La soledad del corredor de fondo, la libertad de los jóvenes airados

Tengo un amigo que es mod. Cuando teníamos 15 años dimos, no recuerdo cómo, con una cinta de los Small Faces. A mí me gustaron, pero él se quedó maravillado por algo más que aquella música. Se cortó el pelo de una manera que hoy me sigue pareciendo extraña, descubrió más grupos, se compró una parka y, por supuesto, una Lambretta. Su película favorita desde hace veinte años es Quadrophenia, y yo no acabo de entenderlo. A fin de cuentas, la moraleja del film es una renuncia a la vida mod, una crítica de todo lo que a mi querido amigo le fascina. Él se da cuenta del sentido del film y, sin embargo, le gusta, disfruta viéndolo. No sabe por qué. Yo descubrí hace un tiempo no el porqué de este comportamiento, pero sí la experimentación del mismo. Me ocurrió al ver La soledad del corredor de fondo. Yo soy un corredor de fondo, amateur, es decir, de los que más en serio se toma lo de correr, y organiza su semana según el plan de entrenamiento para la próxima carrera, sea un cross o el necesario maratón anual. Yo sé que La soledad del corredor de fondo no es una película para corredores, que no es un elogio del deporte, y a pesar del dudoso lugar en que queda mi pasión, no dejo de disfrutar viéndola. Solo escuchar esa preciosa frase, el melancólico concepto de “la soledad del corredor de fondo”, caigo rendido a su embrujo. 

SoledadCorredorLa soledad del corredor de fondo (1962) / Woodfall/Bryanston/British Lion.

La soledad del corredor de fondo —adaptación del relato largo del mismo nombre de Allan Sillitoe— es un clásico incontrovertible, que poco tiene que ver con el mundo del deporte. No es una película de corredores, aunque vaya sobre un chico que corre. Porque el chico que corre, no corre. El chico que corre, huye. Es un film social. Y su fama como obra cumbre del Free Cinema inglés no es inmerecida. Es una de las mejores películas británicas de todos los tiempos, y la más lograda y representativa de las cintas de los jóvenes airados que correspondieron en Inglaterra a la eclosión de la Nouvelle Vague francesa, rodando la vida de los sectores más desfavorecidos de la Inglaterra de los años 60.

La secuencia inicial del film es de un lirismo conmovedor. En ella está todo lo que un cinéfilo y un corredor de fondo quieren disfrutar: el plano secuencia, el blanco y negro, las palabras precisas y rítmicas. “En nuestra familia siempre hemos corrido. Sobre todo escapando de la policía. Es difícil de comprender. Solo sé que hay que correr. Sin saber por qué, por el campo y por el bosque. Y ser el ganador no es el final. Aunque la gente anime hasta quedarse sin aliento. Así es la soledad del corredor de fondo”. Buah… me digo siempre que veo dicha secuencia. El plano continúa sin corte, siguiendo a Colin Smith corriendo por una carretera entre la campiña. No se puede pedir más. Pero lo bueno es que hay más, un dibujo fílmico de maravillosa nitidez.

La estructura sobre flashbacks de largo aliento resultó novedosa en su año, 1962, y sigue funcionando más de medio siglo después, gracias a una cohesión narrativa perfecta. El equilibrio entre cada una de las partes y elementos del guión es de manual, los sucesos son un tanto toscos en ocasiones, pero el no velado carácter simbólico y el desenlace esperado para cumplir con el arco dramático del joven Colin, hacen que la expresividad de la historia lo pueda todo. Es la radiografía de una sociedad dividida e injusta, el trasluz de la lucha de clases en la Inglaterra que dejaba atrás el recuerdo de la guerra, la Inglaterra del proletariado urbano dando a luz una generación de rebeldes sin causa.

La película de Tony Richardson es buena, excelente. Solo eso ya es motivo suficiente para que captase mi atención, por supuesto. Porque aparte de corredor de fondo popular soy amante del cine. Pero debo reconocer que lo que me gusta es cuando el personaje de Colin Smith se calza las alpargatas de carrera y se lanza al campo otoñal, en blanco y negro, con poética voz en off, en soledad, y corre, corre. Me gusta verle correr, aunque corra mal, porque el actor que interpreta al indómito corredor de fondo (de los bajos fondos) es muy buen actor, pero mal corredor. No importa, sé que es un película, que la vida real, en este caso, suele ser mejor, que casi todo el mundo corre mejor que el Colin Smith de celuloide. 

Supongo que cuando algo nos gusta de verdad no importa lo malo que tiene, se reconoce el lado negativo que pueda tener y se acepta. Da igual que sea un forma de vivir de acuerdo a una serie de gustos culturales o a la práctica de una actividad física. Porque al final las aficiones y los gustos, las filosofías de vida y los sueños, son como los perros: que se parecen a sus dueños, muerden si el dueño es un bruto, o resultan adorables si el aficionado o soñador en cuestión está mínimamente en sus cabales y es una persona sensible. Además, las buenas películas, aunque pongan en entredicho la sensatez de nuestras opciones personales de matar el tiempo y vivir la vida, tienen algo indiscutible: la capacidad de unir. Con La soledad del corredor de fondo a mí y a mi amigo Rubén, el mod, nos pasa eso, él se siente atraído por esa figura suburbana que antecede la época y el lugar en el que le hubiera gustado nacer, y yo me veo corriendo en la soledad de los bosques y los campos, en la terapéutica y ensoñadora soledad del corredor de fondo.

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