Cuánto se te echa de menos, Miguel Gila

Que me perdonen mis allegados, pero yo una de las personas a las que más hecho de menos desde hace años es a Miguel Gila. Él nunca me conoció, pero yo, creo, llegué a conocerle bien. Al fin y al cabo, le oí contar la historia de su vida decenas de veces. Ya saben, la del niño que nació solo, sin avisar a su madre, y tuvo que bajar donde la portera para dar la noticia y que le dieran su primera toma de leche. La vida del niño pobre, del soldado mal fusilado, y la del humorista del más tierno de los mundos imposibles.

gila¿Está el enemigo?

El cuadro clínico de mi síndrome de pena por la ausencia de Gila no tiene como síntoma más grave una nostalgia común por la alegría que Miguel convocó en el pasado, sino una extraña nostalgia por el presente, por lo que pudo haber sido y no fue. Sufro de una terrible rabia melancólica por la imposibilidad de escuchar sus palabras sobre el momento actual, este presente que es su futuro. Qué extraordinario material hubiera tenido Gila para armar su claro mundo imposible con los cascotes de este país en ruinas, cada vez más parecido al del pasado. Este presente que es su futuro, porque son los muertos los únicos que tienen futuro, aunque no lo vivan. Los vivos solo tenemos presente y pasado. Pero dejémonos de filosofar, como los jóvenes de su pueblo un domingo por la tarde. Imagínenselo a Gila llamando a Moncloa como llamaba a la Casa Blanca. ¿Está Rajoy? ¡Que se ponga! Si de Reagan decía que tenía arrugas hasta en las arrugas, de Mariano, quizás, que tiene babas hasta en las babas. O algo por el estilo, con su estilo elegante y popular, por supuesto.

El verano de su muerte fue el de un luto rojinegro. Los siguientes estíos se convirtieron en la época en que brotaba mi particular síndrome, siempre hacia finales de agosto, cuando hacía mella con especial virulencia. No sé si debido al acostumbrado final del período vacacional o por otro motivo, pero el caso es que el final de los veranos, como las tardes de domingo, vienen cargados para mí de esa tristeza indefinida, tan contagiosa. Y es entonces cuando Gila aparece en mi cabeza, sorpresivamente, como si volviera a nacer. Resucita con una carga contradictoria de bienestar y pena. Qué bueno que apareció, me digo, pero qué pena que solo esté en mi memoria y no en el mundo material, vivo y juntando las palabras para la mejor crónica posible de este solar intratable que es España.

En plena efervescencia febril de añoranza por Gila, de necesidad de su voz en el presente, todo lo que me rodea se vuelve infausto. La vida entera se convierte en un telediario, en una lista de enmiendas al mundo inspirada por su humor mordaz. Cuando llega un nuevo eco sobre aquello de “que vivimos por encima de nuestras posibilidades”, no puedo evitar sentirme como ese Gila mendigo que se lamentaba de su mala cabeza despilfarrando en rolex de oro, obras de arte y yates. En estos días de finales del verano, cuando los padres pasan la reválida anual de matemáticas para comprarles los libros a los niños, y un Ministro de Educación se retira a París a dar paseos con su novia —premio por lo bien que lo hizo, lo de destruir un la educación pública—, yo no puedo dejar de acordarme de ese Gila padre repasando la factura del colegio. O cuando hablan de los confines del mundo y sale a relucir que los Estados Unidos andan de guerra, de nuevo, cómo no acordarme de ese Gila mercenario de los yanquis, pidiéndoles la cuenta por los trabajitos en Líbano, Yugoslavia y Centroamérica. Cuando cae la guerra, en verano como en todas las estaciones del año, yo no me quito de la cabeza al soldado Gila comprando armas por teléfono, quejándose de que en la última partida de cañones, dos venían sin agujero, y pensar ojalá fuera así, o mejor, que los cañones no apunten a quien apuntan, que apunten al enemigo, al que dispara esos cañones.

Cómo no acordarme de Gila este verano, al oír de nuevo a los hijos y nietos de los que ganaron la guerra y siguen mandando, quejarse porque alguien les recuerda de vez en cuando que en este país quedan más de cien mil cuerpos de republicanos asesinados durante la guerra y la posguerra, en las cunetas. Sí, en las cunetas. Que no hay familia en su viaje de vacaciones —las que pueden hacerlo— que no pase al lado de la escena de un crimen sin juzgar. Cómo no acordarme de Gila, a quien le fusilaron mal. Y esto no es un chiste de los suyos, aunque lo parezca. Porque Miguel Gila, en una noche de diciembre de 1938, cuando era un joven soldado republicano, militante de las Juventudes Socialistas Unificadas, se encontró frente a un pelotón de fusilamiento con otros trece camaradas. Doce de ellos murieron en la primera y única salva. Pero él no. Los mercenarios de las tropas moras de Franco que le habían hecho prisionero iban tan borrachos —como el propio Miguel cuenta en sus memorias— que no acertaron a matar a todos los fusilados, ni siquiera a acertar a uno de ellos: él. Consiguió huir después de hacerse el muerto toda la noche. Fue apresado de nuevo y encarcelado al finalizar la guerra.

Gila sobrevivió a su ejecución, en un episodio que pudiera parecer casi la escena imposible de uno de sus maravillosos monólogos. Pero fue real. Cómo no acordarse de él, y sobre todo, de los que no se salvaron de la muerte. Ojalá estuvieras aquí, Miguel Gila, para hacerle una llamada a tanto hijo y nieto de papá fascista, que no sabe lo que es la ternura, ni la inteligencia, ni la dignidad. Una llamada a todos esos que, al contrario que tú, no tienen ni puta gracia.

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