El refugio mágico de Claude Monet

Las ninfeas o nenúfares son un tipo de planta acuática que puede tener tallos de más de cuatro metros de longitud, en cuyo extremo se abre una flor que flota sobre la superficie del agua. Arraigan en el fondo de estanques, lagos, charcas o arroyos de corriente lenta, en aguas calmas, donde incluso el rayo de luz más fugaz encuentra un momento de reposo. 

Claude Monet nació en París, era un hijo de la gran urbe, a la que amaba en forma de abandono, siempre queriendo huir de ella, sintiéndola desde la lejanía. En su deambular residencial en busca de un refugio tranquilo pasó por Argenteuil, un pequeño pueblo en la orilla derecha del Sena, a las afueras de París, donde comenzará la primera etapa de larga estabilidad de su vida, desde 1871 a 1878. Se encontraba cerca del agua, era padre y esposo y tenía un barco que funcionaba como taller móvil de pintura, con el que surcaba las aguas del Sena a su paso por el pueblo, en encuentro incesante de motivos que pintar. En esta época dará con un reflejo del sol al amanecer, rojo como una luz de alarma, sobre las aguas de Le Havre; será el cuadro que titulará Impresión, y que dio un nombre de estilo y un giro a la pintura moderna. 

Monet_ImpresiónImpresión / Claude Monet.

Tras los años de Argenteuil se trasladó a otra pequeña localidad a orillas del Sena, Vétheuil, donde la estabilidad vendrá precedida del dolor, por la muerte de su esposa, Camille, a finales de 1879, y la ruina económica. En Vétheuil se instala con sus hijos y con una nueva compañera, Alice, la esposa de Ernst Hoschede, que había sido uno de sus principales compradores en los años anteriores; a Alice la acompañarán ni más ni menos que sus seis hijos. Con ella encuentra el segundo y definitivo amor de su vida. Pero la particular familia Monet-Hoschede no hallará acomodo hasta 1883, cuando descubran Giverny, una aldea diminuta en la que alquilan una casita de campo que le sirve al pintor de puerto base y paraíso nostálgico con el que soñar en sus frecuentes viajes en busca de inspiración. 

En 1890 el prestigio de Monet le asegura, al fin, una buena situación financiera. Tiene 50 años. Es el momento de inicio de la larga etapa final de su vida, marcada por la boda con Alice, tras la muerte de Ernst Hoschede, y la compra de la casa de Giverny, donde comenzará a edificar su feérico retiro pictórico y personal, construyendo unos jardines de agua donde cultivará multitud de flores, incluidos los nenúfares. El pintor se convierte en jardinero. Y de esa transformación nace una de las obras más fascinantes del arte: la serie de los nenúfares, y en general toda la obra de aquellas últimas décadas de su vida. Monet podía pintar una catedral igual que un estanque, porque lo que representaba no eran objetos ni lugares, sino momentos, baños pasajeros de luz sobre las cosas, impresiones. Años antes ya había dejado dicho: “El motivo es algo insignificante para mí; lo que quiero reproducir es lo que hay entre el motivo y yo”.

Monet_ninfeas_1904Ninfeas (1904) / Claude Monet.

Durante más de veinte años, Monet se dedicó a pintar bajo todas la luces y perspectivas el mágico paisaje de su jardín. Dejó alrededor de doscientos cincuenta cuadros, muchos de ellos de enormes dimensiones, de sus nenúfares. La observación de la naturaleza más cercana le sirvió, paradójicamente, para legar los más cautivadores paisajes urbanos, como los de sus viajes a Londrés, o los del París que visitaba todas las semanas. El acercamiento a la serie de los nenúfares puede hacerse desde múltiples enfoques. Uno de los que más interés encierra es el personal, el de la necesidad no del artista, sino del hombre, de apartarse en la contemplación de un paisaje que no puede ver, porque se está quedando ciego, y que solo puede recrear mediante su imaginación y el recuerdo. 

Las primeras pinturas de ninfeas datan de entre 1902 y 1904, faltarán aún años para que Monet se embarque en los cuadros monumentales, y faltarán hechos en su vida. En 1911 fallece Alice, y tres años después lo hace su hijo Jean. Será a partir de entonces cuando Monet se recluya en el trabajo y la contemplación de su ahora solitario refugio de Giverny. Además, no ve, padece cataratas y no identifica los colores, solo puede conocer el color de los tubos de pintura por el número de serie. Pero le quedan muchos años por delante aún, e incluso, la recuperación de la vista, tras someterse a una operación de cataratas en 1923. 

Es en el mismo año de la muerte de su hijo, 1914, cuando estalla la Gran Guerra, y cuando su amigo Clemenceau —antes y después de aquel momento: Primer Ministro francés— le propone que elabore una gran serie de nenúfares en telas de grandes dimensiones, y que done algunas de ellas al Estado. El pintor no se sintió seducido por la segunda idea, la de la colaboración estatal, sobre la primera, la propuesta artística, no tuvo duda alguna y se puso manos a la obra. Con motivo del final de la guerra, Monet terminó por donar al gobierno ocho de estas grandes obras. En 1923, con la recuperación de la vista, retomó con vértigo la representación de su jardín, hasta que murió en 1926, en su casa, que hoy pertenece a la Academia de Bellas Artes de Francia. 

Monet_OrangerieUna de las salas de Los nenúfares, en el Museo de la Orangerie, París.

En París, su ciudad, amada en la lejanía, se encuentran hoy dos salas ovaladas en un edificio de reminiscencias oníricas. Se trata del Museo de la Orangerie, una galería de pintura impresionista en la Plaza de la Concordia. En ambas salas se encuentran expuestos, de la manera exacta en que quiso Monet, los ocho lienzos de grandes dimensiones de los nenúfares de su jardín. De dos metros de alto cada uno, el mayor se extiende diecisiete metros de largo, por seis que alcanza el más pequeño de ellos. Enlazan unos con otros en una panorámica mareante, pero grata de circular. Las salas de Los nenúfares de la Orangerie se ven impregnadas de una atmósfera extraña, como de templo o lugar de meditación, una especie de sala de espera mágica donde queda aparcado el tiempo y se ingresa con todos los recuerdos de una vida a flor de piel. Tiene lugar allí una invitación contradictoria para quien se interna entre tales paredes y pinturas: la de cerrar los ojos y sentir la frescura y el sonido de unas aguas irreales, y la de no querer cerrarlos y zambullirse en los hipnóticos reflejos sobre los que flotan las flores exóticas de Monet.

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