El blues de Mark Sandman

La historia de Mark Sandman, como la de todas las cosas únicas, es una historia triste. Su universo estaba dominado por la extrañeza. Desde su apellido —hombre de arena— hasta su grupo, Morphine. Eran tres, sin guitarra, sin piano. Tocaban una batería, un saxo barítono y un bajo con dos cuerdas. Con eso y la voz de Sandman hacían blues, jazz y rock, todo a la vez. Y sonaba bien, y único. No se parecían a nadie, eran exclusivos. Hasta que la historia terminó, en un pueblo a las afueras de Roma, el último verano del siglo veinte, tocando bajo las estrellas, cuando el alma del grupo, el hombre de arena, se desplomó con el corazón roto. 

Con las personas sucede como con los siglos, su historia no comienza el primer día de su existencia, sino en un momento clave. La historia de Mark Sandman, cantante, bajista y compositor de blues y rock, no comienza el 24 de septiembre de 1952, el día que vino al mundo, en Newton, Massachusetts. Sino una tarde de su último año de instituto, a finales de los años 60, en la que sus padres le dan a elegir entre buscarse un trabajo, elegir una universidad en la que matricularse, o marcharse de casa. Ese día, “en medio de una cegadora tormenta de nieve” —recordará muchos años después su padre—, Mark se fue de casa. No regresó hasta seis o siete años después.

sandman-morphineMark Sandman / Foto vía Gatling Pictures.

La aventura solitaria del joven Mark fraguará al tipo erguido y de apariencia misteriosa, casi mística, lacónico hasta decir basta, por el que se le terminará identificando. A lo largo de ella, el joven echa de menos a la familia. A su casa llegan postales de todas las partes del continente americano, en las que cuenta sus peripecias en San Francisco o como pescador en Alaska, donde permaneció un año, su viaje a Centroamérica, el tiempo que pasó en Belice, al parecer, recolectando hongos y marihuana, la pérdida de su pasaporte en Machu Picchu, o su estancia final en Brasil, donde enfermó gravemente y decidió que había llegado la hora de volver a casa. Y ponerse en serio, una vez que había hecho su particular travesía por el desierto, a hacer música, a montar un grupo. 

A su vuelta se radica en Boston, cerca de Newton. Su nueva travesía será por un sinfín de grupos y proyectos: Candy Bar, Hypnosonics, The Pale Brothers, Shivering Boots, Prophecy 3, Peyote Children’s Theatre, etcétera. Hasta que se pone al frente de uno propio, verdaderamente potente, el preámbulo de lo que será Morphine. Se le ocurre un nombre elegante y pragmático: Treat her right (Trátala bien). Considera que el nombre atraerá a las chicas. Eso ocurre en 1984, pero antes aún pasarán cosas en la historia de Mark Sandman, mucho más determinantes que sus años de vida aventurera por el continente. A la vuelta de Brasil era ya un hombre, el esbozo del tipo callado y confiado en su propio talento que después se conoció mundialmente, pero seguía siendo, también, el mayor de cuatro hermanos, un joven que había echado de menos a la familia. A sus padres, que no le entendían. A su hermana Martha, que era casi de su edad. Al carismático y alegre Jon, que tenía cuatro años menos que él, el hermano a quien más unido estaba. Y al pequeño Roger, para quien la vida era tan difícil, aquejado desde el nacimiento de una parálisis cerebral. A su vuelta era el Mark Sandman rock, le faltaba el blues.

La historia de Sandman comenzó una noche del final de su adolescencia, “en medio de una cegadora tormenta de nieve”. El planteamiento transcurrió en los años del peregrinaje. Pero el nudo del relato estalló un 18 de noviembre de 1978, el día que el pequeño Roger falleció en el hospital, consecuencia de su débil salud desde que naciera, pero repentinamente. Y se desató definitivamente dieciséis meses después, el 5 de marzo de 1980, cuando su querido hermano Jon —con solo 23 años— se precipitó por una ventana mientras estaba de viaje en Nueva York. 

“Me siento triste / triste / la vida que pudimos haber tenido / envejeciendo juntos / siendo tíos / me pregunto los porqués / las razones que ni siquiera quiero saber…”, escribió Mark, entonces sí, convertido definitivamente en ese hombre de arena y verbo lento, de mirada caída, de silencios abisales. Solo le faltaba la compañía, lo que distingue a un verdadero hombre solitario. Y encontró a Bill Conway, a la batería, a Tim Fitting, con la armónica, y a David Champagne con la guitarra. Treat her right. La base de Morphine, los primeros grandes temas, como I think she likes me y Rhythm & Booze. La posibilidad de vivir de la música, no solo eso, de una música diferente a cualquier otra escuchada antes, una nueva mezcla. Por entonces Mark se había convertido en un auténtico experimentador de sonidos, casi un inventor de instrumentos. Tocaba el bajo con una sola cuerda que le daba todas las notas. Para qué quería más. Pero vendría más. Cinco años después del nacimiento de Treat her right, la crisálida eclosionó. Y de ella salió Morphine, el grupo más sintético y terroso, musicalmente hablando, del espectro que dio en llamarse rock alternativo de los 90. 

Eran solo tres. Mark Sandman, Dana Colley y Jerome Deupree, después sustituido a la batería por Billy Conway. Voz y bajo de dos cuerdas, saxo barítono, y batería. Así dicho nadie confiaba en que de tal experimento pudiera salir música de calidad. Pero Good, su primer disco de estudio, dos veces editado, definió un nuevo sonido que ellos inventaban, un blues rockero, o un rock blusero de letras sentidas y profundas, como gotas de una refrescante lluvia tóxica. El segundo de los cortes del álbum se titulaba The saddest song (La canción más triste), una balada atmosférica en la que se expresaba con críptica confianza un Mark Sandman con todos sus viajes y sus muertos a cuestas. En su segundo disco, Cure for pain, incluyeron un single titulado Buena, que aparecerá en la banda sonora de la primera temporada de Los Soprano. Inigualable asociación. Las cosas marchan. Y si el éxito no es una cura para el dolor, al menos resulta un poderoso paliativo. En los años siguientes, antes del abrupto final, habrá tres álbumes más. Los dos siguientes fueron Yes y Like Swimming, en el 95 y 97, que certifican la mayoritaria exclusividad del grupo. Siguen experimentando, sin perder su estilo, Colley toca dos saxos a la vez y Sandman se instala en la extravagancia de su slide sobre dos cuerdas al bajo —extravagancia, a su juicio, porque seguía considerando que con una era más que suficiente—. Tocaban delante de miles de personas por todo el mundo. Eran un grupo de culto. Y subidos en esa estable ola, grabaron a comienzos de 1999 su quinto trabajo de estudio, The Night. Pero el disco no será editado hasta un año después, ya como obra póstuma y más perfecta de la banda. Entre medias, la marea les había llevado a Italia en julio de ese año, a un festival independiente en la pequeña localidad de Palestrina, a las afueras de Roma. Nel nome del rock se llama el evento, y ellos son el plato fuerte. Los auténticos… Morphine. 

Era sábado noche. Mark había estado de buen humor todo el día, interesándose por la historia del lugar y sin dejar de sonreír y preguntarles al equipo de anfitriones de la organización cómo se dice esto y aquello en italiano. Le gustaba decir algunas frases en el idioma de la tierra cuando actuaba fuera de los Estados Unidos. Era uno de esos días en que estaba realmente conectado con lo que estaba haciendo, que parecía sentir el destino en sus manos. Estaba feliz. Tenía 46 años, aunque no los aparentaba, y planes para una vida ordenada, con la familia, cómo no, al fin. Estaba allí, en un pueblecito de Italia con más de dos mil años de historia, en una noche calurosa, y con tres o cuatro mil personas escuchándole atentos en una colina de maravilloso paisaje. Habían tocado ya siete canciones cuando arrancaron con Super Sex, y a Mark se le ahogó la voz, poco después cayó de espaldas sobre el escenario. Los altavoces se acoplaron a su caída. Y el silencio. A pesar de la sorpresa y de las sirenas. El silencio fue lo que triunfó aquella noche, inevitablemente, no la música. 

Mark Sandman murió de un imprevisible ataque cardíaco. La causa del infarto no fueron las drogas ni el alcohol ni nada por el estilo, como es acostumbrado en las gentes del rock. Fue simple mala suerte. Sin explicación. Su vida terminó así, sin dar aviso, cuando no era sensato que lo hiciera. Era el tercero y último de los chicos Sandman en irse trágicamente y de manera inesperada. Le ocurrió haciendo lo que más quería, lo que mejor sabía hacer; esa fue su única suerte. Meses después salió el disco que acababan de grabar, The Night, una obra maestra definitiva, que contenía la mejor canción de la banda, del mismo nombre. Pero Morphine había finalizado su carrera aquella noche italiana. Luego quedó en forma de recuerdo, de música en vivo también, de reunión íntima multitudinaria de la gran familia de sangre y blues que dejó Mark Sandman. Diez años después, Colley y Conway regresaron a Palestrina, acompañados de un puñado de músicos, “para cantar, para amar, para recordar”. Eran la Orchestra Morphine, son la familia Morphine.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies