P’tit Quinquin, la serie más extraña que puedan ver

No verán nada tan extraño dentro de la industria audiovisual como P’tit Quinquin, miniserie con la que el atribulado cineasta Bruno Dumont debuta en el formato televisivo. Durante y después de sus cuatro capítulos, algo menos de tres horas y media en total, explota un tótum revolútum de géneros y tonos fenomenalmente dispares. La mezcla puede resultar fatídica, dependerá del estado mental del espectador salir más o menos indemne de ella. Es una mezcla de policiaco a lo Lynch, naturalismo poético a lo Vigo, comedia muda a lo Chaplin, humor absurdo y surrealismo. En definitiva, no se puede quedar indiferente ante P’tit Quinquin.

quinquin_niñosLos niños protagonistas, en el centro Quinquin / Foto: 3B.

La serie tiene todos los factores para convertirse —como está ocurriendo de inmediato— en una obra de culto. Tiene la valentía de subvertir la importancia de todos los elementos que montan una historia. En primer lugar, la trama criminal es lo de menos. En segundo lugar, los personajes descansan entre el misterio y el absurdo sin reclamar atención para sí. Y en tercer lugar, lo que más parece importar es la atmósfera, adquiriendo personalidad propia, convirtiéndose en la principal sospechosa de todo lo ocurrido, como si los horribles crímenes y los estrafalarios comportamientos de los protagonistas estuvieran generados por un tóxico que impregna todos los rincones de un lugar improbable pero real.

Es la historia, por tanto, de un lugar que es símbolo de un estado del alma profundamente malsano. El lugar es un pueblecito de La Picardía, al norte de Francia, desde donde se ven las cercanas costas inglesas. En dicho lugar manda un niño llamado Quinquin, hasta que llega un extraño al lugar, el comandante de la policía Van der Weyden. Quiquin es un niño cabrón, un pequeño salvaje que apunta a psicópata matando las horas del verano entre petardos y abrazos íntimos con su vecina y amor Eva. La aparición del cadáver de un vaca en un abandonado búnker de la guerra, con restos humanos dentro del rumiante, propicia la aparición de la pareja de gendarmes más absurda y delirante vista en mucho tiempo, Van der Weyden y su ayudante Rudy Carpentier. En adelante todo lo que ocurre adquiere la impronta de un sueño angustioso.

P’tit Quinquin es una de las experiencias más complejas a las que se pueda exponer un espectador televisivo. No hay catarsis alguna. El tono cómico de muchas de sus secuencias no invoca la carcajada —a no ser que sea nerviosa—, sino una sonrisa extrañada, de asombro; la larga secuencia del funeral en el primer episodio fuerza hasta hacerlos saltar por los aires todos los engranajes del ritmo, el tono y la trama de la historia, haciendo que el espectador desista de seguir con ella o que comprenda que se va a enfrentar a un cuento sin principio ni fin, sin moraleja ni buenos ni malos, que va conocer una serie de hechos narrados como si salieran de la nada, contados por nadie, y sin posibilidad de armarlos para construir un sentido convencional al conjunto. 

Es una obra tierna y filosófica, un baño en aguas termales que de repente se hielan, un gag hilarante inmediatamente seguido de un suceso trágico mostrado con un realismo hiriente. Después de ver P’tit Quinquin pasan unas horas antes de decidir si aceptamos lo visto como una muestra valentísima que dinamita todos los esquemas narrativos y dirigida a incomodar, o si nos sentimos heridos por ella y víctimas airadas de un confuso universo en el que no acertamos a dirimir si es un soplo de aire doloroso pero oxigenante, o un gas extraño imposible de asumir en la abotergada atmósfera de los relatos, ficticios o reales, que raptan nuestra atención.

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