Pero era un hombre, era un minero… (en memoria de Roberto Calviño)

Un hombre se pasa el día sepultado bajo toneladas de carbón y roca, encerrado en la cabina de un camión —se cree—, dentro de una mina. Fuera, un equipo de salvamento compuesto por un infinito puñado de personas desaloja a destajo toda la materia del derrabe, en una carrera contrarreloj por sacar al hombre de su profundo enterramiento, no se sabe si en vida o muerto. El accidente ocurre a las doce y media de la mañana, transcurre todo el día sin saber si Roberto, que así se llama el minero encerrado, sigue con vida. A las doce y media de la noche aún no se ha conseguido llegar al camión sepultado. A lo largo del día todo un país se mantiene en vilo con cualquier otra cosa, porque de Roberto no se dice nada en la tele, ni en la radio, ni apenas más allá de algún periódico provincial.

Si fuera un gatito que se coló por una grieta con forma de relámpago en un edificio de la ciudad, habríamos seguido en directo el rescate, sería tendencia en las redes sociales, millones de personas se habrían acostado, o ni tan siquiera, con el corazón en un puño, pendientes de si el gatito saldría con vida. Pero es un hombre. Pero es un minero. No es un pobre gatito. No es tampoco otro ser humano en apuros, víctima de cualquier desgracia sin nada o con poco que ver con el mundo del trabajo. No. Es un obrero. Y los obreros, en el tajo, mueren en silencio.

El suceso es real. Y está ocurriendo, o lo estaba, porque al amanecer se ha constatado que todo es tarde, que el minero Roberto Calviño, de 42 años, está muerto.

Roberto trabajaba en la mina de Cerredo, en Asturias, al límite con León, en el concejo de Degaña. A las doce y media de la mañana del miércoles 15 de julio de 2015 un enorme desprendimiento de la bóveda del túnel de la mina —presumiblemente la zona más segura de la explotación— cae sobre el camión que conducía. La actividad se paraliza de inmediato. En un primer momento parece que la cabina ha resistido el impacto, porque se dice que Roberto ha hecho una llamada de teléfono justo después del derrumbe; pero la llamada se cortó, no se sabe el motivo, lo más probable es que el móvil se quedara sin cobertura. Después de eso, un día en entero en el que toda la familia minera, que es una familia de múltiples sangres, se pone en guardia y comienzan a destajo las labores de desescombro. Pasan las horas. Cae la noche. Y aún no se llega al punto donde está el camión, con Roberto dentro.

Una comarca entera está pendiente, pero más allá nada se sabe. La noticia está en las alturas de los montes de León y Asturias, y solo salta y llega a otras partes de España a través de amigos y conocidos, poco a poco, sin romper ese muro de silencio que un solo minuto de televisión derribaría sin problema. Roberto no existe, no interesa siquiera explotarlo en el espectáculo del morbo, como hicieron con los mineros chilenos que se pasaron treinta y tres días encerrados en 2010. Se está dando una carrera frenética contra el reloj por salvar a un hombre y nada se sabe por los grandes medios. ¿Por qué?

Si Roberto hubiera sido rescatado con vida, entonces sí, habrían mandado algunas cámaras a celebrar su milagrosa salvación, con políticos colgándose la medalla. Pero Roberto se quedó sin tiempo. Tendrán que esclarecerse los motivos del derrumbe y la forma en que murió. No se hablará de los responsables y pasará a ser una noticia estadística. Porque en este país, como en la mayoría, los obreros no existen, aunque existan. Y existen menos si son de una raza como la de los mineros, con conciencia, que resisten, que luchan, que están unidos y orgullosos de ser lo que son. En este país no existen los obreros, y existen menos los que dejan de existir, los que mueren cada día en el puesto de trabajo, los que se dejan la vida en un accidente que es lo menos accidental del mundo —más de medio millar de muertes al año, en 2014 fueron 565—.

No se dice nada de ellos. Y se dirá menos aún de Roberto, que había sido uno de los mineros en huelga hace menos de un año contra el Expediente de Regulación de Empleo de la mina a cielo abierto de Coto Minero Cantábrico, que había luchado y había conseguido, junto a sus compañeros, que se les readmitiera en la mina de Cerredo. Y porque en 2003, su hermano, también minero, moría igualmente en el puesto de trabajo, en la mina de Lumajo. Son los privilegios de pertenecer a la clase obrera minera.

Que se escuchen los acordes del Santa Bárbara Bendita desde las minas, que se escuchen en toda España, por los obreros muertos y por los vivos, para dar fe de que existen, aunque no se los mencione, que la clase obrera ni ha desaparecido ni desaparecerá nunca, porque si lo hiciera, el mundo se detendría y tocaría el fin. Que el estruendo de las minas de Asturias y León retumbe con la fuerza de una clase que no se deja doblegar, de unos hombres y mujeres, los del carbón, cuya dignidad no se derrumba o será enterrada ni bajo todas las toneladas de silencio del mundo.

Que la tierra te sea leve, Roberto.

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