Alfonsina: dispuesta a todo

“Me llamaron Alfonsina, que quiere decir ‘dispuesta a todo’”, le diría la poeta a su amigo Fermín Estrella Gutiérrez para, años más tarde, bajo la solemnidad de una noche cerrada, brumosa y sin luna, y haciendo honor a su nombre, dirigirse a uno de los espigones del Club Argentino de Mujeres de Mar del Plata con la determinación de arrojarse al mar.

Alfonsina Storni (Suiza, 1892 – Argentina, 1938) erigió su mundo psicológico en un entorno compuesto por un melancólico y alcohólico padre —“Que por días enteros, vagabundo y huraño / no volvía a la casa, y como un ermitaño / se alimentaba de aves, dormía sobre el suelo”— y una tristeza oculta, chirlo de la resignación femenina por madre: “A veces, en mi madre apuntaron antojos / de liberarse, pero se le subió a los ojos / una honda amargura, y en la sombra lloró”.

Alfonsina-StorniAlfonsina Storni.

Su madre tenía dificultades para enseñarle a decir la verdad. Alfonsina inventaba incendios, robos, crímenes que nunca aparecían en los periódicos, metía a su familia en líos y en una ocasión invitó a sus docentes a pasar las vacaciones a una finca imaginaria en las periferias de la ciudad. Storni se vería con posterioridad como una tormenta de “fantasía, tremenda viajera”. Con 14 años dejó de mentir para ocuparse de la muerte paternal, del fallecimiento de su padre. Su hijo, más tarde, será el único lazo, aparte de contadas amistades, que le proporcionará algún tipo de vínculo con el ser humano. Alfonsina pasó, por tanto, a dedicarse en alma y carne a alabar la literatura y la naturaleza en su escritura, su arraigo más hondo a la vida. Mitad huérfana, conectada con plenitud a su soledad, se defendió de las inclemencias vitales que la arrasaron con intensidad y determinación: “Hice el libro así: / Gimiendo, llorando, soñando, ay de mí”.

Mas antes de adentrarse a habitar la categoría de poeta de prestigio, Alfonsina transitó diversos puestos de trabajo: se desempeñó como mesera en el negocio familiar, fue actriz, maestra de escuela, mecanógrafa para una empresa de aceite de oliva, y para 1919 obtuvo una sección fija en la revista La Nota y más adelante en el diario La Nación. Storni se vio forzada a renunciar al empleo en la empresa aceitera por escribir poesía inmoral: en sus escritos perfila sus convicciones, esto es, una escritura combativa que defiende los derechos del género denominado femenino y descarga intensidad contra los arquetipos y tópicos que definen a la mujer que la rodea y que debiera ser. Considerada figura peligrosa, Alfonsina no era leída siquiera por las que pudieran ser sus aliadas. Nadie hasta el momento se había atrevido a alzar la voz como ella.

Centrándonos en lo que igualará con el tiempo a su nombre, la poesía, encontramos diversas opiniones sobre cómo dividir su obra. Una forma de entenderla sería partirla en dos mitades: una de corte romántico, visto desde una perspectiva erótica y sensual: mostrando resentimiento hacia la figura del varón, y una segunda etapa en la que se mostraría una poesía más abstracta y reflexiva. De otra parte, la crítica literaria clasificaría en tardorrománticos a los textos editados entre los años 1916 y 1925, y a partir del libro Ocre encontraría rasgos de vanguardismo y recursos como el antisoneto. Escribe y no lo deja nunca. Escribe, nerviosa, y mientras va mudando la casa, el apartamento por la pensión, la ciudad, la piel, un lado, otro: llora, sueña, cavila, deja caer los párpados. Empieza a enamorar a los artistas de la época, la obsesión entorno a su figura empieza a florecer, ya que lo que les brindara no se pareciera a nada que ya hubieran tocado antes. Sus composiciones reflejan, además, la enfermedad que padeció durante gran parte de su vida, y muestran la espera por el descanso último, sopesado a través del dolor y el miedo, entre otros estados afines.

Alfonsina nunca fue la mujer de quién. Fue más bien por aquel entonces la mujer que vivía como un hombre. Pasional, activa, feroz, vanguardista, frágil, fue de las primeras figuras femeninas en aparecer en los círculos vanguardistas de la argentina de 1920. La poeta siguió haciendo cosas poco comunes, y a los veinte años quedó embarazada por un hombre veinticuatro años mayor en edad y casado. Ella, ser libre como era y se vivía, resolvió llevar adelante la gestación como madre soltera. Y aquí proclama: “Yo tengo un hijo fruto / del amor, de amor sin ley, / Que no pude ser como las otras, casta de buey / Con yugo al cuello; ¡libre se eleve mi cabeza! / Yo quiero con mis manos apartar la maleza. / Yo soy como la loba, / Quebré con el rebaño / Y me fui a la montaña / Fatigada del llano”.

En 1922 se cruzó con Horacio Quiroga. Poeta enigmático de tupidas barbas y selváticos y abisales ojos: ingente conquistador. Alfonsina, con su tremenda sensibilidad, se sumergió en la profundidad de su mirada quedando anidada en él. Horacio la nombraría asiduamente en sus cartas, su mención la destaca de entre otras escritoras: “Anda por Buenos Aires una admirable criatura de dieciséis años, a cuyo recuerdo soy fiel en razón de una noche que cené en su casa, ocupando la larga hora en buscar con mi pie debajo de la mesa lo que, ¡oh Dios!, me fue acordado encontrar con ajeno beneplácito. Aún llegué a bajar la mano, en pretexto de corregir la servilleta, y la coloqué, con la curva precisa, sobre su rodilla, un momento, un solo momento”. Y el romance se desató.

alfonsina_horacio_quirogaHoracio Quiroga.

Quiroga resolvió mandarse a Misiones en 1925, pidiéndole a Alfonsina que le acompañara. Indecisa, consultó sus dudas al pintor, hombre sedentario y de hábitos ordenados como fuera Benito Quinquela Martín, el cual le dictaminó: “¿Con ese loco? ¡No!”.

En el verano de 1935, Storni supo la terrible noticia: tenía cáncer de mama. Fue operada, pero el cáncer no abandonó su cuerpo. La tristeza se fue apoderando de ella con el pasar de los días y el mar empezó a inundar sus poemas, ese mar anhelado, donde poder reposar su angustia y verla marchar despacio con el oleaje. A la temible espera del regreso de la ola, cada vez con más fuerza y estrépito, de la colisión contra la arena: “Dolor: / perder la mirada, / distraídamente, / perderla y que nunca vuelva a encontrar: / y, figura erguida, entre cielo y playa,  / sentirme el olvido perenne del mar”.

La muerte de Quiroga en 1937 la quebró, pero aún más, la de la propia hija del poeta meses atrás. La escritora cavilaba el suicidio como potestad de obrar por reflexión y elección, y así lo expresaría en dirección a su yerto amigo y amante: «Morir como tú, Horacio, en tus cabales, / y así como en tus cuentos, no está mal. / Un rayo a tiempo y se acabó la feria / Allá dirán…». Quiroga había vuelto a Buenos Aires de su exilio en la selva de Misiones para internarse en el Hospital de Clínicas por cáncer de próstata. El cáncer resultó ser terminal, con una dosis letal de cianuro de potasio puso punto y final. Los tres descendientes del escritor también acabaron en el suicidio, así como haría su amigo Leopoldo Lugones, al despedirse de la vida en el primer aniversario de la muerte de Horacio.

Como nos recitara Alejandra Pizarnik, Alfonsina había de partir: “no más inercia bajo el sol / no más sangre anonadada / no más formar fila para morir”. He de partir, sentenciaría Storni, en octubre de 1938, dejándolo todo preparado: una nota escueta para el periódico La Nación, Voy a dormir, y un pasaje sin retorno desde Buenos Aires a Mar del Plata. Y partió en cuerpo y alma: “Voy a dormir, nodriza mía, acuéstame. / Ponme una lámpara a la cabecera; / una constelación; la que te guste; / todas son buenas; bájala un poquito”. Alejandro Storni, su hijo, constataría más tarde: “soy yo”, y así quedaría sellado el pacto autobiográfico entre el poema y su identidad encontrada en los últimos versos: “Ah, un encargo, / si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido”.

alfonsinastorni

Éste último poema, ameritó el laudatorio de Ariel Ramírez y Félix Luna hacia Alfonsina: “Sabe Dios qué angustia te acompañó / Qué dolores viejos calló tu voz / Para recostarte arrullada en el canto de las / Caracolas marinas / La canción que canta en el fondo oscuro del mar / La caracola / Te vas Alfonsina con tu soledad / ¿Qué poemas nuevos fuiste a buscar? / Una voz antigua de viento y de sal / Te requiebra el alma y la está llevando / Y te vas hacia allá, como en sueños / Dormida, Alfonsina, vestida de mar.

A través de Epitafio nos cuenta que anda bien. Desde la orilla de allá nos quiere aliviar: “Aquí descanso yo: dice Alfonsina / el epitafio claro al que se inclina. / Aquí descanso / yo, y en este pozo / pues que no siento, me solazo y gozo”.

1937 y 1938: Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones y Alfonsina Storni. La diferencia entre las muertes de tres de los más grandes escritores de su tiempo resulta cuanto menos exigua, la noticia no pudo hacer otra cosa que desbordar hasta calar los huesos de la sociedad del momento.

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