El dolor de una vieja herida

Don Draper apagó el televisor y su primer pensamiento fue, de nuevo, de asombro por lo mucho que se le parecía el actor que habían elegido para contar su historia, o mejor dicho, parte de su historia. Aquel tal Jon Hamm debía ser algo más alto que él, pero su rostro y muchas de sus expresiones eran muy parecidas al aspecto y los gestos que él tuvo en los ya lejanos años sesenta. Era fascinante, porque nunca había estado con ese hombre. Lo que quería decir que la única vez que había contado sus desventuras como publicista de Madison Avenue, la noche previa al entierro de Sally, en el otoño de 1994, lo debía haber hecho con la precisión y la sugestión de los viejos tiempos. Su confidente fue el único de los asistentes al velatorio que parecía tan fuera de lugar como él, un tipo joven, de unos treinta, que decía ser escritor pero que estaba metiendo la cabeza en el mundo de la tele. Eso fue lo segundo en que pensó Don después de apagar el televisor y haber visto a su personaje meditando y sonriendo en una especie de comuna hippie de pago, en la que él nunca estuvo; pensó en la noche del entierro de Sally y aquella larga conversación con un desconocido, el relato de unos años de su vida que se había acabado convirtiendo en una de las series televisivas más seguidas del país, e incluso del mundo. Era imposible dejar de sorprenderse por lo que puede deparar la vida —pensó—, incluso cuando, como él, se está cerca de cumplir los 90. Habían pasado más de veinte años de aquella noche, y más de cuarenta desde que pasara por última vez a un bar y tomara una gota de alcohol. Mucho tiempo, que tocaba a su fin en aquel momento. Sabía que abajo, en la calle, estaría esperándole el hombre que llevaba siguiéndole dos semanas. Don se peinó el poco pelo, ya de un gris claro, que le quedaba, el justo para impedir que fuera considerado un hombre calvo; se puso una camisa blanca y un jersey fino, porque aunque, a esas alturas del año, hacía calor en Nueva York, cuando salía a dar su paseo nocturno, siempre acababa teniendo algo de frío. 

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Así era: al salir del portal allí estaba aquel tipo. Mediana edad, sobre los cincuenta y algo, no demasiado alto, la nariz un poco respingona, la tez clara y delgado. Ni idea de quién podía tratarse. Don se acercó a su altura y rompió el hielo con calma.

No sé quién es usted —dijo Don—, pero está claro que quiere algo de mí. Acompáñeme, hace más de cuarenta años que no piso un bar y puede que necesite ayuda.

Se sentaron en la barra. A Don le costó un poco auparse al taburete. El hombre le ayudó tímidamente, cogiéndole del brazo.

¿Qué quiere tomar? —preguntó el desconocido.

Hace cuarenta y dos años que no pruebo una gota de alcohol, pero esta noche voy a recuperar un viejo placer; sírvame un old fashioned, por favor —dijo Don al camarero, que no tardó más de un minuto en tenerlo listo. Miró un segundo el vaso delante de él. Luego dio un trago pequeño y lento, como con miedo a recordar demasiado de golpe algo más que un sabor.

Supongo que sabe quién soy, y que quiere saber algo más. Abra fuego, amigo.

¿Qué le ha parecido la historia que han contado de usted?

Más entretenida para el resto que para mí. 

¿Por qué han utilizado su nombre real, Don Draper? No lo han hecho con el resto de los personajes.

Quién sabe. Tal vez porque ya era un nombre inventado. Debe ser una especie de broma, o de homenaje…  Aunque se equivoca en una cosa, no les han cambiado el nombre a todos los que existieron realmente; mi hija también se llamaba Sally, tal y como aparece en la serie.

¿Cuánto hay de verdad en la historia?

Bastante.

¿Y de invención?

Bastante.

¿Se da cuenta que usted y yo somos las únicas personas en el mundo que sabemos que lo contado es real, que usted existió de verdad?

Y sigo existiendo, hijo.

¿Cómo puede ser?

Supongo que porque no somos los únicos, al menos una persona más lo sabe… el creador de la serie. De esta manera, puedo responderle a dos interrogantes: por qué lo sé yo y por qué lo sabe él. Yo lo sé porque soy yo, es evidente. Y el tipo que lo ha llevado a la televisión sabe lo que yo le conté, pero no puedo asegurar si lo consideró o no real. Para lo que no tengo respuesta es a por qué lo sabe usted… —Don dio un nuevo sorbo a su vaso y miró por primera vez a los ojos a aquel hombre.

Yo lo sé porque mi madre me habló de usted. Me habló de Don Draper. Le conoció en la agencia y me contó su historia, que es parte de la mía —Don guardó silencio, escrutando el rostro de su acompañante—. Tranquilo, Don, no soy hijo suyo; al menos eso creo. Tan solo quisiera que me hablará de aquel tiempo. Qué hay de real en lo que han puesto por televisión. Y qué fue usted…

«Muchos nunca existieron —comenzó a decir Don, después de un minuto—, pero otros sí lo hicimos. Lo hice yo con el nombre de Dick Whitman hasta que le robé la identidad a otro hombre. Eso ya sabe cómo fue, lo habrá visto en la televisión. Regresé de la guerra y traté de empezar de cero, pensando que eso era posible; oculté todo lo que tenía que ver conmigo antes de Korea. Pero el pasado nunca te abandona. La vida no es como una calculadora, en la que puedes hacer borrón y cuenta nueva con solo pulsar una tecla. Este vaso, este bar, esa maldita serie de televisión… ¿puede creerlo?… ¡una serie de televisión! —musitó Don con una sonrisa—… y usted, esta noche, lo ponen de manifiesto. Un hombre lleva su vida a cuestas, para siempre.

»¿Sabe?… la parte más íntima de mi historia está muy bien contada, de manera muy fiel. Siempre lo más truculento deja un impronta más fuerte. Yo hice aquellas cosas horribles. Me inmiscuí sin ningún permiso en la vida de una persona maravillosa, tal vez la más hermosa que jamás haya conocido, la viuda del verdadero Don Draper. Y en lugar de pagar una pena por ello, me vi recompensado por un afecto excepcional. También son ciertos los estragos producidos por la farsa que levanté, incluidos los más indignos. Abandoné a mi hermano pequeño, lo hice dos veces. No creo que haya herido a nadie jamás como le herí a él. Ni siquiera a mi primera esposa, que no se llamaba Betty, ni murió de cáncer antes de cumplir los cuarenta, y que era mucho más bella que la actriz de la serie. Imagínese… Ni siquiera a ella le hice tanto daño, aunque le rompí el corazón y la poca autoestima que tenía, resquebrajando el cristal de su vida de pecera. Pero no la dejé morir sola, ni me hubiera comportado jamás ante sus últimos momentos como me dibujan en la serie, con tal falta de sensibilidad, recibiendo la noticia de su enfermedad poco más que como cuando te dicen en la zapatería que no tienen tu número del modelo que querías. En cualquier caso, la imagen más turbia del Don Draper televisivo no puedo decir que sea injusta conmigo, es posible que sea bastante complaciente… Es difícil vivir sin saber quién eres, o quién quieres ser, pero puede ser más difícil vivir sabiéndolo.

»Hubo muchas mujeres. Lo digo sin presunción, casi con vergüenza. Pero la mayoría de las que aparecen en televisión son inventadas. Me casé dos veces, eso es cierto, primero con alguien como Betty, y más tarde con alguien como Megan. Ninguna de las dos vive ya. Hacerse tan viejo no tiene nada bueno, créame. Y es mentira aquello de que quienes viven más rápido se consumen antes; míreme a mí, viví muchas cosas, muy rápido, se lo aseguro, y aquí sigo, acudiendo de lejos a los entierros de gente que decidió olvidarme. Yo no puedo hacerlo, olvidar. Qué más da… Fueron dos mujeres extraordinarias, mis dos esposas. Pero las traicioné una vez y otra, de una y otra manera. En fin, las mujeres… Hubo una parecida a la señorita Menken, cuya muerte me sorprendió de manera muy similar a la historia de la tele. Y una señorita Farrell, dulce, tan dulce… a la que dejé dentro de un coche como quien se olvida el sombrero. Y también una vecina solitaria, de quien solo puedo recordar su vergüenza cuando mi Sally descubrió la peor parte de este padre que le tocó en desgracia. Pero no hubo ni psicólogas, ni esposas de cómicos célebres, ni artistas drogadictas. Todo eso es invención, como el amor. Aquello de que el amor es un invento de tipos como yo para vender medias de nailon, es cierto. Así lo conté y así lo creo. A veces yo mismo creo que puede llegar a ser otra cosa. Sin embargo, siempre triunfa la misma conclusión: si el amor fuera lo que se dice de él, una fuerza tan poderosa, hace tiempo que el mundo sería de otra manera. Y es una porquería. El amor es solo una idealización del deseo. Cuando el deseo se acaba, el amor no importa, es solo la postal de una vieja creencia. 

»En aquella época, Madison Avenue no era el lugar propicio para hacer amigos, pero la mayor parte del mundo acababa haciéndolos. Excepto yo. Era lo que hoy llaman “un tiburón”. Tenía más talento que la mayoría, no se lo voy a negar. El anuncio de la Coca Cola fue idea mía, aunque no conste en parte alguna. Le di el concepto a los desgraciados de McCann durante la época final de mi etapa allí, pero el contrato lo firmaron después de que yo me fuera. Es un anuncio que no me gusta. Hice cosas mucho mejores. Aquel fue un trabajo dependiente de su tiempo, con fecha de caducidad. Aunque, la verdad, el trabajo era lo de menos, lo que me importaba era el dinero. Hacer publicidad era fácil, hacer dinero, dinero a lo grande, era más complicado. A fin de cuentas eso era lo que me gustaba a mí. Me gustaba mi chevy y mi ático en el Upper East Side. Pero después de todo, lo que más me gustó fue el tiempo, el tiempo y la libertad que compré para el resto de mi vida con todo el dinero que hice entonces. Todavía vivo de eso, y de mucho más que supe hacer después. El dinero no sale del trabajo, sale del propio dinero. Es una de las cosas más injustas de este país, aunque no lo fuera para mí. Pisé a quien hizo falta, me acompañó la suerte y un día tenía un millón de dólares. Después ya no tuve que trabajar más, solo hacer que otros lo hicieran, y sumé el segundo millón, y luego el tercero. Y así hasta hoy. La triste paradoja es que no tengo nadie a quien dejar herencia. Sally fue mi única hija. No hubo más niños. En la serie soy padre de tres. En la realidad solo lo fui de ella, y la perdí, de la peor manera. Vi consumirse a mi hija, a lo lejos, como siempre estuve, incluso cuando creí que estaba a su lado. Las drogas, ¿sabe?… y el SIDA. Fue el golpe más duro de mi vida. Desde que se fue no hay un solo día que no haya fantaseado con dejarme caer al vacío pensando en ella, repitiendo su nombre, Sally, Sally, Sally… Pensé que en la serie me acabarían lanzando por una ventana de esa manera. Pero no tuvieron valor de hacerlo, solo fantasearon con ello, en la portada de cada capítulo, como yo lo hago cada día…

Don había estado más de una hora hablando. Terminó su copa cuando acabó de hacerlo de Sally. No ha estado mal —dijo después del último trago—. Y bien, amigo, ¿ha encontrado alguna de las respuestas que buscaba?

¿Qué hay de Peggy Olson? —dijo el hombre—. ¿Quién fue?

Sospecho que me lo podría decir usted…

Sí, pero usted la conoció mucho antes que yo. 

Imagino que se refiere a Tess. ¿Es usted su hijo?

Llegué a serlo.

Don le dedicó una mirada, tratando de entender por dónde iba aquel hombre, sabiendo realmente por qué venía.

¿Qué quiere saber de ella?

¿La convenció usted para que me diera en adopción?

Sí, lo hice. Tal y como vio en la tele.

¿Y mi padre biológico?

Hasta donde sé, sigue vivo.

¿Fue un compañero de trabajo?

Sí, pero no alguien como Pete Campbell. Algo más noble, tampoco mucho. 

El hombre se le quedó mirando, sin decir nada. Don sacó un bolígrafo del bolsillo de su camisa y escribió un nombre en una servilleta. Dobló el papel y se lo dejó al hijo de Tess sobre la barra, junto a un billete de cincuenta dólares. Y se levantó, despidiéndose con un simple “buena suerte”.

¿Siente nostalgia, echa de menos aquella época? —le preguntó el hijo de Tess a Don, antes de dejarle marchar.

Solo conservo uno de los productos que ayudé a vender —respondió Don, de pie a un par de metros de él—, el famoso carrusel de diapositivas de Kodak. En griego, “nostalgia” significa dolor de una vieja herida. Te punza el corazón mucho más fuerte que un simple recuerdo. Nos lleva al lugar donde nos duele ir de nuevo, al lugar donde sabemos que nos aman… No echo de menos una época. Echo de menos a las personas, como a tu madre. Sentí mucho su pérdida, créeme, hijo.

Don se marchó definitivamente del bar, bajo la mirada de aquel hombre que era de las pocas personas en el mundo que sabían de su existencia real. Creyó, sin reservas, las palabras de Don sobre lo mucho que había sentido la muerte de su madre. Lo sabía porque le había visto un par de años antes, en el funeral de ella, a lo lejos, como un espía, llorando sin que nadie reparara en él.

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