Lo que ocurre es que algunos no quieren comprender

Es una de esas películas predilectas de todo el mundo, o al menos de unas cuantas generaciones de las nacidas en la segunda mitad del siglo pasado. Nunca la verán en lo más alto de ninguna absurda lista de las mejores películas de todos los tiempos, quizás sí en los primeros lugares de los mejores films carcelarios. Pero La leyenda del indomable, dirigida por Stuart Rosenberg, con un memorable Paul Newman, es un clásico maestro con facilidad como pocas para conquistar el corazón del espectador desde hace medio siglo.

Hay películas que tienen ese carisma, ese punto irresistible del que hacía gala Paul Newman como Luke, el indomable. En el caso de La leyenda del indomable se debe a la suma de las partes. Es una obra con tantos aciertos, con tantos momentos de inspiración, que se hace inolvidable. Habría que comenzar por un guión en el que el único “pero” —dudoso— sería una alegría: la reiteración de secuencias en las que el objetivo es pasmarse un poco más con la singularidad de su protagonista; cómo no disfrutar viendo caer y levantarse una vez y otra al orgulloso Luke. Ese es el esquema del cuento, la historia de un hombre que no se da nunca por vencido, que no se deja pisar. Y en cada nueva pelea con un destino que se empeña en forjar él mismo, algo bello para recordar. 

Leyenda-indomablePaul Newman en La leyenda del indomable (1967) / Warner Bros. Pictures/Seven Arts.

Si un guión es bueno cuando prescinde de explicar las cosas con palabras y se sirve de acciones, entonces el guión de Cool Hand Luke —su título original— es uno de los grandes. Más allá de las secuencias que son descripciones o loas del personaje, hay una forma de narrar sutil. La famosa secuencia del alquitranado de la carretera es la forma en que Luke le dice al Jefe que el que manda allí es él, que él, con su escopeta y sus perros, con sus amenazas no es capaz de movilizar a aquellos hombres como él lo hace alentándoles y sonriéndoles. La comedia se mezcla con el melodrama de un segundo a otro, con Luke llamando a las puertas de un cielo vacío de Dios, o con Newman cantando y tocando al banjo una cancioncilla popular por su madre muerta. Y es un guión mejor con la cámara de Stuart Rosemberg, siempre a la debida distancia, en el plano largo y en el corto, en la fuga y en el drama. Un guión brillante con la música melancólica hasta el nudo en la garganta de Lalo Schifrin. Un guión maravillosamente atmosférico convertido, por la fotografía de Conrad Hall, en un mundo imaginario de realismo sulfúrico, el de la cárcel irrespirable y las carreteras de polvorienta huída. 

Y Paul Newman, espectacular en, quizás, el papel que estuvo interpretando de una u otra manera toda su carrera. Porque ese Luke es la esencia de todos los adorables perdedores que bordó desde antes de ir a parar con sus huesos a esta cárcel sureña y que estuvo haciendo después. En La leyenda del indomable está el Newman más perfecto, el del gesto sutil, el polivalente, dramático y cómico. No ves al tío guapo hasta decir basta, sino al reo astuto e ingobernable. Acompañado por un escudero de diferente pero igual simpatía, el grandote leal que interpreta George Kennedy

Sin embargo, toda la corrección técnica, por muy sobresaliente que sea, no trasciende hasta el estadio del alma si no es por claves impredecibles: una imagen, una frase, un símbolo. La leyenda del indomable es de esas películas —pocas— que sirven como guías espirituales o de estilo vital. Su imagen es la de la panza de Paul Newman después de haber hecho algo que nadie jamás ha hecho: comerse cincuenta huevos. Esta ocurrencia insólita es el símbolo de una misma idea compartida: que es posible hacer cosas imposibles. Uno de los momentos cumbres del cine, por su capacidad de sugestión. Yo he visto gente desmayándose al ver la larga secuencia de la comilona, he visto la ansiedad en los ojos del impresionado espectador ante la ingesta brutal. La contradicción entre el deseo de que algo ocurra y la imposibilidad de soportar verlo. Y también vi a mi abuelo —era una de sus películas favoritas— afirmar sin ánimo de exagerar que él también podría comerse cincuenta huevos, sin necesidad de haber sido Paul Newman, sino solo un niño de la guerra. Y saber que tenía razón, que los hombres indomables y las causas imposibles nacen de las circunstancias. Esa es la imagen y el símbolo de La leyenda del indomable. Y su frase es aquella que pronunciaba el infame carcelero: “lo que ocurre es que algunos no quieren comprender”. El símbolo: la rebeldía.

Nunca dejaré de ver La leyenda del indomable, de emocionarme con el recuerdo de algunos seres queridos que ya no están. Cuando una película te evoca más que su historia la tuya propia, no importa que no esté en las listas académicas de lo mejor del celuloide —aunque lo mereciera—, es Cine, con mayúsculas, leyenda. Ni dejaré de tomar como lema orgulloso eso de que “algunos no queremos comprender”.

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