Cinema Paradiso, cuando todos los recuerdos duelen

Hay quien dice que la mejor secuencia final de la Historia del cine es la de Cinema Paradiso. Es algo imposible de discernir. No se puede saber cuál es el mejor final jamás filmado, porque no lo hay. ¡Son tantos y tan necesariamente diversos! Dejémoslo en que el de la película de Giuseppe Tornatore se encuentra entre los mejores momentos previos a un Fine-TheEnd-Fin. Antes de continuar leyendo, si aún no ha visto este clásico moderno, véalo, y luego vuelva sobre estas líneas a ver si comparte algo de lo dicho en ellas. Véalo, también, porque no quiero chafarle el gusto de desvelarle la trama y el final de una película en la que uno debe sumergirse sin conocimiento del riesgo emocional al que está expuesto. Hecho el aviso, sigamos donde nos quedamos, en el final de Cinema Paradiso

cinema paradisoAlfredo y Totó (Salvatore), viendo el cine en la plaza.

Salvatore, un exitoso director de cine de mediana edad, entra en una sala de proyección vacía para ver unos rollos de película que un viejo amigo y maestro le ha dejado al morir. Un travelling se acerca hasta su primer plano. Vemos cómo su rostro lo domina un gesto de asombro máximo, cómo se retuerce inmóvil en la butaca de la sala vacía, ante lo que acaba de descubrir. Tornatore genera la máxima expectación. Es el anuncio de un salto mortal. El contraplano ha de mostrar el objeto de estupor del protagonista. ¿Qué será? Resulta imposible imaginarlo antes de verlo, y no parece alejado de la realidad considerar que no va a conseguir corresponder a la expectación generada. Pero lejos de defraudar, el contraplano se muestra y nos convierte a los espectadores en el propio Salvatore, haciendo que nos retorzamos con un nudo en la garganta ante lo que acabamos de descubrir: una antología de besos y recuerdos que cierra de manera inconsolable una de las películas mayores de amor al cine y sobre el dolor por un pasado idealizado.

A quien no se le haya escapado al menos una lágrima con dicho final, es que tiene un serio problema psicológico. Es difícil contener la emoción durante varias secuencias a lo largo de la película, pero el final es demoledor. Cinema Paradiso es una película lacrimógena hasta decir basta. Eso es así. Explota al máximo la empatía sentimental del espectador. Es una película extrañamente catártica, porque no hace que te sientas bien sintiéndote mal, como es la regla, sino que deja un poso de amargura que no se deja enjuagar. Conozco a quien ha decidido no verla más, que no la puede soportar por lo visceral de su emotividad. El exceso de sentimentalismo es la crítica principal que sus pocos detractores le achacan. Yo no creo que sea un error. Es una película de sentimientos encontrados, con recursos universales que mueven a la afección: el viejo amigo fallecido, el amor de juventud perdido, la despedida y el abandono, las ruinas del pasado. Pero eso no es malo, la muerte y el abandono, la pérdida de la inocencia y la nostalgia no están trampeadas en el film de Tornatore. Más al contrario, no son jugadas como cartas morbosas, sino que están abiertamente idealizadas, tan puras en su concepto, que la historia tiene la fuerza de las viejas leyendas o los cuentos infantiles. Puedes creerlo o no. Puede atraparte la historia o no. Si después te da vergüenza que lo haya hecho, si has sucumbido al cuento de Alfredo y Totó —y a la música de Ennio Morriconne— no culpes a la cinta, no excuses que te han engañado. Si haces algo así, serás tú el que estarás tratando de engañarte.

Cinema Paradiso utiliza todos los recursos de un tipo de cine anestesiante y evasivo, pero para terminar por llevarnos a un objetivo que nada tiene de huida. Es una de esas películas que nos ponen contra las cuerdas, que nos recluyen como espectadores, que preferimos ver en soledad, para enfrentarnos sin vergüenzas a los propios fantasmas. Porque la mayoría hemos tenido un amigo y un maestro vital, pero pocos uno como el proyeccionista Alfredo, que nos diga: “No quiero oírte más, sólo quiero oír hablar de ti”. Porque la mayoría hemos tenido un amor de juventud, pero pocos tan feliz y tan roto como el de Totó por Elena. Porque todos hemos tenido un sueño de infancia, pero apenas ninguno conseguimos materializarlo en la vida adulta. Cinema Paradiso nos hace enfrentarnos al dolor de lo que hubiera podido ser nuestra vida de haber sido algo más fácil que la vida real, porque la vida, como le dijo Alfredo a Totó… “la vida no es como la has visto en el cine. La vida es más difícil”.

Cinema Paradiso solo tiene una cosa mala: una versión extendida. En 2003 se editó una nueva versión de la película con cincuenta minutos añadidos, en los que se incluye el desarrollo de una subtrama —la amorosa— que viene a desvirtuar la magia y gran parte de lo reflexivo y evocador que tiene la historia en su versión original. No la vean. Es mi consejo. No les aportará nada que les guste ni les valga; al menos, no lo hizo conmigo, y me consta que no suele hacerlo con nadie. En cualquier caso, la decisión queda bajo su responsabilidad. 

Cinema Paradiso es cine sin complejos, excesivo, portentoso, apto para todo tipo de corazones, endurecidos o por endurecer.

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