La calavera de Guadalupe Posada, el mayor artista de México

Ocurre a veces que se ha estado físicamente en una ciudad o un país, y de tal visita no quedó el más mínimo conocimiento del lugar. Es uno de los síndromes del turista. Se pueden tener mil fotografías de catedrales, avenidas, pirámides, cataratas, restaurantes o puentes sobre ríos y no saber nada de las gentes que levantaron y pueblan dichos lugares. Ocurre a veces también que es posible conocer un lugar sin haber pisado jamás su tierra. Es complicado, pero una intuición certera de la idiosincrasia de un lugar determinado puede obtenerse. El medio que permite este viaje es el arte. Una persona puede conocer un poco España a través de Goya, de Lorca o de Vázquez Montalbán. Se pueden conocer las calles de París si se leyó Rayuela, o la alegría y la tristeza de ciertas noches parisinas por Tolouse-Lautrec. Se sabe mejor de Estados Unidos, sin haberlo pisado, viendo las cinco temporadas de The Wire que habiendo estado a los mismos pies de la Estatua de la Libertad. Y se puede haber estado en México sin haberlo visitado jamás —como es el caso de la desdichada redactora de estas líneas—, si se conoce la obra de José Guadalupe Posada.

posada-zapatistasCorrido de los cuatro zapatistas fusilados / José Guadalupe Posada.

“Posada fue tan grande, que quizá un día se olvide su nombre. Está tan integrado al alma popular de México, que tal vez se vuelva enteramente abstracto”, dijo Diego Rivera de él. Y su vaticinio no anda descaminado. Se sabe poco de Guadalupe Posada, más allá de México es una figura desconocida. Los datos sobre su vida son parcos, esquemáticos. Conocemos su fecha de nacimiento y la de su muerte, estuvo sobre la tierra los sesenta años que separan 1852 de 1913. Nació en Aguascalientes y murió en el DF. A los 16 años comenzó su aprendizaje como litógrafo; en el lapso desde aquel entonces hasta el momento de su muerte desarrolló una de las obras artísticas más grandes, por cantidad, calidad e imbricación en todos los ordenes sociales que se conozcan. Sus ilustraciones, caricaturas y grabados, se calcula que más de veinte mil, germinaron el imaginario colectivo de todo un país. Su estilo sentó las bases de lo más destacado del arte mexicano del siglo que vendría después de él, del México de los murales de Orozco, Rivera o Siqueiros.

Su aventura artística comenzó con la ilustración y el diseño gráfico integral del periódico El Jicote, propiedad de su maestro litógrafo, José Trinidad Pedroza. Además del trabajo para el semanario, Guadalupe ilustra todo tipo de materiales, desde libros a cajetillas de cerillas, copia imágenes religiosas, anuncios de todo tipo. Y se convierte él mismo en maestro de litografía, en la Escuela de Insturcción Secundaria de León, donde habían trasladado su imprenta los ya asociados Posada y Pedroza. Se casa en 1875 con María Jesús Vela, y amplía sus colaboraciones en otros periódicos y revistas. Un año más tarde la sociedad con Pedroza se disuelve y Posada se queda como único dueño del taller de León. La mordacidad de sus dibujos, la crítica social, la radiografía simbólica de los humores y terrores propios de la cultural popular mexicana quedaron retratados con novedosa singularidad por el pincel y el buril de Guadalupe Posada. Sus representaciones fueron la base informativa de amplias capas sociales que no sabían leer, y que padecían los rigores e injusticias de un país en crisis y unos gobiernos que obedecían taxativamente intereses oligárquicos. 

José-Guadalupe-Posada.-Don-QuijoteCalavera Don Quijote / José Guadalupe Posada.

En 1888, la ciudad de León sufrió unas terribles inundaciones que la dejaron desolada. Guadalupe y su mujer emigraron a México DF, con su único hijo, Sabino, que tenía entonces 6 años. Las dos únicas fotografías que se conservan de Guadalupe son precisamente con su él, una de ellas cuando el muchacho debía rondar los 11 ó 12 años, y la segunda algo mayor, con 16 ó 17, poco antes de que muriera. Fue el hecho más trágico en la vida de Guadalupe: en el año 1900, Sabino enferma de tifus y fallece. El chico había comenzado sus estudios de litógrafo en la Escuela de Artes y Oficios, el complemento práctico a las enseñanzas que recibiría en el taller de su padre en el DF. La muerte, esa señora reverenciada como ninguna otra en México, tocó la puerta de Guadalupe cuando él no se encontraba en casa. Durante los días en que su hijo enfermó y falleció, Guadalupe estuvo desaparecido, sin conocer la noticia del estado del chico. Las teorías sobre su ausencia tratan de resolver uno de los muchos misterios en la vida del artista. Hay quien dice que Guadalupe tenía la extraña costumbre de beber una sola vez al año, pero de hacerlo a lo grande, durante varias semanas en las que desaparecía, alrededor de diciembre o de la fecha de su cumpleaños. Su hijo enfermó y murió en estos meses del año, se especula que su ausencia fue debida a esta delirante tradición personal. Sea como fuere, lo que es seguro es que Guadalupe se hundió completamente al volver y conocer la terrible noticia. De ese año es, con diferencia, del que menos obras suyas se conservan. A buen seguro, Posada no le dedicó tiempo al arte, sino al llanto. La muerte, no debía pensar en otra cosa. Su rostro ya lo conocía, y será él quien le de el retrato definitivo a la presencia de esta señora en la imaginación mexicana.

catrina-guadalupe-posadaLa Catrina o Calavera Garbancera / José Guadalupe Posada.

Las calaveras se convirtieron en la naturaleza protagonista de todos los personajes ilustrados por Guadalupe Posada, y todos quiere decir todos, en general, porque no hubo figura ni clase o colectivo que escapara de la representación de este inadvertido narrador del naciente México moderno. La Catrina, o la Calavera Garbancera, uno de estos personajes, ataviada al uso y burla de la incipiente burguesía indígena que renegaba de sus orígenes culturales y asumía el estilo y los gustos culturales de los europeos, se convirtió en algo más que la mofa de los garbanceros, aquellos que comían garbanzos, como hacían los españoles, en lugar de maíz, como los nativos mexicanos. “Las que hoy son empolvadas garbanceras pararán en deformes calaveras”, anunciaba un periódico de la época revolucionaria junto al dibujo creado por Posada, que se terminaría por convertir en imagen de la propia muerte. Más de treinta años después de la ilustración de La Catrina de Posada, Diego Rivera retomaría la figura para colocarla en el centro protagónico de su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, acompañada de su venerado Guadalupe Posada y de él mismo, junto con otros eméritos representantes de la vida social y política del país. La Catrina de Posada contaba únicamente con busto, Rivera la dotó de cuerpo y vestido en colores. 

Rivera_Posada_Sueño de una tarde dominical en la Alameda CentralDetalle del mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, de Diego Rivera. Posada a la derecha de la Catrina, Rivera a la izquierda, de su mano.

Todos los temas fueron abordados por la inventiva de Posada, la muerte, el amor, la política, las costumbres, las creencias religiosas, la historia, el arte. Le puso el rostro de la muerte a las imágenes de la vida. Puede resultar extraño, paradójico cuanto menos, pero acierta a presentar un rasgo definitorio de México: la relación de su gente con la muerte, de una cercanía cotidiana y una aceptación como no la tiene ningún otro pueblo en el mundo. Se puede conocer una parte de México mirando esas calaveras que bailan, lloran, se besan o se emborrachan. Abrir un libro con las imágenes de Guadalupe es como abrir una ventana secreta al corazón de su patria. Después de zambullirse en sus escenas de muerte y vida, pervive una sensación extraña, esa de echar de menos un lugar en el que nunca se ha estado. Será la mágica capacidad transportadora del arte verdadero, guiado por la calavera genial de Guadalupe Posada, tal vez el mayor artista que tuvo México.

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