Las palabras de amor de un caníbal

¿Cómo empezar? El que escribe no suele dejar pasar la oportunidad de abrir su obra con un golpe de efecto, sobre todo cuando se ocupa de contar la historia de una persona real. El escritor está al acecho del suceso más simbólico o truculento en la biografía del retratado, para lanzar ese gancho de apertura que embauque la curiosidad del lector. Hay veces que no es posible, que no se encuentra nada lo suficiente potente para producir ese chispazo un tanto tramposo. Otra veces, sin embargo, son tantas las opciones que el escritor tiene para presentar a un personaje de una manera rutilante, son tantas y tan desproporcionadamente increíbles las historias que componen la vida de una sola persona, que el abrumado escritor se paraliza. Esto es lo que ocurre, lo que me ocurre a mí, con un tipo nacido con el nombre de Jalacy Hawkins, en Cleveland, allá por 1929, posteriormente conocido como Screamin’ Jay Hawkins, bluesman.

jay-screaminScreamin’ Jay Hawkins.

Se me ocurren dos formas de presentar al, probablemente, más inclasificable de los músicos del pasado siglo. Puedo optar por unas pocas frases de corte enciclopédico, algo así como: Screamin’ Jay Hawkins fue un músico de blues creador de una de las canciones más versionadas de la historia, el I Put a Spell On You, recordado por su particular estilo escénico, macabro, bizarro, surrealista, hilarante. La segunda manera de presentar a Screamin’ es a su estilo, desatando un torrente de palabras desmedidas que enumeren en un solo párrafo todas sus hazañas y desventuras, la infinidad de anécdotas, triunfos y sucesos que valdrían para comenzar a contar la historia de su vida captando la atención de una mente mínimamente curiosa. Pues bien, allá vamos. Cuidado con el siguiente párrafo, todo lo que lean lo propició o le ocurrió realmente a este hombre. Pueden quedar abrumados. C´mon!

Días antes de su nacimiento Jay comienza a percibir emociones fuertes, más bien golpes, porque su madre recibe una brutal paliza y alguien la manda en autobús de Washington a Cleveland. Él nace y su madre le deja en un orfanato. Le adopta una familia de la tribu Blackfoot. Aprende las costumbres indias y formación musical de conservatorio, hasta los 14, cuando falsifica su documentación para alistarse en la Marina e ir a la guerra, la Guerra Mundial. Acaba de prisionero de guerra año y medio en el Pacífico, tras lanzarse en paracaídas sobre líneas enemigas. Aprende a tocar el saxo en el frente. A su vuelta se convierte en campeón de boxeo de los pesos medios de Alaska. Entre tanto, su sueño es dedicarse a la ópera, su poderosa voz de barítono le permite considerar que su deseo no es descabellado. Finalmente entra en una banda de jazz. Tiene 24 años y graba su primer tema propio, pero nunca se escuchará, porque le atiza un puñetazo al dueño de Atlantic, la discográfica para la que lo había registrado. Con 26 años compone una balada para una novia que le deja en la estacada, la llama I Put a Spell On You. La canción jamás volverá a ser una balada al uso —hasta que la cante Nina Simone—, porque una noche del 55, después de emborracharse hasta los límites del coma etílico, Screamin’ y amigos graban una versión que no se puede explicar con palabras, de una intensidad tragicómicamente lírica y demencial. Hay que escucharla. Háganlo, ahora, aquí. Ha nacido Screamin’. En adelante comienza sus conciertos y actuaciones saliendo de un ataúd. Entre humo. Echando chispas, prendiendo fuegos artificiales. En ocasiones los juegos pirotécnicos producen accidentes, y heridos, a una mujer le queman la cara, a él mismo le mandan al hospital con quemaduras de segundo grado y ceguera temporal. Se casa. Tiene tres hijos. Luego tendrá —según sus cálculos a la baja— cincuenta y cuatro más. A su muerte se calcula que podría haber setenta y cinco vástagos suyos. Su primera esposa le apuñala con un cuchillo de veintidós centímetros que le atraviesa el pulmón. Las casas de ataúdes se niegan a venderle sus productos. Las emisoras prohiben su música por considerarla incitadora del canibalismo. Se chupa dos años de cárcel por tener relaciones íntimas con una menor. En pleno concierto con los Drifters no puede salir del ataúd y entra en pánico, cuando al fin lo consigue corre por el escenario pegando a todos y cada uno de los miembros de la famosa banda. Compone un blues al dolor y al placer de cagar. Toca en la tele francesa con un Serge Gainsbourg borracho perdido. Telonea a los Rolling en el Madison Square Garden. Se deja ver en algunas pelis, como Mistery Train, de Jarmusch. A los 69 se casa con una camerunesa de 29. A los 70 muere en Neuilly-sur-Seine, un suburbio de París. I Put a Spell On You es una de las 500 canciones que el Salón de la Fama del Rock considera esenciales en la conformación del Rock & Roll, una de las 500 grandes canciones de todos los tiempos según la revista Rolling Stones. Después de su muerte hubo una web para encontrar a todos sus hijos, ya no está operativa.

jay-hawkinsScreamin’ hacia el final de su carrera.

Pues bien, ladies and gentlemen… descansen. Este torbellino es Screamin’ Jay Hawkins, un puto genio loco de la cabeza a los pies, que cantaba blues como unos pocos elegidos, y que no se parecía ni por asomo a absolutamente nadie. Es complicado, como entenderán, trazar un texto breve sobre este pájaro, más bien es imposible sin ser injusto, a no ser que se reconozca que solo sirve como mínimo aperitivo, como pista para tirar de la manta y descubrir a un monstruo de la música del pasado siglo. Todo en Screamin’ estaba desfasado, pero su apabullante y estrafalaria identidad, la impronta del personaje Screamin’, mató la posibilidad de hacer justicia a su valor artístico con la seriedad que merece. Lo justo sería recordar a Jay Hawkins como mucho más que un bluesman que simulaba pedorreos como estribillos y que cantaba con un hueso anudado con unos pelillos del bigote bajo la nariz. No fue solo un showman inigualable y original, sino un verdadero adelantado, un vanguardista, de la música popular del siglo veinte. Habría que poner en valor su voz impecable y no solo sus gritos arrebatadores. La fuerza de las raíces de la música africana culebreando entre el blues y los cantos de los nativos norteamericanos. 

A finales de los años 80 comentaba que se empezaba a sentir viejo, y que era hora de pensar un poco en él, en disfrutar la vida tranquilamente. Su sueño, contaba en una entrevista en 1989, era ser dueño de un club nocturno, un local con motel y restaurante, donde se pudiera cocinar toda la noche, porque a él le encantaba cocinar; contaba que en su local nunca dejaría de sonar música, de los años 40 y 50 únicamente, con la que había aprendido todo lo que tenía que saber. Screamin’ Jay Hawkins no llegó a cumplir ese sueño, porque alargó un poco más el de llevar el blues del diablo, del vudú, de los caníbales, de los hombres locos y de los hechizados a todas partes del mundo. Ojalá alguno de esos vástagos desperdigados por el planeta haya hecho realidad su sueño de un club nocturno donde comer, bailar, dormir, volver a comer, hacer el amor, y beber y volver a follar hasta que el sol se ponga o se alce de nuevo. ¿Quién sabe? Y si ningun descendiente ha seguido su camino, no importa, qué mas da no llevar la sangre del brujo, lo que importa es portar su espíritu. Ese portador puede ser usted. Sólo comience por dejarse hechizar.

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