Michael Laudrup, la elegancia de mirar al sitio correcto

Una de las cosas que más me ha fascinado siempre del mundo de la infancia es la deslumbrante capacidad de inventiva de los niños sin caer en convencionalismos ni en ataduras morales de ningún tipo. Gracias a esto puedo recordar hoy un buen puñado de motes de celebrada originalidad. Algunos de los que recuerdo de mi niñez son maravillosos y desternillantes: como “el pompas”, para el hijo de los empleados de una funeraria; o “el Pinueve” para un profesor cuya nariz le hacía ser más que Pinocho. Los había también menos o nada crueles, meramente descriptivos, en esa categoría entraban todos aquellos chavales que recibían el nombre de un futbolista como apodo: los rubios con melenita se convertían en “el Schuster”, y los morenos de pelo largo en “el Futre”, por poner solo dos ejemplos universales. En mi barrio, sin embargo, hubo también otro apodo con nombre de jugador, que sí contaba con buena parte de crueldad: el de un chiquillo tan malo con el balón, tan exageradamente torpe y negado para la práctica del fútbol que era imposible encontrar un apelativo que le definiera, no había ni un solo jugador profesional tan nefasto que le hiciera justicia; por eso hubo que llamarle como el mejor, y que una cruel carga de ironía y sarcasmo hiciesen el resto; todo el mundo le conocía como “el Laudrup”.

laudrup_ronaldoLaudrup, frente a Ronaldo, en el Mundial del 98.

Porque así era reconocido de manera casi unánime durante la primera mitad de la década de los noventa: Michael Laudrup era el mejor jugador del momento. Todas las rivalidades caían vencidas por esa coincidencia de criterio. No les importaba reconocerlo a los que no eran del Barça durante sus primeras cuatro temporadas en la Liga, ni les importó hacerlo a los que no eran del Madrid cuando Valdano se lo llevó al Bernabéu. Bueno, quizás entonces, por Barcelona se quebró esa opinión. Y fue injusto.

Si hay una palabra que ha acompañado a Laudrup a lo largo de su carrera, esa ha sido “elegancia”. Ciertamente, no hay otra que le defina mejor. Durante la primera mitad de los noventa el danés desplegó un juego nunca visto en cuanto a exquisitez colaborativa. Solo Zidane, después de él, logró hacer lo mismo. Debatir sobre la esencia del fútbol, sobre ese aquel que lo convierte en un divertimiento tan subyugante de practicar y contemplar, puede llevar a un callejón sin salida y con armas en las manos. Bajo mi opinión, la verdad de unas y otras posiciones en el debate solo podrá ir esclareciéndose mientras sigan apareciendo figuras como Laudrup. El centrocampista danés jugó al fútbol de una manera visiblemente diferente al resto de sus compañeros y contrarios. Estaba dotado de un regate extremadamente funcional, un cambio limpio del balón de una pierna a otra, y veloz, como el movimiento de una cuerda violentamente combada. Su visión de juego, en clave ofensiva, era deslumbrante, en el más amplio sentido de la expresión, pues de la misma manera que asombraba para habilitar una posibilidad de ataque imprevisible, en ocasiones resultaba en vano y cegadora, porque enviaba el balón a un espacio que nadie veía a tiempo. El regate y el pase, esos eran sus dos grandes dones. Por lo demás, no se aplicaba demasiado en defensa ni tenía un gran instinto goleador. Pero, con lo que sabía hacer, tenía más que suficiente para hacer del fútbol algo hermoso, porque explotaba una gran parte de la esencia distintiva del juego: lo que no se ve, el hueco, el camino invisible para un balón solitario entre una maraña de hombres hostiles… el más allá. Laudrup veía ese más allá del juego, el espacio futuro que está sin formarse tras la línea contraria, parapetada por una regla enigmática y creativa, la del fuera de juego. Tenía esa clave que permitía llevar el juego al terreno prohibido y fatídico donde ocurre el estertor del mismo, que es el gol.

Laudrup poseía esa capacidad creativa de ver el presente y el futuro sobre el césped, por eso corría paralelo tantas veces a la línea del área, sin avanzar, mirando hacia atrás o a los lados, y dar el pase al corazón del área. Miraba hacia una parte, y ponía el balón en la contraria, por donde ya había pasado su vista de oráculo unos momentos antes; era la elegancia de mirar al sitio correcto. El pase en profundidad de treinta o cuarenta metros, rodando el balón sin molestia entre tanto jugador tratando de atraparlo en vano, hasta llegar a quien tenía que hacerlo, no era para menos que maravillarse. Lo mismo que la solución técnica imposible de picar la pelota por encima de la defensa, valiéndose del exterior del pie como si apartara un guijarro del camino.

Fue también otra de las esencias del fútbol la que marcó la carrera de Laudrup, así como la seducción que produjo sobre los aficionados: la injusticia. Porque el fútbol es injusto, cada vez más, y Laudrup, en general, no puede sino estar agradecido, pero bien es cierto que el deporte le metió su mala pata en más de una ocasión. La primera gran injusticia que padeció fue el no participar en el triunfo de Dinamarca en la Eurocopa del 92, por una desavenencia con el seleccionador. Pero el más sonado de sus malos momentos fue el que propició el cambio de Barcelona por Madrid —ni más ni menos—. Tras cuatro temporadas en el Camp Nou, dejando el mejor fútbol de toque visto en años, siendo partícipe de la primera Copa de Europa del Barça, de la manita al Real Madrid del 94, y dejando un pase mágico a Romario en El Sadar, que vale por carreras enteras de otros futbolistas… tuvo que salir por la puerta de atrás. Cuando regresó, vistiendo la camiseta blanca, fue recibido con pitos y una hostilidad desaforada. Entiendo las sensibilidades de cada hinchada, pero creo que aquella vez el Camp Nou se equivocó. ¿Qué podían reprobar a un jugador al que se había maltratado y expulsado del club por el capricho de un entrenador desbocado? Fue culpa de Cruyff que Laudrup se fuera de Barcelona. Cruyff le relegó una vez tras otra al banquillo en su última temporada, le criticaba por no meter goles —¡tamaña simpleza!—, y finalmente lo dejó fuera de la mismísima final de la Champions contra el Milan. Así le fue, claro… Y el danés, que además albergaba la ilusión de coincidir con su hermano Brian como rival en aquel partido, se vio definitivamente humillado. Cruyff fue uno de los mejores jugadores de la historia, pero no un entrenador a la misma altura, como otros afortunados, solo tuvo que vérselas en banquillos repletos de estrellas, y aún así se retrató con decisiones incomprensibles, como el maltrato a Laudrup, el mejor centrocampista de Europa en su momento y un ejemplo de respeto y estabilidad dentro del campo y en el vestuario. 

Laudrup, precisamente, ha demostrado su valía como entrenador donde hay que hacerlo: en un club pequeño. Su Getafe dejó un fútbol inspirado por el espíritu que le había definido como jugador, al ataque e imaginativo. Luego encontró dificultades con otros proyectos, claro, porque es así cuando no se tiene dinero, que lo normal es “jugar como nunca y perder como siempre”. Pero es eso lo que hacen los grandes hombres de fútbol, en los banquillos gente como Bielsa o Jémez, y en el campo, jugadores como Michael Laudrup, más preocupados por la belleza de un instante que del resultado final.

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