Wilko Johnson, de entre los muertos

Hay días que es mejor no levantarse. Días que no hubiese preferido no levantar la persiana y abrir la ventana. Uno de esos es el que el médico te dice que te queda un año de vida. El día que descubres que tienes un cáncer mortal, y que la perspectiva de la poca vida que te queda pasa por un sufrimiento ineludible. Cuando ese día llega, supongo que lo primero que te viene a la mente y a la boca —si eres una persona templada— es un “joder, menuda mierda”. Si de entre todas las personas templadas eres Wilko Johnson, supongo que el “joder” será un “fuck”, mirando con los ojos saltones de uno de los mejores guitarristas de la historia del rhythm&blues al doctor que le ha caído en suerte decirle a un tipo con tu cara de hombre peligroso que te queda un año de vida. 

wilko_Photograph- Will Ireland:Future Publishing:Rex FeaturesWilko Johnson / Foto: Will Ireland.

Wilko Johnson o seas quien seas, de regreso a casa después de la aciaga noticia, lo más probable es que te revistas de una sonrisa de lastima y complaciente contigo mismo, y de una botella de whisky, por si la sonrisa íntima no bastara. Te encierras en una habitación, bajas las persianas que te hubiera gustado no haber subido y piensas cómo decírselo a tus seres queridos, o qué canción podría hacerte olvidar, aunque fuera por un segundo, tan puta y amarga noticia. Piensas de nuevo eso de que hay días que mejor no levantarse, pero también que otros y para esos mismos días, lo mejor es no acostarse…

Decía el maestro Eduardo Galeano que todos somos mortales hasta la segunda copa y el primer beso, a partir de ahí, se entra en el terreno de la inmortalidad, los segundos no cuentan, tus achaques de salud no se perciben, los números rojos de tu cuenta bancaria te producen risas y no desasosiego; pero cuando tienes el aspecto de un hombre bruto, no precisamente el de galán de comedia romántica, y los besos que te mereces —pero no te dan— suman más que el importe que los griegos tienen que pagar a Alemania, te toca hacer otra cosa; y además, cuando eres músico y tienes un disco que es considerado el mejor álbum en directo que se ha grabado nunca, cuando has fundado una de las banda de culto del rock británico de los años setenta, como lo es Dr. Feelgood, y tienes blues y rock para dar, tomar y regalar a tus fans y a todos las personas que quieren escuchar buena música, llegas a la conclusión de que es mejor morir con las botas puestas y no estar tirado en la cama mirando culebrones y vomitando sangre, que no serás un Walter White traficando con metaanfetamina por el bien familiar, sino que te dedicarás a hacer saltar y gritar a la parroquia rockera, por todo el mundo, el tiempo que te quede en este maravilloso infierno.

Wilko, en una decisión que honra su coraje, decidió que no pasaría los últimos meses de su vida tratando de alargarla para seguir sufriendo, y se puso de inmediato a organizar su última gira mundial, y morir —casi literalmente— tocando música sobre el escenario, su talento y su pasión. Tenía cáncer de páncreas, el llamado cáncer silencioso. Pero él iba a hacer ruido del bueno para combatirlo.

Wilko Johnson at BingleyWilko Johnson, Bingley Music Live, 2013 / Foto: Andrew Benge/Redferns/Getty.

Quiso dejar un legado a sus fans, el recuerdo de su música; y quiso tocar para no pensar, dar vueltas con la guitarra por el escenario como alma endiablada antes que estar como alma en pena comprando el pan y el periódico hasta el juicio final. Giró por todo el mundo, y grabó un directo memorable con Roger Daltrey, de los Who, titulado Going back home. Tocar ante sus fans le daba fuerza, era un impulso vital, la mejor medicina para paliar la enfermedad. El disco lo grabó con la absoluta certeza de que era el último. Las fotos de la gira dejan constancia de un hombre de música pasándoselo a lo grande.

Los conciertos fueron celebrándose por todo el mundo, alguno en España, y la fuerza no decaía. Quizás hubo alguna tétrica y sórdida apuesta sobre dónde dispararía Wilko su última bala. Mientras tanto, aguantaba con la certeza de que antes o después su cuerpo iba a decir basta. Sin embargo ese instante parecía no llegar. En una entrevista llegó a admitir: “Como no me muera pronto, esto va a empezar a resultar embarazoso”. Pero más que embarazoso resultó insólito. Un día sonó el teléfono, era un número largo; ¿tal vez el hombre de la guadaña?, no; era del Hospital de Cambridge, para decirle que podía existir una esperanza de vencer al cáncer. 

En abril de 2014 le operaron de urgencia. Mientras estaba en la cama del hospital, su disco “póstumo” entraba en la lista de los más vendidos en el Reino Unido. Le extrajeron un tumor de tres kilos, y después de una jodida pero alegre convalecencia, Wilko pudo decirle al mundo que había vuelto de entre los muertos. ¡Estaba curado! El tipo de los ojos saltones y la guitarra más eléctrica del mundo seguramente morirá de viejo, como un rudo cascarrabias. Y de su año en un limbo consciente saldrán unos cuantos acordes de blues y rock de los preciosos bajos fondos del más allá.

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