No mires atrás: Dylan en Newport 1965

¿Qué le sucedió a Bob Dylan aquella noche del 25 de julio de 1965 en el Festival Folk de Newport en que se transformó para siempre ante los ojos atónitos del público asistente? ¿Dónde quedó el cantautor de la guitarra acústica y la armónica comprometido con las causas de la paz y de la defensa de los derechos civiles, que se había erigido en el estandarte de la generación que estaba transformando por fin la vieja América belicosa, conservadora y racista? ¿Quién era ese tipo enfundado en cuero que, empuñando una Fender Stratocaster y secundado por una potente banda de rock, atronaba desde el escenario desplegando canciones plenas de poesía visionaria?

Aquel joven que no había cumplido los veinticinco años era el verdadero Dylan, el hombre que sólo es fiel a sí mismo y que, cincuenta años después del episodio de Newport, ha vuelto a tocar en España subrayando una vez más que toda su vida ha hecho lo que le ha dado la real gana, libre de las ataduras del público, de las modas y de las ventas. Y, o bien el cantautor adalid de las causas justas era un impostor, o bien sus seguidores no le entendieron en absoluto.

Dylan at the Newport Folk Festival in Newport, Rhode Island in 1963. © Rowland Scherman, 1963Bob Dylan, Newport Folk Festival, 1963 / Foto: Rowland Scherman.

Pero comencemos a describir los hechos. En 1961 llega a Nueva York un chavalín nacido en Duluth, Minnesota, un lugar mediocre y aburrido perdido en el Medio Oeste de los Estados Unidos, que estaba dispuesto a comerse el mundo. Pronto engancha con la gente adecuada del ambiente bohemio de la ciudad, que le apoya y aúpa como un nuevo valor de la canción folk protesta, en boga en aquel momento, y en concreto consigue como hada madrina a la reina indiscutible del Greenwich Village, Joan Baez. Joan ya era una estrella en el campo de las canciones contestatarias y las guitarras de palo y se ocupa de introducirle adecuadamente entre los feligreses, consiguiendo también para el novato Bob las bendiciones de los grandes popes del progresismo norteamericano: Woody Guthrie, ya en ese momento enfermo terminal, y su camarilla, Pete Seeger, Cisco Houston y Jack Elliot. Se gana igualmente la admiración de la joven generación de cantautores, como Tom Paxton o Phil Ochs, que en gran medida le encumbran como referente y líder.

Todo comienza a acelerarse y Bob Dylan, que muestra una habilidad sobresaliente como compositor de canciones y que es francamente solvente a la guitarra, entra en estudio a grabar discos. Tras el primer álbum homónimo, mayormente compuesto de versiones de temas tradicionales (solamente lleva dos composiciones originales), lanza en 1962 el disco que definitivamente le proyecta al gran público, The Freewhelin’, y que contiene el mayor éxito de toda su carrera, Blowing In The Wind.  

Joan Baez, profunda admiradora suya y de sus canciones, le llevó de la mano al Festival de Folk de Newport de 1963. Se trataba de un evento creado en 1959 que albergaba las principales tendencias de la música tradicional norteamericana y de sus más recientes vertientes. Desde su concepción estaba profundamente politizado pues sus principales inspiradores, gente de los movimientos izquierdistas de los años 30 y 40 como Pete Seeger, Alan Lomax o Theodore Bikel, concebían la música popular como una herramienta de la gente humilde para defender sus derechos y luchar por crear una sociedad más igualitaria. Las canciones que interpreta Dylan esa noche logran una gran acogida por parte del público: las antibelicistas Talkin’ World War III Blues y With God On Our Side (interpretada a dúo con Baez), Only A Pawn In Their Game y una versión de Blowing In The Wind que cantó acompañado en el escenario por Peter, Paul and Mary, Pete Seeger y The Freedom Singers.

Dylan_Peter, Paul and Mary, Joan Baez, Bob Dylan, the Freedom Singers, Pete Seeger, and Theodore Bikel photographed on July 26, 1963, by John Byrne CookePeter, Paul y Mary, Joan Baez, Bob Dylan, the Freedom Singers, Pete Seeger, and Theodore Bikel, Newport 1963 / Foto: John Byrne Cooke.

Su aparición en la edición del festival de 1964 ya comienza a marcar una distancia respecto al músico comprometido que intervino en la edición precedente. Para empezar, el disco que lanzó aquel año, Another Side of Bob Dylan, suponía una evolución, sutil como la precisión de un mecanismo de relojería, hacia algo distinto de su comprometida obra precedente, The Times They Are a-Changin’; se antojaba algo menos comprometido socialmente y más poético y personal. Por otro lado, a Newport no llegó como “amigo de” o “invitado de”, sino como una estrella con nombre propio que literalmente barrió con su fuerza al resto del elenco folk. Su monumental interpretación de Chimes Of Freedom, con la que finalizó la actuación, arrancó un rugido entusiasta sostenido del público que hizo difícil para el maestro de ceremonias, Peter Yarrow (el de Peter, Paul and Mary), presentar al resto de los grandes nombres de la noche, Odetta y Dave Van Ronk.

Pero el apocalipsis se desató en Newport 65. Y si el elenco guardián de los valores del folk patrio norteamericano hubiera estado atento a las evoluciones discográficas del de Minnesota, la sorpresa no hubiera sido tan mayúscula. Para empezar, el arriba citado Another Side of Bob Dylan presentaba a un trovador cada vez menos interesado por los problemas que aquejan al mundo y a los desfavorecidos, y más centrado en sus propias inquietudes religiosas, filosóficas y mentales, sobre una base poética de imágenes cada vez más calidoscópicas y surrealistas. Y si en Another side… cambiaban los contenidos, en el sucesor, Bringing It All Back Home, introducía el lenguaje del rock eléctrico en varios de los temas del disco para expresar sus delirios y obsesiones. Ya nada quedaba en él de su papel de icono de la izquierda bienpensante estadounidense.

Y llegamos a los hechos que anunciábamos algo más arriba: el Festival de Newport de 1965. “La escena de la música folk era como un paraíso que tuve que abandonar, como Adán tuvo que abandonar el jardín. Era simplemente demasiado perfecto”, afirma Dylan en el primer volumen de Chronicles, su autobiografía. Aquella noche del 25 de julio de 1965 se subió al escenario de Newport con una chupa negra de rocker, una Strato y una banda cómplice detrás compuesta por Mike Bloomfield a la guitarra, Al Kooper (el que compuso la parte de órgano de Like A Rolling Stone) a las teclas junto a Barry Goldberg, Jerome Arnold al bajo y Sam Lay en la percusión. Es decir una banda de rock completa.

Abrieron con una versión acelerada de Maggie’s Farm, y aunque para nosotros, bregados en las lluvias de decibelios ahora no se nos antoje excesivo el volumen empleado, para el aficionado al folk de la época aquella interpretación fue equivalente a abrir de par en par las puertas del infierno. Los abucheos comenzaron a oírse desde el primer acorde; las críticas porque no se escuchaba la letra y los “qué mierda es ésta” se suceden durante la breve actuación delgrupo. El segundo tema que tocan es la grandiosa Like A Rolling Stone, para algunos el mejor tema que ha compuesto Bob Dylan nunca, y al finalizar abandonan el escenario después de haber tocado tan sólo un total de quince minutos.

Bob Dylan at the Newport festival 1965 Courtesy Thomas Monaster PhotographyBob Dylan, Newport 1965 / Foto: Thomas Monaster.

El presentador del evento Peter Yarrow, visiblemente confuso, coge el micro y le pide a Dylan que toque algo más. Éste accede e interpreta en solitario, ahora con guitarra acústica y armónica, dos temas más: Mr. Tambourine Man y It’s All Over Now, Baby Blue. Es quizá la última concesión que hizo a aquellos que no quisieron seguirle y entenderle en aquella noche estival en la que desapareció para siempre el cantautor comprometido y en que el mundo descubrió a ese gran prestidigitador de las palabras que siempre ha sido Bob Dylan.

La actuación suscitó todo tipo de reacciones entre el sector folkie de Newport: desde los que se sentían traicionados por Dylan (cuentan la leyenda que el mismísimo Pete Seeger intentó cortar los cables de corriente eléctrica con un hacha), hasta los que reconocían que la juventud de la época tenía un lenguaje y unas formas distintas a las de sus predecesores. Pero al ser preguntado Bob Dylan por su afiliación al folk llegó a decir: “Odio decir esto porque no me gustaría que se entendiera mal, pero yo me agarré a eso [el folk] porque vi que había un gran público. La gente que me conoce sabe que no me estaba aprovechando de eso. Yo sabía que no me iba a quedar ahí” (Del libro No Direction Home de Robert Shelton, 1966). Por cierto, que en este libro, Dylan reconoce que la versión original de su disco The Freewhelin’ de 1962 ya incluía cuatro canciones eléctricas que la casa de discos Columbia no metió en la versión definitiva porque no estaban firmadas por él.

Y sobre su papel como líder generacional también tiene una opinión marcada: “Quienquiera que sea el que se dedique a escuchar mis canciones no me debe nada. ¿De qué modo podría tener ningún tipo de responsabilidad para con miles de personas? ¿Qué podría llevarme a pensar que le debo nada a nadie por el mero hecho de estar ahí? Nunca he escrito canción alguna que empezara con las palabras <<os he reunido hoy aquí>>. No quiero adoctrinar a nadie para que sean buenos chicos y vayan al cielo” (Entrevistado por Nat Hentoff para Playboy, 1966).

Aunque posteriormente él lo ha negado, la reacción del público aquella noche le dolió en el alma. No obstante, no sintió ninguna responsabilidad para con esos seguidores que se sintieron traicionados por él, como afirmó en una entrevista para el Chicago Daily News en noviembre de ese mismo año 65: “Es problema suyo. Sería idiota que dijera lo siento porque no he hecho nada malo. Y la cosa no tiene la mayor importancia. Tengo una serie de gente que se siente traicionada, que se aficionó a mí hace unos años, pero que tampoco me respaldaba en mis inicios. Y sigo viendo a gente que estaba conmigo en los inicios y sabe de qué va lo que hago”.

Siguiendo su carrera durante cinco decenios hemos podido comprobar que efectivamente Dylan tenía razón y que, a pesar de haber lanzado algunos discos prescindibles, una parte importante de su obra entra por la puerta grande en la historia de la música popular contemporánea. Por el contrario, si se hubiese enquistado en el pequeño universo del folk protesta, lo más probable es que su carrera se hubiese apagado en silencio a lo largo de los años 70, como pasó con otros de su generación, y su figura hubiera quedado relegada a vieja gloria progre en festivales benéficos. Pero Bob Dylan siempre mira hacia adelante escrutando el tiempo por venir y siguiendo el lema implícito de no mirar atrás, Don’t Look Back, como reza el título del documental que realizó sobre su persona D.A. Pennebaker en 1967.

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