¡A la puta calle! Historia y antología de la tarjeta roja

Representación de un partido de cuja, Dinastía Song.

A hostias desde siempre (a modo de introducción)

En el fútbol se dan dos momentos durante los que el tiempo se alarga hasta la eternidad. Son unos segundos convertidos en épocas. Uno de ellos es cuando el lanzador coge carrerilla hasta el punto de penalti, las miradas esquivas o desafiantes duran años. El otro momento de insoportable tensión ocurre cuando el árbitro se echa la mano al bolsillo, con intención de sacar una de las tarjetas que guarda. Roja o amarilla. Aviso y salvación o destierro. Un jugador de tu equipo ha hecho una entrada, tal vez, un poco desproporcionada, el típico “ha llegado tarde” que se trata de disculpar cuando es uno de los nuestros. Todo va a durar un par de minutos, como máximo; así es en la mayoría de los casos, a no ser que la cosa se vuelva riña tumultuosa. El árbitro pita marcial y se acerca ávido cual chulo que castiga. Es su momento. Siempre hay algo que obstruye la salida de la tarjeta en el bolsillo de los árbitros, pero al fin el juez del campo vence su falta de destreza, la suerte está echada, va saliendo poco a poco, ¿de qué color es? Amarillo… uff, a seguir jugando (si es la primera). ¡Roja! ¡No me jodas! ¡Será cabrón! Roja… ahora la cosa cambia. El partido cambia con una expulsión, mucho. El considerado primer entrenador moderno de la historia, Helenio Herrera, decía que se jugaba mejor con diez que con once, claro que también le era fácil decirlo, él fue uno de los padres fundadores del catenaccio, y poco le importaba tener un jugador que ninguno arriba (arriba era el medio del campo). Parece lógico comprender que ningún aficionado, ningún jugador, ningún entrenador quieran quedarse con uno menos. Una expulsión es una mala noticia. Y, sin embargo, a veces no se puede evitar, pueden, incluso, ser hasta necesarias y bellas, son una parte más del mejor deporte del mundo.

El fútbol, le pese a quien le pese, es el deporte rey mundial. Su capacidad de seducción debe tener mucho que ver con su tan cacareado parecido con la vida, en términos de justicia: casi siempre es injusto. Es complejo en reglas, pero a la vez insultantemente anárquico y corrupto, hasta el punto de que se podría considerar que tiene solo tres leyes básicas con las que los jugadores deben cumplir la mayor parte del tiempo, o al menos mientras el árbitro mira: no tocar el balón con la mano, no meter gol si el delantero está por delante de la defensa en el momento del pase, y no agredir alevosamente a rival, árbitro, espectador o compañero en el terreno de juego. Todo lo demás, está permitido.



Los primeros partidos de fútbol oficial tuvieron lugar en Inglaterra sobre 1870, pero algo antes de eso, como unos dos milenios, en China, sobre el año 400 aC, ya existía el cuju, un juego por equipos con pelota de cuero que consistía en introducir el balón en una pequeña red, sin utilizar las manos. Hay grabados de la época que representan estas acciones de juego donde estaba permitido el contacto en la lucha por la pelota. En la Edad Media, existía el calcio florentino y, como casi en todo lo relacionado con lo medieval, estaban permitidos cabezazos, puñetazos, codazos y estrangulaciones, eso sí, totalmente prohibidos los golpes bajos, violencia sí, pero digna. En Inglaterra se jugaba, o mejor dicho, se disputaba el conocido como fútbol de carnaval, equipos formados por pueblos enteros luchaban por llevar una pelota a portería contraria, pudiendo utilizar cualquier llave maestra y patada traumática para superar al rival. En los orígenes del fútbol, la violencia formaba parte del juego, estaba adherida intrínsecamente a él, era una táctica aceptada y necesaria para ganar el partido.

Escocia vs Inglaterra 1878
Partido amistoso entre Escocia e Inglaterra, 1878.

Aunque no sea demasiado, en algunos aspectos la humanidad ha avanzado tímidamente en su consideración del debido respeto al rival, y en denostar la violencia anárquica y exaltada como medio plausible para cualquier fin. Al menos la historia del fútbol y otros deportes así lo demuestra. Bien es cierto que en el resto de asuntos, en los importantes, el avance no se puede comprobar de la misma manera. En cualquier caso, desde que unos ingleses reglamentaron este juego de pelota con los pies y su disfrute se extendió a las masas, se propició la asunción de un cierto orden y unos límites a la violencia intrínseca del juego. Se fue desarrollando así para favorecer su práctica entre los niños, y para que cada partido no terminara con jugadores lesionados. En el mundial de México de 1970 se implementó la utilización de las tarjetas de amonestación, antes de entonces el aviso o expulsión los trasmitía verbalmente el árbitro.

Toda esta historia se ha traducido en un imaginario colectivo del que cada aficionado guarda sus hitos fundamentales. Hay expulsiones justas e injustas que tenemos en nuestros corazones, y entradas que no acabaron en expulsión aunque lo merecían, casos que guardamos en nuestra memoria futbolística y que sirven para llevar una dosis de imaginación al recuerdo de un partido de fútbol, con la frase: “que hubiera pasado si…”. ¡Ay, ese doloroso condicional!

Algunos casos paradigmáticos de expulsiones y sanciones

Eduardo Corrales nos habló de la expulsión de Zidane en el mundial de 2006, su último momento futbolístico fue un cabezazo al pecho de un defensa con la mente bruta, la cadera dura y la lengua larga. En ese artículo está el relato y el significado de, quizás, la más famosa y paradigmática expulsión de todos los tiempos, la que concentra todos los motivos, la más contradictoria, la que fue justa e injusta. Pero aparte del bello cabezazo a Materazzi, hay una infinidad de memorables expulsiones, para bien y para mal.

Eric Cantona —otro no podía ser el primero—, el Rey. El cuello de la camisa alzado, la chulería inherente de quien confía en su talento sin un átomo de duda, y un propósito conseguido: llevar un aire de elegancia y calidad al duro fútbol inglés de los 90, pero sin dejar de ser lo que era, pasión y enfrentamiento. Mucho honor, en definitiva. Y un carácter indómito e irascible que en enero de 1995 le hizo volar en una patada ejemplar sobre un aficionado del Crystal Palace que no dejaba de insultarle desde su cómodo asiento en la grada. A eso se le llama romper la cuarta pared, y lo demás son tonterías. ¿Hizo mal? Pues oye, quién puede negar que el miserable tipejo de la grada no se merecía el susto… A Catoná le cayeron nueve meses de sanción sin pisar un terreno de juego. Fue un antes y un después, y dejó un debate abierto: la posibilidad de sacarle tarjeta roja a un aficionado…

Cantona, the King.

El mundo es un pañuelo y el campo de fútbol pues un pañuelo más pequeño. El día de la expulsión de Cantoná, en el medio del campo estaba Roy Keane, mediocentro duro, irlandés, sin complejos a fin de evitar, de la manera que fuera, que el equipo rival contraatacara. En 2001 le rompió la pierna al noruego Alf-Inge Haaland, la entrada fue escalofriante. Keane se fue a los vestuario expulsado, pero con la conciencia tranquila de quien cree haber hecho un buen trabajo. Haaland se tuvo que retirar del fútbol. Diferencias de clase y objetivos entre Cantona y Keane, ¿verdad?

Así eran los 90 en la Premier, elegantes y salvajes. Una de las figuras más destacadas de ese fútbol fue un tipo no especialmente dotado con el balón en los pies, Vinnie Jones, hoy actor fetiche del director de cine Guy Ritchie. El semblante de Jones cuando jugaba era el mismo que cuando hace de gangster para la gran pantalla. Un físico imponente, de bruto, en el que rodillas y codos eran una parte esencial a la hora de defender la propia portería. Fue uno de los jugadores más expulsados de la historia, curiosamente, Vinnie siempre se consideró injustamente sancionado. Juzguen ustedes, viendo alguna de las compilaciones de su “juego” que hay por internet. 

En España hemos tenido nuestras expulsiones míticas y nuestros jugadores que han pasado a la historia por su genio en el campo. Stoichkov, habilidoso y furibundo goleador del Barça, no tuvo reparos en mostrar su enfado pisando al árbitro Azpitarte durante una Supercopa. Aparte de uno de los jugadores más talentosos que han pasado por la Liga, ha sido también de los más viscerales provocadores de las últimas décadas. Con los árbitros era algo así como el McEnroe del fútbol, ¡nunca estaba de acuerdo con ninguna decisión arbitral! Les insultaba en perfecto búlgaro, perfecto español y perfecto catalán, y quién sabe si hasta en perfecto esperanto, eso sí, siempre con una sonrisa burlona. Cuando Stoichkov llegaba al Bernabéu el espectáculo estaba asegurado, ha sido el único jugador que le ha dado la vuelta a la tortilla, lanzando él botellas y mecheros a la grada del fondo sur, inconmensurable en este aspecto, deplorable en otros.

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Stoichkov, corderito degollado antes de pisar al árbitro. Foto: Mundo Deportivo.

Hablando del Bernabéu, si hay un jugador al que se recuerda con devoción en ese campo es a Juanito, rápido, una bala por la banda, todo entrega y determinación, y también fuerza bruta, demasiado bruta… Su expulsión después de amagar con matar a Matthäus de un pisotón en la cabeza y solo marcarle un poco los tacos, le valió ni ni más ni menos que cinco años fuera de competición europea. Una tarjeta que marcó el comienzo de su declive.

Otro emérito intenso es Andoni Goikoetxea, defensa central del Athletic, recordado por la entrada a Maradona en una fecha que muchos aficionados del Barça recuerdan como un cumpleaños familiar: el 24 de septiembre de 1983. El mejor jugador del mundo estuvo tres meses de baja, lo que no es para tanto; pero el pobre Andoni tenía mala fama, porque era especialmente certero con las estrellas de los grandes equipos, dos años antes había mandado también unos cuantos meses a la enfermería a Schuster.

En la época loca del fútbol, con la llegada de las televisiones de pago y el dinero para estrellas, el Atlético de Madrid fichó a Juninho —tres mil millones de pesetas—, jugador de regate, desequilibrio, buen golpeo a balón parado y último pase. Sus dotes y carrera se quebraron en una galopada a la que puso freno Michel Salgado, destrozando el tobillo del brasileño. Sigamos por Madrid…  Ufjalusi, carismático melenudo checo que hizo las delicias de los aficionados atléticos con sus esperpénticas y voluntariosas subidas por la banda cuando le tocaba de lateral derecho, tuvo la rara fortuna de conocer los quiebros, mareos y regates de Leonel Messi en primera persona. Tras una dura entrada del Tarzán del Calderón al Messias la situación cambió algo en el fútbol español: las estrellas iban a estar mejor protegidas arbitralmente que el resto de los jugadores, así quedó como norma no escrita. Ufjalusi no vio la roja por la entrada a Messi, pero, tras el acoso de la prensa, fue sancionado con dos partidos por un comité disciplinario. ¿Una justa injusticia?

Juanito
Juanito no puede comprender…

George Best, considerado el mejor jugador de las islas británicas de todos los tiempos, está sin duda en el top ten de la historia de los mejores futbolistas de siempre. Podía regatear a tres jugadores a la vez, y volver atrás para volver a regatearlos, tenía el don y el talento de los elegidos. Murió a la temprana edad de 59 años por culpa del alcohol. Un desastre en la vida, pero un genio en el campo. En la final de la Intercontinental, tras ganar la Copa de Europa con el Manchester United en 1978, en vez de dar un pase de precisión matemática a Bobby Charlton o un bonito regate desde la banda derecha, le dio por pelearse con Hugo Medina, jugador del Estudiantes, de Argentina. Best fue expulsado y el United perdió el torneo, pena que posiblemente ahogase en una taberna irlandesa de cualquier parte del mundo. 

En la tradición del genio Best ha habido grandes nombres del fútbol inglés, el de Paul Gascoigne es el que más se le parece en lo trágico, pero el más similar en la verborrea y la picardía fuera y dentro del campo es Robbie Fowler, una de esas estrellas del rock que metía goles en la Premier. Fowler era un canalla, mujeriego, borrachín, pendenciero, destrozaba de igual manera los hoteles donde iba que las porterías de los equipos rivales, sobre todo si eran las del Everton, el rival de la ciudad. No era el mejor jugador de los 90 en Inglaterra, pero sí el más carismático, y el más inteligente para saber dónde iba a caer el balón después de un rechace. Por supuesto, tuvo sus expulsiones y sanciones, pero no por zancadillas, codazos o agarrones, ni siquiera por insultos al árbitro… sino por celebrar los goles como bien le daba la gana. En un partido europeo celebró un tanto mostrando una camiseta a favor de los estibadores despedidos en su ciudad… la sanción: de 2000 libras; el gesto de solidaridad: no tiene precio. Respect. Pero su más sonada celebración fue, precisamente, en un encuentro contra el Everton —cuándo si no—. La rivalidad entre dos equipos de la misma ciudad da para muchos chistes, leyendas e insultos, una de estas fijaciones para los del Everton era la supuesta drogadicción de Fowler. Durante uno de los derbis no pararon de insultarle de esta manera, hasta que el ocurrente delantero de los Reds metió gol y lo festejó simulando que se esnifaba la linea del fondo donde estaban los hinchas del Everton. Lo curioso es que éstos no se sintieron molestos, era un pique entre rivales, y donde las dan, las toman, aceptaban con risas el saboreo de sus propias especias. Pero la federación inglesa no tenía el mismo sentido del humor, lo consideró un gesto inaceptable y un mal ejemplo; a Fowler le cayeron cuatro partidos de sanción. ¿Justo?

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Fowler, sancionado por esta camiseta de apoyo a los estibadores de Liverpool. Foto: Michael Powell-AllSports.

Antes de dejar por hoy este muy injusto compendio de memorables sancionados, volvemos a España, porque no se puede dejar de mencionar a uno de los jugadores más difíciles de comprender y rocosos de tratar de nuestra liga: Juan Eduardo Esnáider. Era capaz de gritarle al árbitro unos trescientos insultos por metro caminado, si había tenido el valor tan solo de pitarle una falta en contra. Era la pesadilla de los defensas, que no aguantaban su incansable lucha, su juego de espaldas y su rápida manera de definir, pero tampoco su incansable verborrea porteña, jugaba con la psicología de los rivales —y a menudo con la de los propios compañeros— y con la paciencia que tuvieran para aguantar su incorregible lenguaje. Fue amonestado por ello muchas veces. Era incontrolable e inestable. Al inicio de un partido contra el Celta de Vigo, le propinó un codazo a uno de los gallegos que le mandó al vestuario por roja directa; no era un partido cualquiera, sino el último de la liga, y su equipo jugándose el descenso. 

Fútbol es fútbol, si va dentro es gol, merecimos más pero no pudo ser, solo pensamos en el próximo partido… son algunos de los lugares comunes del deporte rey, verbigracia de jugadores y sabiduría popular o maestría de la ambigüedad, siempre infalibes recursos, o casi siempre, porque entre tantas frases hechas hay algunas que a veces se quedan fuera de juego, esas del “son once contra once” o “lo que pasa en el campo se queda en el campo”… porque a veces se juega (mejor o peor) con diez y menos aún, y porque, seamos sinceros, lo que pasa en el campo no se queda en el campo, sino en la memoria, y si se queda en el terreno de juego, lo hace esperando el partido de vuelta… Disfruten del fútbol y pórtense bien, no sean salvajes ni demasiado civilizados, puede ser mortal de aburrimiento. Y salgan de sus salones, como les diría un buen árbitro: ¡a la puta calle!

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