Jacqueline du Pré, la mejor chelista del mundo y la vida después

Hay momentos en que ocurre algo magnífico, delante de un buen número de personas, algo como por ejemplo una interpretación musical sublime, y todo se conjuga para que lo recién ocurrido, ese pasajero momento de perfección, se convierta en una leyenda. Pero eso no es la vida, es solo un espejismo, real, y peligroso, porque su acontecer parece siempre parte de un pasado no lejano, sino al margen de todos los tiempos. En 1965, una jovencísima violonchelista de 20 años, Jacqueline du Pré, grabó junto a la Orquesta Sinfónica de Londrés, bajo la batuta de John Barbirolli, el Concierto para violonchelo de Edward Elgar, una obra apenas conocida que había caído en desgracia desde su nefasto estreno en 1919. La grabación de Barbirolli con du Pré para EMI fue uno de esos momentos mágicos en que todo lo importante parece resolverse a la perfección. Por lo visto, desde las primeras tomas de la grabación el sentimiento y la pericia técnica de la casi aún niña prodigio hizo que se corriera la voz por el estudio y alrededores, entre críticos y otros músicos y estudiantes, de que estaba teniendo lugar un suceso genial. A la vuelta de un descanso, du Pré y compañía se sorprendieron ante la avalancha de curiosos que querían presenciar las sesiones de grabación. Después de aquello, el concierto de Elgar se convirtió en una de las obra capitales del repertorio para violonchelo solo. Y la angelical y entusiasta Jacqueline du Pré en un fenómeno de masas, que comenzaría a recorrer el mundo con la vitola de la mejor chelista del mundo. Pero eso no era la vida, era solo un espejismo, algo real y peligroso, no un material de recuerdo sino de leyenda. La vida era otra cosa y estaba por llegar, terrible, a la vuelta de la esquina.

Jacqueline_du_Pré_BarenboimJacqueline y Barenboim, en 1970, en la Monmouth Girls School, Gales / Foto: David Hurn.

Todo indicaba que la carrera de Jacqueline du Pré iba a dominar lo que quedaba de siglo, constituyéndose como una de las figuras indiscutibles de la Historia de la música. Sin embargo, con solo 28 años, se retiró definitivamente de la interpretación. En 1971 se alerta porque siente que pierde sensibilidad en los dedos. Eran los síntomas de una de las enfermedades más crueles —especialmente en su caso—, la esclerosis múltiple. En febrero de 1973 subió a un escenario por última vez, en Nueva York, acompañada de Bernstein y de su amigo el violinista Pinchas Zukerman. Catorce años después, cuando tenía 42, moría en Londres, acompañada de sus más íntimos, entre los que estaba su aún marido —aunque ya por entonces separados—, Daniel Barenboim.

La imagen de Jacqueline era cautivadora al violonchelo, junto a la intensidad de su interpretación del más intenso de los instrumentos, socavaba cualquier sensibilidad, por blindada que se presentara. La trágica fugacidad de su carrera intensifica mitológicamente la escucha de sus grabaciones. Fue una estrella musical que aparecía a ciertas horas de madurez del cielo en el firmamento donde cegaban la vista los jóvenes airados y despreocupados del pop inglés, los Rolling y los Beatles, eran los 60. Y terminó convertida en una estrella fugaz de imborrable estela. En apenas una década de carrera profesional se colocó junto a los grandes del cello, como sus maestros Rostropóvich y Casals. Elgar, por supuesto, no fue su único momento de grandeza, sobresaliendo también con Schumann, Beethoven y, sobre todo, con Brahms.

Sin embargo, es Elgar la mejor muestra que nos ofrece integralmente a la artista, permitiendo conocerla y comprenderla en una variada concatenación de historias alrededor de la obra y de ella. La más gráfica de todas no es la de los días de grabación de 1965, sino cuando interpretó las sutiles y elocuentes notas de Elgar al compás de la batuta, o casi de la mirada, de Daniel Barenboim, con quien se había casado en 1967. Las filmaciones del documentalista Christopher Nupen captaron la compenetración entre el director y la solista, el juego de miradas enamoradas de dos jóvenes talentos antes de encontrarse en las ondas sonoras que ponían en movimiento sus voluntades puestas de acuerdo. En tales imágenes se percibe ese no se qué mágico que individualiza con un alma una interpretación musical. 

Edward Elgar había sido un reconocido compositor a finales del siglo diecinueve y comienzos del veinte, pero había caído en cierta desgracia a partir de los años 20, el estilo de sus últimas composiciones había pasado de moda, y no ayudó el estreno en 1919 de la última de ellas, precisamente, el Concierto para violonchelo. El día del concierto inaugural de la temporada de la Sinfónica de Londrés, la interpretación del Concierto se saldó con uno de los bochornos más memorables hasta la fecha, consecuencia, por lo visto, de falta de ensayo. El caso es que entre los chelos de aquella orquesta se encontraba Barbirolli, por entonces un joven intérprete que contaba 20 años. No deja de resultar comprensible lo conmovido que se halló, casi medio siglo después, enfrentado de nuevo al mismo concierto de Elgar, pero ya como un anciano director, cuando vio a una joven de aspecto angelical, de la misma edad que él tenía cuando se hundió con la Sinfonica de Londrés y Elgar allá por 1919, haciendo justicia a aquella bella composición que había sido olvidada por una serie de azares infortunados, de los que marcan el camino en la vida.

Jacqueline du Pré pasó sus últimos años sin poder tocar, pero dedicándose a la enseñanza. Transmitiendo, quizás, historias como las que la unieron a Edward Elgar —que había muerto antes de que ella naciera— o a John Barbirolli —que encontró una redención para Elgar gracias a ella—, historias como la que la unió a Daniel Barenboim, y enseñando la técnica para aprender a mirarse con los ojos cerrados y encontrarse con alguien en un mismo sonido.

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