La Historia, en símbolos y hechos: ¡Yo soy Espartaco!

¡Yo soy Espartaco! Ese es el grito de una de las secuencias más emotivas de la Historia del cine. La película de Stanley Kubrick, protagonizada por Kirk Douglas, y escrita por el proscrito Dalton Trumbo, adaptando la novela del también proscrito Howard Fast, se convirtió en un símbolo contra la caza de brujas macarthista y por la libertad de los oprimidos. Algo más de cuarenta años antes del rodaje de la película de Kubric, eran asesinados por los Freikorps del gobierno alemán Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht, máximos líderes del movimiento obrero en su país y del Partido Comunista de Alemania, que habían fundado en 1916 con el nombre de Liga Espartaquista. 

¿Qué hay detrás de este nombre, Espartaco, para que dos mil años después del inicio de su leyenda tenga tan significativa importancia? Decir “Espartaco”, en la actualidad, es hablar de mucho más que de una película. Estamos ante uno de los símbolos más poderosos de la Humanidad. Dos milenios de pervivencia así lo demuestran. 

Espartaco_douglasKirk Douglas, Espartaco (1960) / Foto: Bryna Productions/Universal Pictures.

Habrá quien crea que la historia de Espartaco es una invención cinematográfica. No es así, por supuesto. Espartaco existió y fue protagonista de un suceso histórico de gran relevancia durante el último siglo antes de Cristo, la conocida como Tercera Guerra Servil, que movilizó durante tres años a un contingente de más de cien mil esclavos contra el Imperio Romano. La divulgación de su leyenda, gracias a la famosa película de Stanley Kubrick, ha hecho que se acepte, si no como verídica en su totalidad, sí como verdadera la historia general narrada en la misma, aunque tenga bastante de relato inventado, en cuanto a ciertos sucesos y en la representación de personajes históricos. No hay nada malo en esta tergiversación histórica, se trata tan solo del desarrollo dialéctico de un hecho histórico que trasciende por su importancia su propia época, y se convierte en paradigma de una situación social inveterada. Sin embargo, resulta interesante apuntar la realidad de los hechos históricos que se conocen sobre Espartaco y las Guerras de los Esclavos, no por un afán de erudición, sino para poner también en valor la importancia histórica que tuvieron en su época, más allá del mito.

Las fuentes más antiguas que hacen referencia a Espartaco dependen todas ellas de intereses romanos, con lo que la objetividad de las mismas resulta dudosa en varios aspectos. Sin contar con fuentes primarias que legasen los movimientos y porqués desde dentro de las filas esclavas, carecemos de datos para conocer con exactitud los pormenores de la táctica y estrategia que siguieron los rebeldes, así como el retrato más certero de los líderes, no solo de Espartaco, sino de otros dirigentes durante la guerra, como lo fue especialmente Crixo, y los Enomao, Casto o Gannicus.

Lo primero que llama la atención entre el Espartaco fílmico y el real es su origen y extracción social. Mientras que en la película es descendiente de esclavos, en la realidad no fue así, sino un antiguo soldado de origen tracio que desertó de las legiones, motivo por el cual fue esclavizado. La realidad es que, en efecto, el esclavo Espartaco fue adquirido como gladiador en una escuela de Capua, propiedad de un potentado llamado Lentulo Batiato. De aquí partió la rebelión que se convirtió en la Tercera —y mayor— de las Guerras Serviles. La primera de las guerras de los esclavos romanos contra el poder imperial se produjo entre 135-132 aC, en Sicilia; la segunda entre el 104-100 aC, también en Sicilia. En las condiciones de máximo ultraje a la fuerza de trabajo esclava estaba la causa de las rebeliones. La Tercera de las Guerras Serviles, la que comienza con la rebelión de los gladiadores de Capua, se da en el 73 aC y dura cerca de tres años, en los que el alcance de la sublevación se aloja por primera vez en la Península Itálica y pone en serio riesgo al poder de Roma. 

La fuga de los gladiadores de Capua contó con el liderazgo de Enomao, Crixo y Espartaco, al frente de un grupo que pudo estar alrededor de los cien hombres. El plan inicial no podía revestir ningún objetivo estratégico a nivel de confrontación bélica con el Imperio, sino considerarse un movimiento espontáneo de sublevación por un parte menor de la clase esclava, especialmente dotada para el combate y la resistencia armada. Así pasaron los primeros meses, haciéndose fuertes mediante el pillaje de las zonas cercana a Capua. El engrosamiento de sus filas se fue produciendo por varios factores concurrentes: en primer lugar, la presentación como única salida para enormes masas no solo de esclavos, sino para un campesinado dramáticamente empobrecido; en segundo lugar, por el atractivo de un grupo que practicaba en su propio seno políticas de distribución económicas de cariz igualitario, como el reparto a partes iguales de los botines obtenidos; y en tercer lugar, por conseguir infringir derrotas al ejército romano, y la imagen de seguridad y prestigio que esto ofrecía. De esta manera, el movimiento espontáneo de liberación de unos gladiadores en Capua se convirtió en el movimiento organizado de un bloque social contra el poder imperial. En el invierno del 73 aC al 72 aC, el ejército esclavo contaba con cerca de setenta mil almas. Ya entonces había vencido a varias legiones del ejército, demostrando una originalidad táctica y una disposición al combate que ponían en ridículo a Roma.

Durante la primavera del 72 aC las tropas esclavas movían cerca de ciento veinte mil personas. Con una fuerza tal, es evidente que debieron plantearse debates en su dirección sobre el objetivo estratégico de la lucha. ¿Qué hacer? Los historiadores plantean diversas teorías, basándose en un hecho: la batalla librada en el Monte Gargano, en la que sucumben bajo una legión romana alrededor de veinte mil esclavos, liderados por Crixo. Algunas teorías explican la caída en combate de este gran contingente liderado únicamente por Crixo como consecuencia de una división entre los jefes de los esclavos. Hay quien mantiene que el objetivo estratégico defendido por Espartaco era la mera liberación de su gente a través de la salida de los dominios romanos, una vez alcanzada la Galia Cisalpina. Y que el objetivo de Crixo era más ambicioso, liberarse del poder de Roma acabando con la propia Roma y atacando la capital del Imperio. Es imposible discernir si Crixo y los treinta mil hombres que dirigía se batieron en el Monte Gargano en solitario, pensando que comenzaban la ofensiva sobre Roma; su derrota impidió conocer los motivos de su posición. Otras hipótesis plantean la posibilidad de que la separación de Crixo y Espartaco no se debiera a una escisión por diferencias estratégicas, sino a un movimiento táctico, que consistía en utilizar a una parte de las fuerzas como señuelo y duplicarle los frentes al ejército romano, para posteriormente volver a unirse. Sea como fuere, de lo que no cabe duda es de que para el siguiente invierno, las tropas rebeldes que quedaban se encontraban al sur de Italia. Y que el plan de Espartaco, líder en solitario ya, tras la caída en combate del resto de sus viejos compañeros de Capua, ante la ofensiva romana, en la que se encomienda al pretor Craso el mando de nuevas legiones, fue el de refugiarse y hacerse fuerte en el sur de Italia, dando el salto a Sicilia.

Espartaco_louvreEspartaco (1830), escultura de Denis Foyatier, Museo del Louvre.

El final de la guerra quedó marcado por la traición y las intrigas y lucha de poderes en el seno del ejército romano, y por la determinación de los sublevados. Espartacó llegó a un acuerdo con los piratas cilicios para que le facilitasen el traslado de los suyos a Sicilia, donde pretendía —y muy probablemente hubiera conseguido— hacerse fuerte y convertir la isla en un territorio casi inexpugnable frente al Imperio. Sin embargo, los piratas cilicios fueron a su vez sobornados por Roma para romper este acuerdo; los piratas se quedaron con el pago hecho por los esclavos y los abandonaron a su suerte. Entre tanto, las legiones de Craso levantaron un cerco de más de cincuenta kilómetros alrededor de las posiciones de Espartaco, encerrándole contra el mar. A un mismo tiempo, Roma, al límite de su paciencia, envío un nuevo dispositivo de legiones, al mando de Pompeyo. Todos estos factores entraron en pugna. Craso, adversario de Pompeyo en su carrera por el poder de Roma, no podía perder más tiempo en su ataque contra los esclavos, si no quería que Pompeyo le robara la victoria. Espartaco, en cuanto comprendió que la única opción era la lucha sin cuartel, exprimió al máximo sus recursos, consiguió romper las líneas de Craso por el norte —mediante una estratagema legendaria, enviando miles de cabezas de ganado con antorchas durante la noche hacia el sur, haciendo creer así a las legiones de Craso que se movían hacia esa zona—, pero tuvo que acabar enfrentándose a la legiones recién llegadas dirigidas por Pompeyo. 

Con sus fuerzas divididas en varios frentes, la batalla definitiva de Espartaco se dio cerca del río Silario, al sur de Italia. Allí, la mejor preparación y disposición militar del ejército romano dejó una masacre definitiva para los esclavos, muriendo la casi totalidad de los combatientes, unos treinta mil hombres, y quedando alrededor de seis mil prisioneros. Las legiones romanas solo tuvieron mil bajas en esta última batalla. Entre los muertos del bando rebelde se encontraba Espartaco, cuyo cadáver no pudo ser identificado. Al contrario que en el film, en cuya historia Espartaco es uno de los prisioneros que será finalmente crucificado en la Vía Apia. Este hecho final, la crucifixión de miles de esclavos sublevados a lo largo de la vía de entrada a Roma, dejando un camino kilométrico de torturados y ejecutados, sí que hace coincidir el relato moderno de la historia con lo realmente ocurrido.

Los esclavos fueron derrotados tras tres años de guerra, pero Roma no puede considerarse victoriosa. La importancia de la clase social esclava en el sistema romano era fundamental, como fuerza de trabajo sostén de la explotación de los campos. La pérdida de más de cien mil esclavos trastocó profundamente el sistema agropecuario romano, haciéndolo caer en una crisis de grandes dimensiones. Además, la toma de conciencia por parte de los terratenientes y poderes estatales del peligro de rebelión de los esclavos y otras clases trabajadoras si continuaba el trato y los niveles de explotación del pasado, hizo que en el propio derecho romano se reflejara el tiempo contado del sistema esclavista.

Hoy Espartaco es un símbolo universal de la necesidad y la legitimidad de cualquier lucha contra la tiranía y la explotación de unos seres por otros. ¿Cómo no iba a encontrar eco la historia de un esclavo romano en el mundo contemporáneo? La esclavitud se encuentra de plena vigencia; aún siguen vivas generaciones de personas negras que subieron a autobuses segregados en los Estados Unidos, la primera potencia mundial —el nuevo Imperio—; aún hoy existen en multitud de latitudes por todo el planeta millones de seres, incluidos niños, trabajando en condiciones de esclavitud, con los derechos más básicos conculcados. Cómo no va a continuar escuchándose el grito: ¡Yo soy Espartaco!

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