Picasso (II): lo que había bajo el azul

Autorretrato, 1901. Pablo Picasso.

El mejor amigo de juventud de Pablo Picasso fue el pintor Carlos Casagemas, juntos partieron hacia París cuando a un Picasso de 19 años le aceptaron un cuadro en la Exposición Universal de 1900, juntos se emborracharon en los cabarets, juntos pintaron, pasaron hambre, se buscaron la vida. Y separados la perdieron, al menos uno de ellos, Carlos, que se suicidó de un disparo en la cabeza en un concurrido café parisino, en febrero de 1901, mientras Picasso estaba en Madrid, con otros planes. 

La violenta muerte del joven pintor Carlos Casagemas y su amistad con Picasso lo convirtió en uno de los personajes trágicos de la mitología artística contemporánea. Enajenado, Casagemas había pasado la navidad con Picasso, pero había vuelto a París obsesionado con una mujer que no correspondía sus sentimientos de amor, una bailarina del Moulin Rouge conocida como Germaine Gargallo, que había entablado amistad con el círculo de jóvenes pintores españoles. Casagemas, en un acto deleznable, disparó sobre ella en el Café Hippodrome, el 17 de febrero de 1901. Por suerte, erró el disparo sobre la joven. No así el segundo de ellos, sobre sí mismo.

La noticia cayó como una bomba en el interior del barbilampiño Picasso. Si la historia de Casagemas adquirió la naturaleza de mito entre las incontables historias del arte universal, en lo que se refiere a la leyenda picassiana resulta un capítulo inicial e imprescindible. El suceso propició que Picasso, con poco más de 20 años comenzara a producir sus primeras obras maestras inmortales. Unos meses después del suicidio del amigo, para el otoño de 1901, el pintor comenzó una serie de cuadros de temática y estilo muy particular, definidos por la hegemonía del color azul y con una honda carga de melancolía y pesimismo existencialista. El conocido “Período Azul”. Pero antes hubo algo, un tránsito por el infierno, una experiencia que nunca se sabrá cuánto tuvo de forzada autodestrucción o de despreocupado abandono: Picasso regresó a París y se dedicó a buscar el fantasma de su amigo muerto, casi usurpando su identidad.

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Evocación. Entierro de Casagemas, 1901, Musée d’Art Moderne, París. Pablo Picasso.

En la primavera, Picasso se instaló en el mismo estudio parisino que ocupó su compañero. En el verano, inició un romance que durará toda la estación estival, con Germaine, el imposible amor de Casagemas. ¿Hay una búsqueda consciente de los sentimientos del amigo desaparecido o es solo una debilidad morbosa? En otoño, Casagemas aparece en sus cuadros, rodeado de un azul que hiela un mundo penoso. Evocación. El entierro de Casagemas es la obra que inaugura el período, en la que su amigo es llorado en la tierra y esperado felizmente no por ángeles sino por los pobladores de la bohemia y el lupanar en las alturas celestiales.

Las obras del Periodo Azul son hijas de Barcelona, donde Picasso reside la mayor parte de los tres años que continúa pintando bajo esos parámetros. No se mudará definitivamente a París hasta 1904. Solo durante tres meses, a finales de 1902, residió en la capital francesa, condicionado por las carencias económicas. El período lo abre el apóstol laico Casagemas, pero lo pueblan las gentes del trabajo y la miseria. La decadencia de estos cuadros es social, pero no dentro de un uso y discurso político evidente. La miseria social que Picasso retrata está exenta de un contexto, mirada de manera individual, como un designio inevitable del ser humano, no sólo pobre, sino pobre y solo. Son obras sobre el dolor de la espera, el aislamiento, la negación de futuro. Profundamente pesimistas. Un reducido conjunto de temas con todas las variaciones posibles. Pobres y trabajadores, figuras sentadas, la oscuridad de las tabernas, cuerpos cabizbajos, posturas acuclilladas, alargados brazos que abrazan retraídamente su propio cuerpo, manos lánguidas sobre las que se apoya una cabeza cansada.

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La vida, 1903, Cleveland Museum. Pablo Picasso.

La cumbre del Período Azul y la que cierra simbólicamente la etapa es La vida, uno de los trabajos más intrigantes del arte moderno. Su planteamiento narrativo coincide con el de obras de grandes dimensiones de cariz filosófico, como ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Adónde vamos?, de Gauguin. Picasso, sobre una tela de casi dos metros de altura, sitúa una pareja joven a la izquierda, desnuda la mujer, en harapos el hombre; a la derecha, equilibrando la composición, una madre vestida con un bebé en brazos; todos ellos mirando a ningún lugar, necesitados y abrazados entre sí, pero solos; y entre medias de ambas partes, las representaciones de cuadros con figuras acuclilladas, dolientes y atemorizadas, como queriendo regresar al útero materno. El espacio donde Picasso coloca a tales figuras está prácticamente indeterminado, se supone el estudio del pintor, y la perspectiva la suya en el momento del trabajo artístico, pero apenas hay nada más, como si la obra no estuviera acabada en esta parte, o no pretendiera estarlo, el propio suelo aparece como una superficie confusa e insegura.

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Radiografía de La vida.
Boceto a lápiz de Últimos momentos, 1899-1900, Museo Picasso, Barcelona. Pablo Picasso.

Con todo, en un primer momento, el elemento más llamativo y acongojante del cuadro fueron los rostros de la joven pareja: el de Germaine y el de Carlos Casagemas. De esta manera, la etapa que se había abierto con el protagonismo del amigo perdido, se cerraba también con su presencia de mártir. Sin embargo, aún habría más historia que revelar bajo la obra maestra del Período Azul.

Ocurriría con Picasso ya fallecido, cuando se efectuó el estudio radiográfico del cuadro, y se descubrió que la tela había sido reutilizada para pintar la obra maestra que hoy se conserva. La primera sorpresa fue descubrir que el rostro de Casagemas no había sido la primera opción para poner rasgos a la figura masculina, sino que Picasso había pintado un autorretrato. El malagueño le puso sus rasgos, pero después practicó una cirugía sobre su propio rostro, convirtiéndolo en el de su añorado amigo. La segunda sorpresa, si cabe mayor, vino a resolver uno de los misterios que durante todo el siglo había acompañado la carrera del pintor, el de la desaparición de la primera obra que Picasso había expuesto en la Exposición Universal de París de 1900, titulada Últimos momentos. Era la obra por la que había viajado a París por primera vez con Casagemas, el motivo por el que los dos amigos partieron en su viaje iniciático. Últimos momentos era, en cierta manera, un símbolo de su amistad. Con los años, la obra fue dada por desaparecida, y Picasso nunca aclaró qué pasó con ella. La radiografía de La vida descubrió que bajo su pintura había estado antes el cuadro expuesto en la Exposición Universal de 1900. El hallazgo resolvía para el mundo un misterio, y dejaba para la posteridad un mundo azul sobre el arrepentimiento, la culpa y el recuerdo de la amistad con Casagemas del primer Picasso. Lo que se escondía bajo el azul era todo memoria.

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