Spud Webb, el vuelo alto del bajito de la clase

Anthony Jerome Webb era conocido por su apodo y por su estatura: Spud, y 1’68 metros. Lo de Spud no tiene demasiado sentido, por lo visto, cuando era un bebe, su abuela se acostumbro a llamarle Sputnik, porque su cabeza le recordaba al famoso satélite ruso, entendemos que por tener una perfecta forma de bola. El caso es que de Sputnik quedó en Spud. Y de esta manera se conoció a uno de los jugadores emblemáticos de la edad de oro de la NBA, los años 80. Spud Webb, con menos de un metro setenta de altura, triunfó en la liga de los Magic, Jordan, Bird, Kareem, Wilkins y Manute Bol, el gigante sesenta y tres centímetros más alto que él. 

Spud_WebbSpud Webb, 1986.

Puede llamar la atención que los yanquis hayan dejado escapar hasta el momento la posibilidad de dramatizar una historia de superación tan de su gusto como la de Spud Webb. El niño y joven bajito que lucha contra viento y marea para triunfar en el deporte de los tipos altos, y lo consigue. La explicación puede estar en que el clímax de su historia tuvo lugar al inicio de su entrada en la NBA. En su primer año en la liga se coló en el concurso de mates… y ganó. Era 1986. Aquella edición fue, sin duda, la más famosa que haya habido hasta el momento. Spud Webb, quedó, para bien y para mal, eclipsado en adelante por dicha gesta, aunque estuvo activo en la NBA hasta 1997, dejando actuaciones memorables con la camiseta de los Hawks y la de los Kings.

Pero la historia está en febrero de 1986, es así, en el concurso de mates que ganó el jugador más bajo de la NBA. El año anterior, la competición había estado entre dos monstruos del aro y el tablero, Dominique Wilkins y Michael Jordan, en favor del de Atlanta. Para el 86, no iba a existir revancha, porque “Air” Jordan estaba lesionado. Quizás Dominique se relajó ante la presumible falta de adversario. ¿Cómo iba a imaginar que el base de 1’68 recién llegado a su propio equipo iba a dejarle en evidencia? La victoria de Spud Webb en el concurso de mates del 86 pasó a la historia por lo imprevisto y por justicia. El pequeño Webb no tuvo ningún trato de favor, realmente sus mates fueron los más espectaculares, por originalidad y por demostración de condiciones físicas. Ante la potencia visceral y un tanto infantil del resto de grandotes matadores del aro, Spud voló con una elegancia nunca vista. Se suspendía más de un metro de altura con tal gracilidad y control de todos sus movimientos que sus vuelos maravillaron por su plasticidad. No le hacía falta dejar temblando la canasta. Tomaba el balón, lo botaba y se acercaba con pasos veloces a cámara lenta, despegaba y daba una vuelta entera, de 360 grados sobre sí mismo, para machacar el aro con sigilo. Y aterrizaba, sin aspavientos, casi con vergüenza de estar levantando de sus butacas a un estadio entero, de estar provocando todo ese revuelo. Se le escapaba una sonrisa tímida, casi por compromiso. Y se sentaba a esperar su próximo turno.

Llegó a la final del concurso con su compañero Wilkins, a quien se le notaba completamente desubicado, más concentrado en guardar las formas dentro del show ante el espectáculo de su derrota contra el “bajito” Webb. Wilkins consiguió buenas puntuaciones, incluidos varios 50, a fin de cuentas, estaba haciendo lo mismo que le había servido para vencer a Jordan el año anterior. Pero ni por esas, porque Spud estaba venciendo también por inteligencia táctica. El base se había guardado lo mejor para el final, de esta manera, con la misma tranquilidad, sentenció el concurso con un mate en el que lanzó el balón previo bote en el suelo contra el tablero, para acabar recogiéndolo a una sola mano y perforando el aro suavemente. No había más que hacer. Michael Jordan, en la grada, se echaba las manos a la cabeza. A  Wilkins le quedaba un turno, pero su imponente mate de forzudo valió 48 puntos, dos menos que el perfecto 50 de Webb. 

El concurso de mates, que la NBA incorporó tal y como se conoce a partir de 1984, nunca fue uno de mis pasatiempos favoritos. Se trataba, y se trata, de la parte más circense de la mejor liga del mundo, que ya de por sí tiene más de espectáculo que de deporte. Pero el concurso del 86, sobre todo visto por el espejo retrovisor de los años, seduce por su sencillez y el carisma de un hecho tan extraordinario como el que se produjo en él. Con los años, el concurso de mates me ha seguido pareciendo terriblemente aburrido. Pero el del triunfo de Spud Webb cada vez más entretenido. No voy a menospreciar la plasticidad de algunos vuelos, como los de Jordan en el 87 y el 88, y algún que otro malabarismo, pero la norma general ha sido la de ver un año tras otro generaciones de baloncestistas cada vez más musculados saltando por encima de otros tíos, machacando el aro como si le pegaran un mazazo a una atracción de feria, o haciendo payasadas con, generalmente, poca gracia y originalidad. Tal vez el punto más bajo del concurso de mates de la NBA fue en 2011, cuando Blake Griffin pegó un salto sobre el capó de un deportivo y le valió para ganar. Fue el triunfo de la mediocridad. No obstante, este 2015, hubo un motivo de alegria, curiosamente, protagonizado por otro rookie que iba a ganar el concurso en su año de estreno, igual que hiciera Spud Webb treinta años antes. El joven Zach Lavine sorprendió a propios y extraños con algunos de los movimientos más difíciles y plásticos que se habían visto en mucho tiempo, quizás los mejores mates en la historia del show, devolviendo a la senda del éxito al estilo de los años 80, cuando lo más valorado era la destreza y la originalidad estrictamente deportiva, y no la ocurrencia de cara a la galería televisiva.

Sería bonito volver a ver algún año a un “bajito” volando como lo hizo Spud Webb, con la modestia de los verdaderos campeones.

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