De nuevo (pero de manera nueva) sobre el mayor robo del siglo

Yo parto de la premisa de que cualquier historia de género negro es potencialmente mejor que cualquier otra que no lo sea. Es una cuestión de gustos. Habrá quien lo sienta al contrario. Sin embargo, tengo un argumento para defender mi tesis, y es que las situaciones en las que un personaje se juega literalmente el pellejo provocan que la naturaleza humana se convulsione dramáticamente de formas admirables o espeluznantes. Es por esto que si la riqueza sorpresiva de una trama criminal bien tensada la tocan personajes bien construidos y atractivos desde un punto de vista dramático, el resultado es de impacto. Pues bien, eso es lo que viene ocurriendo con un gran número de series británicas, de género negro, habitualmente cortas y que están escribiendo tanto una de las etapas doradas del noir inglés como de la ficción televisiva en general. Una de ellas, de solo cuatro capítulos, destaca por su destreza narrativa, una demostración de ritmo, tensión y profundidad de extraordinaria fuerza. Se trata de Inside Men.

Inside Men BBCWarren Brown (izquierda), Steven Mackintosh (centro), y Ashley Walters (derecha), en Inside Men / Foto: BBC.

Es la historia de tres empleados de un depósito de dinero en Bristol, que elaboran un plan maestro para llevar a cabo el mayor robo de dinero en metálico de la historia del Reino Unido, y lo ejecutan. Un trabajador de almacén con una novia peluquera más sibilina que Lady Macbeth; un joven guardia de seguridad que quiere algo de dinero pero que no quiere líos; y el jefe del depósito, un cuarentón anodino y encogido, anhelando ser lo contrario de lo que es. El desarrollo de los personajes es sutil y se aleja de lo inverosímil e histriónico que pudieran tener los protagonistas de otros dramas de este tipo —no me acuerdo de nadie, Walter White…—. Los tres están sostenidos por actores —secundarios de lujo de la televisión británica— que mantienen un pulso interpretativo al más alto nivel. Warren Brown y Ashley Walters haciendo lo más difícil, de tipos normales que no dejan de serlo aunque estén haciendo algo fuera de lo normal; y un protagonista Steven Mackintosh dando un recital de finura interpretativa con un papel complicado por la costumbre, el del apocado que se desboca de manera despiadada.

Pero lo más valioso de esta miniserie es, sin duda, un guión para enmarcar —aunque al final se le quede una esquinita arrugada—. Independientemente de que uno quede más o menos contento con el desenlace —los finales, siempre sembrando la discordia—, no se puede negar que todo lo visto hasta ese momento último es de una originalidad y factura magistral. No sobra ni una secuencia, y todas están en el momento en que tienen que estar. No es fácil cuando la estructura elegida implica varios saltos en el tiempo. Este tipo de propuestas narrativas, en las que el espectador moderno se graduó de la mano de Tarantino en Reservoir Dogs y, sobre todo, en Pulp Fiction, son hoy día habituales, pero a menudo no dejan de ser más que un adorno estilístico, sin justificación en la trama ni en el drama. No es el caso de Inside Men. Tal estructura funciona en todo su esplendor porque genera que la historia vaya girando sobre sí misma con una gracia completamente inesperada. La espiral provoca que todo lo visto vuelva a verse de manera diferente.

Cuentan que el proyecto de Inside Men para la BBC surgió al comprobar el tiempo muerto que dejaba uno de los parones del rodaje de Luther —otra rareza del noir televisivo inglés—. Gran parte del equipo, sobre todo del actoral, se embarcó durante este lapso en tal rodaje casi para matar el tiempo. Puede que fuera así, y que estos magníficos actores no necesitasen mucha más preparación para bordarlo; pero no se puede decir que Inside Men sea un producto improvisado, no se puede creer esto con un guión como el que tiene. Sus intérpretes estarían listos en pocos días, pero un tal Tony Basgallop, su guionista —que también firmó la miniserie What Remains, otra joya del género para la tele inglesa—, a buen seguro estuvo trabajando mucho tiempo en la escritura de un libreto de 240 minutos, complejo y solido como una pirámide egipcia.

Si quieren tratar con respeto y delicadeza su inteligencia de espectadores televisivos, tienen una oportunidad única en Inside Men. Se agradece, en estos tiempos, quedar sorprendidos, sin trampa ni cartón de por medio, por una historia de cualquier tipo. Una serie cuyo nivel queda retratado en la expresión del espectador al final de cada capítulo, una expresión que no es de asombro histérico, que no está provocada por un cliffhanger vergonzosamente burdo y tramposo. Al final de cada capítulo de Inside Men el espectador no grita “¡Dios, qué pasará ahora!”, sino que contiene la respiración y se retuerce en sus adentros, si no está solo, gira lentamente la cabeza y mira a su acompañante, diciéndose sin pronunciar palabra… “Dios, qué pasará ahora…”. 

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