El guión americano de Hiroshima y Nagasaki

Durante décadas Hollywood ha ejercido un importante papel como maquinaria de exaltación del heroísmo de las tropas americanas en diferentes contiendas bélicas, muy especialmente de la Segunda Guerra Mundial. Esta batalla propagandística e ideológica ha hecho que la concepción del papel de cada país “aliado” para acabar con las fuerzas del Eje haya variado de forma considerable con el paso de los años. El objetivo fundamental, en el marco de la guerra fría, era restar importancia al papel de la Unión Soviética, y velar la última barbarie de la contienda mundial: los bombardeos atómicos por parte de Estados Unidos de las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, entre el 6 y el 9 de agosto de 1945.

Sin embargo, ni siquiera la poderosa y muy experimentada industria de Hollywood se ha atrevido a entrarle a este capítulo de la guerra, quizás porque ni sus mejores directores y efectos especiales podrían enmascarar el horror provocado en las ciudades japonesas. No hay películas ni nada que exaltar, todo ha sido dejado al pasto del olvido. Es por eso que las obras cinematográficas más famosas sobre la barbarie atómica no son producciones estadounidenses, y que su repercusión la alcanzaron por el prestigio artístico de sus autores, gente como Alain Resnais, Akira Kurosawa o Sohei Imamura

¿Cómo se podría escribir un guión que dejase bien al presidente Harry S.Truman? ¿Cómo justificar un ataque de estas características en una guerra que daba sus últimos coletazos? ¿Cómo explicar un bombardeo en dos ciudades con escaso interés militar? Quizás, y solo quizás por la dureza de las respuestas a estas preguntas, la gran pantalla se olvidó del silencio y del fuego, confiando en que la Historia pasase de puntillas por Hiroshima y Nagasaki. Sin embargo, yo me niego a renunciar a esta historia, una historia de las que duelen, de las que no te dejan levantarte de la butaca, de las que te hacen pensar y te dejan mal cuerpo.

Hiroshima-PHOTOGRAPH BY POPPERFOTO:GETTYHiroshima, tras la bomba del 6 e agosto de 1945 / Foto: Popperfoto-Getty.

El relato ha de comenzar en tiempos del presidente Roosevelt, encargado de aprobar el Proyecto Manhattan, que sería dirigido por el físico Robert Oppenheimer. La inversión en medios y en personal da cuenta de la importancia estratégica que se le había dado a esta idea en pleno desarrollo de la contienda militar, donde se invertirían 2.000 millones de dólares y más de 130.000 trabajadores, con el objetivo de desarrollar la bomba nuclear.

Dos meses después de que el mariscal Wilhelm Keitel firmase la capitulación incondicional de Alemania, la primer prueba con la bomba nuclear se desarrolló en un desierto de Nuevo México, la conocida como prueba Trinity, demostrando que una nueva arma capaz de producir una devastación sin precedentes estaba preparada para operar.

Y es aquí, a partir de este momento, donde empiezan a surgir las grandes dudas, donde un guión prometedor con científicos, planes secretos y grandes explosiones comenzaría a hacer aguas. Son dos los momentos que hacen aumentar estas dudas y que tendrían un enorme efecto en el desarrollo de la Guerra en el Pacífico: la conquista por parte de las tropas aliadas de la última isla antes de llegar a territorio nipón, Okinawa, unida al compromiso soviético en Postdam de participar en la ofensiva contra Japón tres meses después de la rendición de Alemania, plasmándose en la ofensiva soviética contra Manchuria el 8 de agosto de 1945, dejando así en entredicho la necesidad del lanzamiento de Little Boy y Fat Man, como serían bautizadas las bombas que arrasaron Hiroshima y Nagasaki.

Hiroshima_Enola_Gay_w_CrewsPosado con el Enola Gay, el avión que portaba la bomba atómica, momentos antes de su lanzamiento. En el centro, el piloto Paul Tibbets.

Pero estos avances militares no son la única prueba para tirar abajo el débil argumento que presuntamente esgrimía la necesidad del ataque, el que, en palabras del propio presidente Truman, era necesario para salvar la vida de más de un millón de personas al evitar la invasión terrestre y que, además, serviría para mandar a los “muchachos” cuanto antes a casa. 

Un informe posterior a los bombardeos, de la Secretaría de la Guerra, estableció que de no haberse llevado a cabo ambos ataques, incluso sin la participación soviética en el Atlántico, la guerra habría finalizado muy probablemente antes del 1 de noviembre de 1945 y sin duda antes del 31 de diciembre de dicho año, debido a la delicada situación militar japonesa, algo que confirman tanto fuentes militares estadounidenses como niponas.

Parece que el guión cada vez se complica más. ¿Cómo se justificaría un ataque de tal envergadura, cuando todas las partes coinciden en que no era necesario para el desarrollo de la guerra? Aún así, es posible que los guionistas de Los Ángeles hubiesen sido capaces de sortear esta situación y presentarnos una emotiva película con una gran dosis de efectos especiales, trama amorosa secundaria y remordimientos de conciencia del ingenuo bienintencionado protagonista.

Nagasaki-Atomic_cloud_over_Nagasaki_from_Koyagi-jimaNagasaki, 9 de agosto de 1945 / Foto: Hiromichi Matsuda.

Sin embargo, los objetivos señalados para los ataques no eran enclaves militares estratégicos, ni se trataba de almacenes de armamento o industria bélica, sino que eran ciudades con escaso valor militar, en las que por cada soldado se encontraban seis civiles. Con todo, nuestros obstinados guionistas intentarían mostrarnos que era la única opción o que se hizo todo lo posible para avisar a la población civil y para que se abandonase la ciudad. Pero la realidad es demasiado dura, y cualquier mínimo análisis nos lleva a comprender que la opción elegida se escapa por mucho de una decisión meramente militar, dónde seguramente hubiese servido (como planteaban algunos altos cargos del ejercito de los EEUU) realizar una prueba con la bomba atómica en un gran bosque de cedros japoneses cerca de Tokio, delante de observadores nipones que pudiesen dar fe de la capacidad destructiva del nuevo arsenal norteamericano. Tampoco pareció factible aceptar la rendición con la condición del mantenimiento de la figura del Emperador, algo que se acabó permitiendo finalmente, y que hubiese evitado una muerte brutal a más de un cuarto millón de personas. 

Quizás lo que se buscaba era otra cosa. En un momento en que la guerra estaba ganada por parte de los aliados, lo que interesaba al gobierno estadounidense era una demostración de fuerza ante el nuevo panorama mundial que se abría tras la derrota del fascismo. Quizás lo que se pretendía era enseñar a la Unión Soviética que estaban dispuestos a hacer lo que fuera con tal de mantener su poder y frenar el avance del socialismo. Hiroshima y Nagasaki son solo un ejemplo más, seguramente el más bárbaro de todos, de lo que EEUU ha hecho a lo largo de la Historia para mantener sus privilegios, a través de sus bombas y de sus “hijos de puta”, cosas que, a veces, ni sus mejores guionistas pueden endulzar.

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