Deberían saber que ésta no es una historia de amor

“Esta es la historia de un chico que conoce a una chica”. O viceversa. Y de ahí parte el drama, con el que se puede reír o se puede llorar, o ambas cosas. Posiblemente no haya ningún esquema tan repetido como éste en la historia del cine, del melodrama a la insoportable comedia romántica. Si uno se pone a pensar, los mejores melodramas de amor casi nunca han tenido un final feliz, desde Casablanca a Los puentes de Madison, de El buscavidas a El paciente inglés. Por otra parte… las comedias románticas. No existe género más trillado, previsible y carente de exigencia. Desde luego que las hay mejores y peores, pero incluso los productos más cuidados no dejan de ser ejercicios de entretenimiento sin más sorpresa que algún chiste ingenioso o un gag poco acostumbrado. 

Pudiera parecer que no hay más opción que lo excelso —y dramático— o lo superficial —en clave cómica—, pero lo cierto es que existe en ese limbo intermedio un cine reciente que no carga con lo más intenso y pesado del clásico melodrama romántico, y que se permite tocar la comedia haciendo burla del drama del desamor. Se trata de unas muy pocas películas que comparten un mismo tono agridulce —más agrio que dulce—, jugando a subvertir los elementos clásicos del género romántico, y revistiendo las historias con elegante desenfado.

500_dias_juntos500 días juntos (2009) / Fox Searchlight Pictures.

Las experiencias que van sumándose a este casi subgénero comienzan a ser numerosas, buenas y malas, e incluso, entre las malas, las primeras copias de estilo por parte de grandes estudios. Uno de los aspectos coincidentes y más determinantes de estas nuevas historias de desamor es su bajo presupuesto, que deja la conocida impronta urbana de exteriores, con cámara al hombro y aprovechando la luz natural. Así es más barato. Ya no es extraño ver producciones de más de diez millones de dolares, y hasta de gran presupuesto, que utilizan estas técnicas, a fin de dotar a sus films de tales manierismos. En algunas funciona, en otras lo que se pone en evidencia es que, al final, lo más definitorio no es una cuestión de estilo, sino un guión bien armado. Uno de los más claros ejemplos de esto es el del director irlandés John Carney, que no fue capaz de hacer con ocho millones de dólares —que sigue siendo un presupuesto bajo en la industria cinematográfica— lo que fue capaz de hacer con ciento cincuenta mil dólares. 

Entre las películas de romances fallidos que en los últimos años han destacado, hay cinco que permiten esbozar algunas líneas comunes, lo que ha logrado y lo que puede dar de sí el subgénero. Cinco films que son paradigmáticos de tonos, estilo, errores y aciertos. Hemos elegido cinco, pero hay más. Cada cual que analice lo expuesto con las suyas. Nuestro arco se abre y se cierra con el mismo director, el ya mencionado John Carney, comienza con Once (2006); continúa con Buscando un beso a medianoche (2007), de Alex Holdrige; 500 días juntos (2009), de Marc Webb; Blue Valentine (2010), de Derek Cianfrance; y se cierra con Begin Again (2013), de Carney. 

Todas ellas tienen en común la pareja protagonista y la historia del encuentro y desencuentro de los dos personajes. Esa es su principal característica. Y, como se adivina en casi todas ellas desde el inicio, la ausencia de un happy end amoroso. De estas cinco películas, dos de ellas son grandes obras, títulos que pasarán a la historia y se seguirán viendo dentro de décadas; otras dos son rarezas de bajísimo presupuesto, rayantes en el amateurismo, que brillan en su demostración de independencia y talento para contar una historia sin dinero y sin convencionalismos; y una de ellas es la constatación del falseamiento de un estilo, de cómo un formato puede servir de disfraz para terminar contando una historia mil veces vista.

onceOnce (2006) / Samson Films/Summit Entertainment/RTE.

Vamos a empezar por lo más loco, es decir, por lo hecho sin dinero; que supone también ir por orden cronológico. En 2006, con ciento cincuenta mil dólares, John Carney rodó Once, valiéndose del carismático gancho de su actor protagonista, el entonces desconocido cantautor Glen Hansard, interpretando sus propias canciones y a sí mismo como personaje meramente ficticio. Carney tenía un tipo que cantaba maravillosamente, sabía que ese era su punto fuerte, y decidió hacer una suerte de musical indie. Primer acierto. Es la historia de un músico, de dos músicos, él, Hansard, y ella, una joven checa en Dublín que toca el piano y anda buscándose la vida de una manera más realista y cruda que la del tristón Hansard. Pero el protagonismo como tal no es para el uno ni para la otra, sino para la música. No era fácil montar un guión plagado de secuencias musicales sin que se convirtiera en un reality folk, pero oye, lo consiguieron. Rodando casi íntegramente en la calle, con actores no profesionales y una historia de amor que no cristaliza entre dos personajes de una construcción dramática perfecta. Lo consiguieron. Con secuencias y planos tan memorables en su guión como el de los recién conocidos por Londres tirando de una aspiradora como si pasearan un perro; una prueba de que no es necesario más que un poco de imaginación para definir el tono de una historia y la naturaleza de unos personajes en unos pocos segundos.

En 2007, el estadounidense Alex Holdridge rodó Buscando un beso a medianoche, un guión de manual de la comedia romántica agridulce. Chico deprimido por una ruptura, chica un poco loca disfrazada de femme fatal, y tiempo recortado al día y la noche de fin de año, que los dos desconocidos tienen para conocerse y ¿enamorarse? Nada nuevo bajo el sol. Pero traten de hacerlo con un presupuesto de veinticinco mil dólares. Cámara digital y a la calle. Secuencias de largas conversaciones sostenidas por diálogos ágiles e interpretaciones naturales. Nada de maquillaje, luz exterior y a rodar. La película se coló durante los siguientes años en varias de las listas de las mejores películas. El paisaje urbano —en este caso de Los Ángeles— y la música se consolidaban como elementos fundamentales de estilo.

beso medianocheBuscando un beso a medianoche (2007) / IFC Films.

Se le perdía el miedo al romance desde miradas alternativas. Y en 2009 llegó la obra más representativa de este tipo de nuevo cine romántico. 500 días juntos fue como se presentó en la cartelera española el film (500) Days of Summer, perdiéndose el juego de palabras del título original, la historia del amor que comienza y acaba en esos 500 días entre el tímido Tom y la independiente Summer. Como en Once y en Buscando un beso —sobre todo en esta última— tenemos el esquema de chico atribulado y frágil y mujer fuerte. 500 días juntos contó con un presupuesto de siete millones y medio de dólares, y eso se nota —aunque buena parte se iría en la presencia de dos protagonistas de cierta fama, como Zooey Deschanel y Joseph Gordon-Levitt—, a fin de cuentas estaba la Fox produciendo. Pero contó también con un guión de quitarse el sombrero y una dirección de genio, y eso se nota mucho más. La estructura con continuos saltos temporales sobre esa línea de quinientos días es de una precisión milimétrica. Y la dirección da con hallazgos formales de un impacto visual que definieron un estilo, con un toque de ternurismo cool, casi cursi, jugando con elementos pop del nuevo siglo, la estética retro, los clásicos de la música indie —elemento indispensable, como se ve—, o la animación. La secuencia de montaje que contrapone en pantalla partida las expectativas de Tom con la realidad es sencillamente magistral, ejemplo más perfecto de una dirección de cine y una narración audiovisual nuevas.

Captura de pantalla 2015-08-26 a la(s) 12.19.41500 días juntos (2009) / Fox Searchlight Pictures. 

Entroncando con la tradición más melodramática del género, pero utilizando los recursos fílmicos del cine independiente, en 2010 Derek Cianfrance rodó Blue Valentine, con solo un millón de dólares de presupuesto, a pesar de contar con la megaestrella Ryan Gosling y la muy famosa Michelle Williams como protagonistas. Como en 500 días juntos, la estructura del guión es a través de saltos en el tiempo, que presentan el antes y el después de los jóvenes enamorados Dean y Cindy, luego convertidos en el matrimonio roto Dean y Cindy. Los aciertos donde el film se hace fuerte son los esenciales y mismos de otros éxitos, la construcción y el carisma de unos personajes creíbles, complejos y atractivos desde un punto de vista dramático. Una sucesión de hechos desacostumbrados y cargados de subtextos. Interpretaciones para dejar al respetable boquiabierto, con una pareja protagonista compartiendo una química de las que dejan huella; la secuencia del primer paseo de los jóvenes enamorados con actuación musical final, Gosling al ukelele y Williams bailando en el soportal de una tienda de trajes de boda, es para enmarcar. Es un estilo. De calle, mucha calle, a las horas mágicas, aquellas en las que el sol se oculta pero aún vive el día. Y música, ensamblada como un elemento más de suma narrativa. El plano final de Blue Valentine es desgarrador, todos los elementos, luz, interpretación, cámara, guión, atmósfera, música, se compenetran en un todo difícil de olvidar.

blue-valentine-ryan-goslingBlue Valentine (2010) / Incentive Filmed Entertainment.

Y después de todo esto tan bueno, tan bien hecho… la farsa. Siete años después de rodar Once, el irlandés John Carney se ponía por primera vez tras las cámaras en Estados Unidos; con un presupuesto considerable —aunque aún leve para la industria—, ocho millones de dólares, y dos estrellas protagonistas, Keira Knightley y Mark Ruffalo. La idea era hacer algo con el espíritu indie de Once, con la música como motor, pero con la típica trama pseudoamorosa en la que dos almas descarriadas tratan de salvarse mutuamente. El estilo es fácil de copiar en lo superficial, ruedas mucho en la calle, y no en cualquier calle, en las más cool de Nueva York, te vas al Greenwich Village, te subes a azoteas y bajas al metro, paras en bares de estética hipster y todo hecho. ¿Todo hecho? No, lamentablemente. Begin Again, que así se tituló la primera película americana de Carney, es una comedia romántica al uso, que cae en los lugares más comunes del género y lo mezcla con recursos de guión y temas insulsos y manidos, desde el espíritu de superación a la gran batalla final. Ni siquiera se atreve a cargarse el final feliz. Es la demostración de que el dinero no vale de nada si no se tienen ideas, o de que solo vale para hacer negocio, porque la cinta funcionó bien en las salas. 

Begin-AgainBegin Again (2013) / The Weinstein Company/Exclusive Media.

Al final, el estilo es una cuestión fácil de copiar, pero difícil de engendrar de manera original, y más complicado aún de defender hasta las últimas consecuencias. No vale con desaliñar el pelo de un personaje, ponerle música de ukelele mientras conduce su coche, o hacerle caminar con la capucha puesta a solas por una calle de farolas encendidas al atardecer. Sin un rumbo, sin una historia interesante y bien contada, no hay drama ni comedia romántica que valga más que un café del Starbucks. “Esta es la historia de un chico que conoce a una chica”, dice la voz en off del narrador que presenta la historia de quinientos días de Ted y Summer. Y avisa: “Deberían saber que ésta no es una historia de amor”. Ténganlo en cuenta, quizás las buenas películas de amor, no vayan de eso.

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