Un cartel en bicicleta: Toulouse-Lautrec y el ciclismo

Henri de Toulouse-Lautrec tenía los brazos pequeños, las piernas grandes y el corazón enorme que se le desbocaba del pecho cada noche. Y tenía, además, un trastolillo burlón en el estómago que se le despertaba cuando el sol comienza a declinar, y que le empujaba, de forma indefectible, a las luces, a la música, a las mujeres, a la vida. Porque yo soy feo, pero la vida es hermosa. Y si eso no es la mayor declaración de hedonismo que jamás se haya dicho, yo ya no sé lo que será…

Y, además, le encantaba el ciclismo. ¿El ciclismo? Sí, sí, el ciclismo.



El pintor de la bohemia, el retratista de las prostitutas, el emperador de Montmartre, el hijo de la absenta servida en copa fina con un poquito de azúcar… ¿se lo imaginan viendo una carrera de bicis? “Jamás conocí una escuela mejor para los hombres que el ciclismo. La bicicleta debería ser obligatoria en todos los colegios”, llegó a decir. Claro que hablamos de un momento especial, en el que los velódromos eran cabarets a la luz del día donde se hablaba, se reía y se bebía todo lo bebible hasta que la noche, obstinada, volvía a traer la fiesta a los arrabales del Pigalle.

Y es que en el París de principios del siglo XX los velódromos eran lugares de encuentro social donde no solamente (y no principalmente) se iba a ver deporte, sino, sobre todo, uno acudía a relacionarse, a dejarse ver. Un postureo a la sport, vamos. Más aún, cada clase social tenía su velódromo predilecto, ese al cual acudían todos sus conocidos, el que poseía un ambiente más adecuado a lo que buscaban. Y el velódromo de Montmartre, el de los cabarets, y las bailarinas, y los borrachos dormidos, era el Buffalo.

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Litografía Cycle Michael, 1896 / Henri de Toulouse-Lautrec.

El Buffalo, llamado así porque se levantó sobre los terrenos de Neuilly sur Seine donde había estado el circo de Buffalo Bill durante la Exposición Universal de 1889, era propiedad de Clovis Clerc. ¿Suena el nombre? Seguro que si decimos que era el dueño del Folies Bergères todo queda más claro. Íntimo amigo de Toulouse-Lautrec, por más señas, que pronto se convierte en un asiduo de su negocio deportivo, donde preparaba sus escapadas para su otro local…

De todas formas la bicicleta, las carreras de pista, parecían creadas para subyugar a un espíritu como el de Toulouse-Lautrec. Eran modernas, eran fugaces, eran rápidas y espectaculares. Eran destellos de luz, de color, piernas que se movían a enormes velocidades, maillots al viento, excitación, nervios, apuestas, jolgorio. Eran, a ojos de Henri, una especie de baile sin bailarinas, un Pigalle con fuegos artificiales en forma de ciclista, un espectáculo de rara plasticidad donde nuestro protagonista se encontraba como pez en el agua.

Henri de Toulouse-Lautrec Le chaîne Simpson, 1896
Le chaîne Simpson, 1896 / Henri de Toulouse-Lautrec.

Y el ambiente, claro, ayudaba. Porque el avispado Clerc puso pronto como director de su velódromo a otro amigo de Toulouse-Lautrec, el inolvidable Tristan Bernard, un golferas entrañable, un abogado de prestigio, un bebedor impenitente y un poeta de versos que rechinan en los oídos más entrenados. Otro hedonista amante de la bohemia, de las fanfarrias, del champán, que cuando fue apresado por los nazis en su domicilio, casi medio siglo después, tuvo la fortaleza de espíritu de decirle a su mujer las siguientes palabras: “no llores, querida. Antes vivíamos en el miedo, a partir de ahora lo haremos en la esperanza”. 

Fue Bernard el que convierte al Buffalo en centro de la bohemia parisina, en Montmartre sin pilluelos, en cabaret sin bailarinas, en molino sin aspas de piernas al aire. O con las únicas piernas de los ciclistas, vaya.

De todas formas, la afición de Toulouse-Lautrec venía de antiguo, de cuando, como joven reportero (en realidad joven bon vivant que aún se creía aristócrata en lugar de burgués decadente) había acompañado a la selección francesa de ciclismo a una gira realizada por Inglaterra. Allí todo impresiona al imberbe barbudo: las luces, el olor a linimento, los sonidos, el jovial ambiente festivo de los velódromos. Se ensimisma observando el enérgico acto del masaje tras el esfuerzo, esa nueva danza entre el asistente y el ciclista que encuentra enigmática, evocadora. Se enamorará de la bicicleta como se enamoraba de tantas cosas el bueno de Henri. Pero la bicicleta, con más corazón que muchas bailarinas, le corresponde.

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Tristan Bernard en el Buffalo, 1895 / Henri de toulouse-Lautrec.

Y él a ella, claro. Porque Toulouse-Lautrec también pinta bicicletas, también tiene la suprema coquetería de mostrar a su amigo Tristan en mitad de la inmortal pista de Buffalo, en uno de sus carteles más estéticos, más icónicos. También uno, por qué no decirlo, de los más melancólicos, con el hombre solitario plantado, brazos en jarras, sobre la madera que los de Montmartre sentían como suya. No será la única vez que el pintor inmortalice bicicletas en sus lienzos, en sus carteles. Retratará sobre su velocípedo a Aristide Bruant, realizará más ensayos sobre la estética del ciclismo más adelante, tanto en ruta como de carretera, e incluso llegará a esbozar un nuevo modelo de bici contando con los planos de un amigo inglés…

Porque aquello era, repetimos, Montmartre. Allí se iba a ver las carreras, sí, pero sobre todo a hacer tiempo hasta que abriesen el Moulin Rouge, el Folies Bergère. A beber ingentes cantidades de alcohol, como aquellas que acababan tendiendo al dipsomaníaco de Toulouse-Lautrec sobre las gradas, tumbado, durmiendo y roncando feliz mientras las finas ruedas silbaban a pocos metros en la pista. Allí había música en directo, estaban todos los rostros que había que conocer, a los que había que adorar, de esa ladera rojiza que corona el París norteño. 

TolouseLautrec_Bruant à Bicyclette_1892
Bruant en bicicleta, 1892 / Henri de Toulouse-Lautrec.

Las luces del Buffalo se fueron apagando poco a poco, hasta que terminó cambiando de emplazamiento tras la Primera Guerra Mundial. Entrábamos en otros momentos, en otros rostros. Venía Hemingway, también furibundo aficionado a este deporte, llegaba el jazz (se dice que la primera vez que esta música sonó en Europa fue en una competición de pista en el nuevo Buffalo), las apuestas subían, en Montmartre se empezaba a hablar de surrealismo, de Ernst, de un chico español que tenía una mirada nueva y que todo quería saberlo, Pablo se llama, Pablo Picasso. Pero allí, sobre las ruinas del antiguo Buffalo, donde el bueno de Bill hacía sus demostraciones circenses, aun se recordaban los oropeles de los buenos años, las risas de las bailarinas cansadas por noches sin dormir, y la mirada tranquila, amable, enturbiada a veces por el alcohol pero siempre inteligente de un hombre tan pequeño que se acabó empeñando en convertirse en gigante. Gracias por todo, Henri, la siguiente va a tu salud.

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