La mirada del silencio, segunda parte del horror indonesio

Anónimo. De esta manera figuran en los créditos finales del documental La mirada del silencio (2014), sobre el genocidio de comunistas en Indonesia en 1965-1966, todos los miembros indonesios del equipo que ha hecho posible el rodaje y la producción del film. Si su nombre se hiciera público, correrían serio riesgo de sufrir cualquier tipo de represalias. De la misma manera, poblado de firmas anónimas, se deslizaban los créditos de The Act of Killing (2012), la primera incursión del mismo director, Joshua Oppenheimer, en el asesinato de más de un millón de comunistas y simpatizantes o sospechosos de serlo que se llevó a cabo en Indonesia a partir del 30 de septiembre de 1965, con el beneplácito y la instrucción de los Estados Unidos. Medio siglo después, la situación del país es dantesca: en el gobierno están, desde entonces, instalados los perpetradores del genocidio, y el tratamiento que se sigue dando sobre tal suceso histórico se presenta abiertamente como una honrosa cruzada anticomunista; en la televisión pública los propios asesinos y torturadores ven jaleadas sus confesiones sobre los más horrorosos crímenes que se puedan imaginar, y son considerados héroes por ellos.

mirada_silencioProtagonistas de La mirada del silencio, familiares de las víctimas del genocidio de 1965 / Foto: Final Cut For Real.

Cuando el director estadounidense Joshua Oppenheimer sorprendió a todo el mundo con un documental que abordaba este velado genocidio, mostrando el grado demencial al que había llegado la política del cuarto país más poblado del planeta, no estaba provocando el oprobio de Indonesia ante el mundo, sino tanto o más, la ignominia del mundo entero ante los sucesos de Indonesia.

The Act of Killing es una de las películas más duras que jamás se hayan rodado. La presentación de un país orgulloso de la atrocidad de unos crímenes sobre los que se ha asentado su Estado actual, mostró hasta qué punto puede llegar a degradarse el ser humano, y a retratarse de infamia un sistema. Llamó la atención también por ser una película con una imagen cuidada y un esquema narrativo complejo, basado en la trampa de rodar una película de ficción protagonizada por los viejos asesinos, que sirviese de memorial a la honra de éstos, para sacar a la luz la posición y su papel en la actual Indonesia. El resultado fue una cinta en la que la realidad filmada parecía inventada, los protagonistas, auténticos genocidas confesos y orgullosos, resultaban personajes distópicos, de un surrealismo pesadillesco. Era el horror. Es el horror.

La mirada del silencio, la segunda aproximación al tema por parte de Oppenheimer, se arma sobre una propuesta más sencilla a nivel narrativo, más clásica, pero mucho más arriesgada, personalmente. Esta vez el foco no apunta sobre la personalidad de los asesinos, sino sobre la de las víctimas. A través de un oculista de 44 años, hermano de un preso terriblemente torturado y finalmente asesinado en la ribera del río Serpiente, el director y el templado y valiente oculista se dedican a visitar y entrevistar a los viejos torturadores y a sus descendientes, para contarles el terrible caso de su hermano. Entre la ofuscación de quien se muestra orgulloso de haber cometido los peores crímenes, de las amenazas veladas y abiertas de miembros del gobierno, o la muestra de la educación falaz sobre una fuerte base de propaganda anticomunista desde los primeros cursos escolares a los niños, el ritmo de las conversaciones y los lamentos de los ancianos padres de los asesinados, la cinta se carga de una intensidad que hace de su visionado una experiencia angustiosa.

Ambos films son imprescindibles. Han servido para rescatar del olvido unos sucesos que necesariamente han de ser conocidos. Pero no han hecho sino abrir el camino para abordar en profundidad no solo la historia reciente de Indonesia, sino una multitud de temas relacionados con el estado actual del mundo. El complot organizado en septiembre de 1965 para colocar en el poder de Indonesia a Suharto contó con la supervisión de los Estados Unidos, que diseñaron la farsa por la cual se pretendió presentar al Partido Comunista de Indonesia —una fuerza de tres millones de militantes y gran arraigo popular— como promotor de un golpe de Estado, para de esta manera llevar a cabo la eliminación sistemática del comunismo en el archipiélago. El número exacto de asesinados no se conoce, pero los cálculos no suelen bajar de un millón de personas, considerándose que podría alcanzar los dos millones y medio de muertos en el plazo de un año. El terror, como táctica y estrategia, se impuso con el apoyo de los Estados Unidos, que celebraron la instauración de la dictadura militar como un “rayo de luz” contra el comunismo.

Los documentales sobre Indonesia de Oppenheimer resultan incómodos, no solo en Indonesia, para muchos sujetos. Y obligan —o deberían hacerlo— a agachar la cabeza a todos aquellos que consienten y defienden las famosas teorías de los dos extremos, de la democracia pura y las calificaciones de países libres y no libres en el mundo. Indonesia, para Occidente, no forma parte de ningún eje del mal, aunque en sus televisiones se pueda hacer espectáculo y honrar a quienes cuenten la mejor historia sobre cómo violaron a cientos de mujeres comunistas, o cómo descuartizaban en vida a los presos comunistas, cómo un río se teñía de sangre, literalmente, por la cantidad de cadáveres que dejaban en él, en los “heróicos” días de 1965-1966, cuando salvaron al país del comunismo, para que se instalaran sin problemas las multinacionales del “mundo libre”.

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