ella la propició y por ella es recordada. Después de ver Paisà, Ingrid Bergam le escribió una carta breve a Rossellini. Una de las misivas de amor más rememoradas entre la mitología del cine y de la cultura popular. En ella, decía: “Querido señor Rossellini: He visto sus dos películas Roma, ciudad abierta y Paisà, que me han gustado mucho. Si necesita una actriz sueca, que habla el inglés perfectamente, que no ha olvidado el alemán, a quien apenas se entiende en francés y que del italiano sólo sabe decir “ti amo”, estoy dispuesta a acudir para hacer una película con usted”. ¿Se puede expresar de manera más seductora y elegante una entrega personal tal ante un extraño? Rossellini no debería haber contestado sin más a Ingrid Bergman, no debería haber hecho únicamente seis películas con ella, no debería haberse tan solo casado con ella, sino que debería haberla contratado como guionista. Porque si la Bergman era capaz de escribir declaraciones de amor de tal sutileza, posiblemente hubiera merecido por sus guiones tanto reconocimiento como por sus interpretaciones. Pero no fue así, bastante le costó dejar de ser “la mujer de” como para convertirse en parte creadora del arte, y no conformarse con vender su serena belleza de joven madre sueca.

La partida a Italia de Ingrid Bergman estuvo bajo lupa desde el comienzo. En 1949 viajó a Europa para el rodaje de Stromboli, bajo la batuta de su admirado Roberto. En principio debían ser solo unas semanas, pero no regresó a los Estados Unidos hasta más de siete años después. Durante el rodaje de Stromboli, como era de esperar, se enamoraron oficialmente, tan oficialmente que ella se quedó embarazada, y como también era de esperar, la quema de brujas se desató entre los muy conservadores Estados Unidos y la muy católica Italia. Fue el mayor escándalo del mundo del cine en su época, hasta el punto de que Ingrid Bergman no pudo regresar a su país de ciudadanía y ver a su hija por ser declarada persona non grata. En Suecia, su país natal, la otrora hija pródiga que había triunfado en el nuevo mundo, se convirtió de la noche a la mañana en vergüenza nacional. A Rossellini tampoco le iban demasiado bien las cosas en su tierra, más si cabe a quien, como él, era un católico practicante y casado. El caso es que allí estaban esos dos seres, desconcertantes, adorables e insufribles —a buen seguro—, contradictorios, enamorados y consternados. Eran dos adúlteros “despreciables”, es decir, de los que en lugar de velar su infidelidad con unos padrenuestros, la asumieron con cierto orgullo, o al menos sin la vergüenza pacata e hipócrita del tradicionalismo de la época, retrógrado y machista.

La historia entre Rossellini y Bergman terminaría siete años después, en 1957. Juntos hicieron seis películas, incluidas obras maestras como Te querré siempre, y tres hijos, incluida una actriz monumental y enigmática como Isabella Rossellini. Atrás quedaron los miles de cartas amenazantes que recibió Ingrid Bergman, de todas partes del mundo, avisándole de que ardería en el infierno y que en la tierra unos cuantos lo festejarían. Atrás quedó la quemada tierra italiana y volvió a las luminosas avenidas de Los Ángeles y Nueva York, a la gala de los Oscar, nominada y premiada en dos ocasiones más. Era un final cantado, inevitable. La historia entre dos seres tan independientes como la Bergman y Rossellini solo podía acabar con amores por separado.

La fortaleza y personalidad que demostró Ingrid Bergman en su “exilio” italiano puso en destacado la fuente de donde manaba la naturalidad conquistadora de sus personajes en la pantalla. Fue, a pesar del escándalo, la menos frívola de las celebrities del Hollywood clásico. En plena belleza de mujer joven se comía un helado en el descanso de un rodaje, a fin de cuentas ni su atractivo ni su talento actoral dependían de mantener la línea. Y cuando envejeció, lo hizo con la dignidad de quien se enorgullece de los años contados, sin estirarse la piel, sin travestismos de estrella eterna en Sunset Boulevard. Murió con solo 67 años, el mismo día de su cumpleaños. Habiendo vivido la paradoja de ser idealizada y condenada por un mismo papel interpretado de manera diferente en la ficción y en la vida real. Será para siempre Isla Laszlo, la mujer que coge un avión en un aeropuerto brumoso de Casablanca para ser la esposa de un hombre al que admira pero no ama. Pero fue condenada como Ingrid Bergman, precisamente por hacer lo contrario que Ilsa, por coger un avión para dejar el amor correcto sin amor, y para no ser, como terminaría demostrando, la mujer de nadie. Los dos vuelos que marcaron la vida de Ingrid Bergman.

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