La pasión de Juana de Arco, elogio del primer plano

El Carl Theodor Dreyer de nuestros días sería Michael Haneke, no cabe la menor duda. Cineastas pedregosos. Historias como incitaciones malsanas a pensar sobre un único tema fundamental: el amor, la crueldad, la incomunicación, la piedad. Entre uno y otro directores han habido unos cuantos más de la misma familia, los “cineastas filósofos” los podríamos llamar. Bresson, Tarkovski, Bergman, Mizoguchi, Marker, Antonioni, Angelopoulos, Kieslowski, Erice, y más. Todos ellos con una vitola de dificultad que les definió o define su propia figura personal. Los ha habido también que han dejado muestras de este tipo de cine reflexivo sobre temas humanos fundamentales siendo gente muy alejada del retraimiento típico del artista maldito, verdaderas estrellas de la fanfarria que se gustan de ello, como el Nanni Moretti de la estremecedora La habitación del hijo, o el muy sobrevalorado Lars von Trier de todas sus películas. En cualquier caso, hoy nos quedamos con Dreyer, porque no sabemos quién será el último de los “directores filósofos”, pero sí sabemos cuál fue el padre fundador de este clan, y cuál fue la ópera prima de las películas de este tipo: La pasión de Juana de Arco.

juana-arco_dreyer-falconettiMaria Falconetti, como Juana de Arco.

La pasión de Juana de Arco fue rodada por Dreyer en los estertores del cine mudo. Se estrenó en 1928 después de un costoso año de rodaje. Es un film con dos historias, por una parte la que cuenta el proceso judicial y martirio de la mártir francesa Juana de Arco, y por otra parte la de las propias vicisitudes del proceso de producción y distribución del film.

Cuando la Société Génerale des Films le propuso al director danés tres temas para una gran producción sobre la vida de un personaje histórico francés le dieron a elegir entre Catalina de Medicis, Maria Antonieta y Juana de Arco. Posiblemente, aunque hubiera optado por otra que no fuera “la doncella de Orleans”, Dreyer hubiese acabado realizando la misma obra maestra de radicalidad cinematográfica. Porque más que el personaje histórico lo que le interesaba era el símbolo, y La pasión de Juana de Arco es una película no sobre una mujer real del siglo XV, sino sobre la piedad y el mal, sobre el poder de la creencia en una causa. 

Para narrar el último día de vida de Juana de Arco, Dreyer gastó siete millones de francos en decorados. ¿Para qué? Nadie lo sabe. Porque la película está rodada y montada con el mayor número de planos cortos de la Historia del cine. Casi todos los planos son primeros o primerísimos primeros planos de Juana y sus jueces. Los mandamases de la productora francesa debieron tirarse de los pelos al ver que los caros escenarios construidos para el film no lucían en ningún momento. La verdad es que el despilfarro cometido por Dreyer no tiene explicación, porque al ver la película queda claro cuál era su intención: narrar de una manera nunca vista, con la mayor frugalidad, centrándose únicamente en la expresividad de los rostros sin maquillaje, en la fuerza del encuadre, en el ritmo de un montaje que jugaba a romper la lógica del contraplano y que colocaba al espectador ante una experiencia nueva de entender el discurrir de una narración cinematográfica. El ejercicio narrativo de Dreyer en su Juana de Arco es el máximo exponente de un cine desprovisto de toda armadura catártica, depurado hasta lo más íntimo del celuloide y del espectador en formación, solo una trama mínima en imágenes para tratar un tema. 

La experiencia de ver La pasión de Juana de Arco un siglo después sigue provocando una desasosegante sensación. La película puede encontrarse con acompañamiento musical, sin embargo, es aconsejable sumergirse en ella sin música alguna. Si la versión que encuentran lo tiene, simplemente, silencien su reproductor. Todo indica que el propio Dreyer, después de meditarlo, optó por la opción de que la película fuera totalmente muda, a fin de que el misticismo que destila adquiera en el silencio una repercusión emocional de mayores dimensiones. Dejarse llevar por el ritmo de los primeros planos de Maria Falconetti, la expresiva actriz que interpretó el papel de Juana, deja un recuerdo imborrable. Si además tienen la suerte de dar con una proyección en gran pantalla, no dejen escapar la oportunidad de ponerse ante la monumentalidad de esos planos subyugantes.

Juana_DreyerMaría Falconetti, ya con el pelo rapado, durante la parte final del film.

A nuestros tiempos, la Juana de Arco de Dreyer llega conservando el esplendor de su fuerza visual, pero además, con el añadido de la leyenda artística. Desde el comienzo de su andadura comercial la película pasó un convulso peregrinaje por infinidad de salas de edición. Tras su estreno en París, las autoridades decidieron censurar parte del metraje. Tras su estreno en Londres, las autoridades decidieron prohibir su proyección. Pero el calvario no había hecho más que comenzar. Los negativos se perdieron en un incendio en los estudios UFA de Berlín, y Dreyer tuvo que apañarse para elaborar un segundo montaje, que también acabará extraviándose en otro desgraciado incendio. Durante los años siguientes, unos y otros, sin consentimiento de su autor, se bregaron en la tarea de darle una nueva edición a La pasión de Juana de Arco, consiguiendo, únicamente, que la versión original del film se convirtiera en una leyenda, una de esas obras de arte efímeras que desaparecen o son devastadas en tiempos convulsos. La sorpresa saltó medio siglo después de su filmación, en 1981, cuando apareció una copia en perfecto estado del montaje original de Dreyer en el sitio menos pensado… un manicomio de Oslo. El misterio, como no podía ser de otra manera en relación a Dreyer y su obra maestra, sigue sin resolverse. La película nunca se proyectó en Noruega. ¿Cómo llegó hasta allí? La única hipótesis valora que un antiguo director del sanatorio mental, del que se conocía su interés por el arte y la cultura, adquiriese una copia de la obra, y allí quedara. ¿Quién sabe?

Sea como sea, La pasión de Juana de Arco es una de las obras imprescindibles del Séptimo Arte. El nacimiento de un tipo de cine que ha estado presente en todas las épocas, desde los tiempos de la mudez a la actualidad. Un cine que puede desempeñarse en todos los géneros y que se singulariza por algo así como su ascetismo, casi por su fundamentalismo. No un fanatismo retrógrado, sino un radical y casi único apoyo en el poder comunicativo de la imagen, de imágenes en movimiento, de lapsos de tiempo filmado y concatenados. Un cine sin palabras. Místico. Que cuenta historias de enorme sencillez en su trama, sin apenas planteamiento, nudo y desenlace, o con solo eso, uno o dos giros no demasiado bruscos que hacen avanzar los sucesos del relato para centrarse en un solo tema, en un concepto, una idea-fuerza. 

Al menos tres o cuatro veces en la vida hay que ponerse delante de los ojos llorosos de María Falconetti como Juana de Arco, el enorme rostro del sufrimiento de una inocente.

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