Tres historias alrededor de ‘Aullido’, de Allen Ginsberg

Las grandes obras literarias son aquellas que no concitan toda la atención sobre sí mismas o sus autores, sino que invocan, rescatan, desvelan otras historias más allá de la suya. Aullido, de Allen Ginsberg, es uno de los títulos indiscutibles de la poesía de todos los tiempos. La fuerza del enorme poema de Ginsberg fue tal que golpeó a la sociedad estadounidense y la dejó noqueada. Un análisis estrictamente literario no es suficiente para comprender el significado del poema, ni en lo que concierne a la poesía contemporánea, ni en lo que supuso socialmente. Primero: hay que leerlo. No es necesario ser un experto ni un lector acostumbrado de poesía para que los largos versos de Aullido penetren en el interior del ser. Su celebérrimo primer verso es un paradigma de las perfectas aperturas literarias: “He visto las mejores mentes de mi generación destruidas por la locura, hambrientas histéricas desnudas”. Algo así llega a todo el mundo. Sin embargo, centrémonos en los efectos colaterales de la obra, en algunas de las historias que están en su identidad y que miden su importancia. Fijémonos en tres nombres propios: Carl Solomon, Lawrence Ferlinghetti y William Carlos Williams. Tres poetas. Tres hombres relacionados con Aullido, a los que Ginsberg convocó inconscientemente para edificar la estela fulgurante de un poema eterno.

Aullido_GinsbergBob Donlin, Neal Cassady, Allen Ginsberg, Robert LaVigne, y Lawrence Ferlinghetti, frente a la librería de este último, City Lights, en San Francisco, 1955 / Foto: Allen Ginsberg/Corbis.

Comencemos por Solomon. ¿Quién era este hombre, Carl Solomon? A él está dedicado el poema. La tercera parte del mismo está nominalmente dirigida a él, Ginsberg arranca con una anuncio individual que se reviste de declaración de intenciones al mundo: “¡Carl Solomon! Estoy contigo en Rockland”. Ginsberg está hablando del pasado, del año 1949, cuando, después de haberse visto involucrado en varios robos, acepta una especie de conmutación de la pena carcelaria a cambio de pasar una temporada en el psiquiátrico Greystone Park de New Jersey, en Rockland; mejor un hospital que la cárcel. En aquel lugar conoció a Carl Solomon, voluntariamente ingresado por numerosos desórdenes mentales, que sería inspirador no solo de unos versos, sino de una forma de comportarse. La historia de Solomon es la de la materia bruta de la poesía. Solomon era poeta sin escribir un solo verso. Acabó haciéndolo, después del enorme éxito de Aullido, cuando su nombre inmortalizado le permitía publicar cualquier cosa que quisiera. Es el doppelgänger de Ginsberg, el fantasma que camina a su lado, que le enseña el camino que el poeta se encargará de relatar. Aullido es un poema capaz de hacer nacer personas, o de renacerlas en vida, como hizo con el pobre trastornado Solomon, de hombre recluido en una sala de espera para dementes a icono beat.

La segunda de las historias que Aullido desvela, pero primero invocó y materializó, fue la de Lawrence Ferlinghetti, sin duda, el más dotado de todos los poetas de la llamada Generación Beat —de la que él siempre se excluyo—, junto al Mesías Ginsberg. Ferlinghetti fue —y es, aún está vivo y activo, a punto de cumplir los 100 años— más que un poeta, un hombre de poesía: autor, librero, editor y guía. Su nombre estará para siempre unido al de Allen Ginsberg y a Aullido, por ser su editor y, consecuentemente, llevado a tribunales acusado de publicar obscenidades. Pero esa historia no es la única ligada a Aullido, hay otra por encima, la de City Lights, la editorial. Su historia merece ser enmarcada con palabras exclusivamente conjugadas para ella. Ferlinghetti, que estuvo movilizado en la Segunda Guerra Mundial, llegó a Nagasaki unas siete semanas después de la bomba atómica; fue allí, en el andar por la ciudad fantasma donde tomó conciencia de que debía tomar conciencia, saber por qué estaba allí vestido de soldado. A su vuelta a los Estados Unidos, con la única certeza del profundo odio a la guerra, gestado en el silenció nuclear, decidió, junto a su amigo Peter Dean, comenzar a combatir… y abrieron una pequeña librería en San Francisco, en 1953. La llamaron City Lights y el plan era dedicarse a la edición en rústica. Una empresa quijotesca. El nombre se lo pusieron por la película de Chaplin; hoy lo más probable es que alguien les hubiese exigido un pago por derechos de autor, pero entonces lo que ocurrió fue que recibieron un telegrama del propio Charles Chaplin diciéndoles que no había ningún problema, que utilizasen el nombre. La historia de su desarrollo, hasta convertirse también en editorial —ambas, librería y editorial, permanecen funcionando en la actualidad— cuenta con capítulos y anécdotas encantadoras, como la de Chaplin, y otras más amargas en su momento, pero dulces en el recuerdo, como el juicio por Aullido. Es, precisamente, por el caso de este último, por el enorme terremoto que produjo el poema sísmico de Allen Ginsberg, que hoy la historia de City Lights es conocida y agradable de contar, y que existe un oasis de resistencia cultural progresista en el devastado paisaje norteamericano.

Por último, William Carlos Williams. Si algo tienen las grandes obras, es que inspiran a otros artistas. En torno a Williams encontramos uno de los tesoros estrictamente literarios que Aullido propició. El poeta, uno de los nombres eméritos de la poesía modernista estadounidense, ya viejo y en sus últimos años de vida cuando estalló el escándalo Aullido, supo atisbar con claridad dónde se había escrito poesía para pasar a la historia. Antes de morir, redactó un pequeño prólogo para la edición de Aullido; no necesitó más de quinientas palabras para dejar algunos de los párrafos y unas cuantas frases que se encuentran entre lo más excepcional de la literatura norteamericana del siglo pasado. Su prólogo al poema comienza dando a conocer: “Cuando él era más joven y yo era más joven, conocí a Allen Ginsberg…”, y continúa explicando por qué merecía ser reconocido como hoy lo es. Entre tanto, sentencias apabullantes: “Todo el mundo en esta vida es derrotado alguna vez, pero un hombre, si es un hombre, no es derrotado”. Para acabar despidiéndose y abriendo la puerta al poema con un: “Levántense las faldas del vestido, señoras, porque vamos a cruzar el Infierno”. 

Así es, señoras —y señores—, prepárense para escuchar el alarido de Ginsberg si no lo han hecho. Esperamos que estas historias sirvan como preliminares o como postre de nuevas degustaciones. Son los efectos colaterales de la buena poesía, el precioso paisaje que deja una explosión poética de gran tonelaje.

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