Albert Pla, el placer de caminar por el lado más bestia de la vida

Cuando era pequeño tenía un problema. Era meterme en un coche y mi cuerpo comenzaba a morir vertiginosamente. Los viajes en coche con mis padres se podrían describir con pocas palabras: agobio, mareo, suspiros y bolsas de plástico. Cualquier trayecto era así. Nos íbamos de vacaciones, recorríamos las mágicas carreteras interiores de Asturias, y yo con la baba mojando el asiento, intentado dirigir mis arcadas al interior de una bolsa de supermercado medio rota. Alrededor de mí los lugares más bellos del país, pero ni por esas el mareo y los vómitos me dejaban escapar. La situación era desesperante. Duró años. No había solución científica ni remedio casero que evitara mi calvario cuando me subí a un coche. Hasta que un día ocurrió algo… harto de los dúos de Victor Manuel y Ana Belén, le dije a mi padre: “Pon este disco, a ver qué te parece”. Se trataba de Albert Pla. Mi madre, muy cabal, fue presa de la más absoluta estupefacción: “¡Qué es esto, hijo, por diós! … Pero, ¿de verdad te gusta esto? … ¡Ese hombre está mal de la cabeza!”. Fue el primer viaje en coche de mi vida que no me maree. 

pla-concierto-Albert Pla, en concierto.

La descripción básica de los sueños dice que son manifestaciones mentales de imágenes, pensamientos, sonidos y sensaciones de un individuo mientras duerme, normalmente relacionadas con la realidad. Anhelos y temores. En Sabadell nació un chico con un puntito rebelde hace casi cincuenta años. Es joven aún. Un tipo cuyos sueños han sido motivo de alarma y de admiración. Un chaval de nariz aguileña, sonrisa contagiosa y ojos despiertos que sueña con quemar una sucursal del Banco Santander, en casarse con la hija del rey, hacer el amor en la barra de un bar, con la dama de la guadaña bailando una rumbita catalana, un búho en mitad del bosque capaz de despertar al sol cada mañana, que la lluvia y todas las cosas transparentes de repente tienen color, con una adorable novia terrorista, con convertirse en fantasma y ser tu peor pesadilla, o con una colilla que quema todo el país. Bajo mi punto de vista, nadie sueña como lo hace Albert Pla.

Albert es diferente a la mayoría de la gente —es una evidencia patente a simple vista—, y en consecuencia también de las gentes que hacen música. Pero, paradójicamente, entra a la perfección dentro de una categoría certeramente definida, la del cantautor. Considerando cantautor a la persona que, generalmente guitarra en mano, mete de vez en cuando un dedo en la llaga, con rima consonante que despierta el alma del oyente. Albert Pla cumple al dedillo con este cliché musical, pero también es rock como el de Extremoduro, es punk blusero como el de Lou Reed, es, incluso, con la ayuda del fabuloso guitarrista Diego Cortes, un poco flamenco y un mucho rumbero. El de cantautor no es el único cliché que le cae extrañamente acertado. Es acostumbrado escuchar, en bocas de bastantes, que Albert Pla es un genio. Toma ya. Para echarse a temblar cada vez que se escucha el título en cuestión… el mundo de hoy está lleno de genios de todo y un poco más. Pero lo cierto es que si uno ha visto alguna vez a Albert en directo, no puede negar que en este elemento hay algo genial. Esta vez sí que sí. Es música y humor, arte y humor, poesía y humor. Toneladas de humor. Y hacer humor de manera seria es muy difícil, está al alcance de un pocos gen… gentiles mozos.

Tiene muchas facultades. Una de las más conocidas es la de decir siempre lo políticamente más incorrecto que pueda decirse. Algo que suele significar decir la verdad de las cosas. Titulares de prensa ha dejado para todos los gustos y colores:  “Mataría a los de Podemos antes de que lleguen al poder, luego cambiarán” … “Me da asco ser español” … “La independencia de Cataluña es el problema 195 en mi orden de prioridades” … “La persona que cobra mil euros, y se compra una casa de cuatrocientos mil, debería haber hecho una suma”. El periodista que entreviste a Albert Pla se encontrara a un hombre tímido, parco en palabras cuando no se encuentra en su hábitat, el escenario. Buenafuente apostó por él en su show televisivo, y aunque dejó algunos momentos antológicos, la cosa no terminó de cuajar. Los ritmos de la tele, se dice. O quizás que el Albert es demasiado genio (ahora sí, qué coño) para la caja tonta. Y que su lugar está en los teatros y haciendo discos para escuchar toda la vida.

Siempre me lamento de que yo descubrí a Albert Pla demasiado tarde, a los 17 años. Sobre todo por la cantidad de sufrimientos en coche que me hubiera evitado. Bueno, así se dio el asunto. Supe de él tras que participara en un disco homenaje a Javier Krahe, otro genio sin parangón. Su carrera musical tuvo en los discos en catalán una primera etapa, ya con himnos para una juventud a la que le decían que no tenía futuro, o que éste sería una incógnita. Entre sus primeras canciones me quedo con Ho sento molt, una oda al amor puro por encima de higienes y olores, y Vida d’un gat, la historia de un pobre gato callejero nacido para sufrir y contar sus siete vidas por desgracias. 

Empezaron los noventa y Albert Pla comenzó a cantar en castellano. No solo de rumba vive el hombre fue su primer disco en esta lengua. Después ha editado álbumes en catalán también, pero han sido los menos. Y dio con el primer gran temazo que congregó y congrega a esa generación perdida: Joaquín el necio, la historia de un zapatero de ideas fijas y podridas, al que abandona su mujer por un negro con la polla más pequeña pero mucho mejor hombre que él. Llegaron también las presiones de las multinacionales y hasta de formaciones políticas en gobierno; con Carta al rey Melchor pasaba de cagarse en la dinastía, en su puta patria, su sucia bandera, su reino de mierda, y en su sangre azul, a gritar viva la monarquía por el amor a la princesa. Y no gustó demasiado en ciertos ámbitos, tan podridos como el corazón de Joaquín el necio.

Su siguiente paso fue hacer de caja de resonancia de un poeta catalán, José María Fonollosa. Versos secos, crueles, intensos, directos, irónicos. No hay poeta que se asocie mejor con Pla. Un disco con canciones descomunales, como Mi esqueleto, Como una nube, Sufre como yo, o la más conocida del álbum y del espectáculo teatral, El lado más bestia de la vida, versión libérrima del tema de Lou Reed —Walk on the wild side.

Su disco más famoso es Veintegenarios en Alburquerque, que arranca con otro de los himnos del catalán: Marcelino Arroyo del Charco, la canción que mas instantes de felicidad me ha aportado. “Ay Marcelino, bienvenido al paraiso, quizás es cierto que vivimos malos tiempos, es tó un infierno y tú un pobre diablillo, ponte a bailar esta esperpéntica y dramática comedia, nunca consientas que nadie te agüe la fiesta, ni tus miserias ni las desgracias ajenas…”. Es imposible que esta canción no te anime el día. Dentro del disco, Veintegenarios, la canción, se cierra con el recitado furioso a cargo de Fermín Muguruza de unas palabras de Eduardo Galeano: “No olvidéis que el torturador es un funcionario, el dictador es un funcionario, burócratas armados que pierden su empleo si no cumplen con eficiencia su tarea, eso y nada más que eso, no son monstruos extraordinarios, no vamos a regalarles esa grandeza”. Recuerdo que me aprendí de memoria estas frases de tanto escucharlas, sin saber que eran obra de Galeano, la persona que sin conocerme de nada más me enseñó posteriormente en la vida. Imagínense lo que me hizo el cuerpo cuando las descubrí en un libro del pensador uruguayo.

En 2006 Albert Pla sacó, tal vez, el disco más escuchado por la mayoría de sus seguidores. Con Judit Farrés a los coros, en sensual y alocada voz; Tino di Geraldo, el mejor percusionista de esta país; Jorge Pardo, puro jazz; Quimi Portet, compañero de cervezas, whiskies y lo otro; Carles Benavent, bajista que conseguiría levantar a Lou Reed de donde esté; y Diego Cortes, capaz de hacer con una guitarra española todo lo que se puede hacer (y no esperar) —como tocar el Concierto de Aranjuez en pleno Viña Rock y dejar boquiabiertas a miles de personas. Este grupo de talentos musicales se unió para grabar Vida y milagros, quince canciones, de las más importantes de Albert, aunque alguna se eche en falta. En él mi punto es para Jorge Pardo: lo que hace en Mi camello, Añoro, o Marcelino Arroyo del Charco, es para quitarse el sombrero que no tengo, entregárselo de rodillas, hacer la ola y aplaudir hasta tener las manos en carne viva. Luego Albert dejó Sony BMG, y fichó por una discográfica pequeña, El Volcán, de esas grandes en amor a la música. Y grabó La Diferencia, un conjunto de canciones hechas irrevocablemente para el directo. Bombillas de todos los colores, humo, un casco iluminado, una vieja radio y una colilla le sirvieron para provocar risas a carcajadas y vítores hasta la afonía. Un espectáculo mayúsculo que dura noventa minutos y que se tarda noventa años en olvidar.

Hace unos años tuve la única relación directa —y efímera— con él, en una sala de Madrid. Reservé con tanta antelación que tuve la fortuna de estar en la mesa más próxima al escenario, donde le acompañaba Diego Cortes. Es conocido que Albert le da tanta importancia a sus canciones como a la introducción de cada una de ellas, preámbulos esenciales para desatar la risa emocionada en cuanto adivinamos el primer acorde del tema que viene. Fue en ese momento cuando Albert me soltó, a mí: “Hey tú, que te ríes tanto, ¿tienes corazón?”. Le dije que no. Y él, a su vez: “¡Yo tampoco!”. Fue muy íntimo. En cualquier caso, la consideración de existencia o no de mi órgano cardiaco lo dejo a opinión de quienes me conocen. Yo no hablaré más de ello —mejor alimentar el misterio—. De lo que no me cabe ninguna duda es de que Albert me mintió. Sí tiene corazón, en forma de guitarra o de bomba, quién sabe, pero lo tiene. Un corazón grande que empieza a palpitar, a palpitar, a palpitar, resentido y deprimido, pero siempre divertido. El corazón de un puto genio.

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