Abebe Bikila y el Obelisco de Axum

Aksum (o Axum) es una pequeña ciudad de Etiopía que apenas alcanza los cincuenta mil habitantes; sin embargo, su historia es milenaria, como capital del Reino de Aksum, uno de los más importantes poderes comerciales del noreste de África desde el siglo I dC. Una de las muestras conservadas más importantes de su cultura es el Obelisco de Aksum, levantado en el siglo IV, con más de veinticuatro metros de altura. En 1937, las fuerzas invasoras del ejército italiano en la entonces Abisinia, expoliaron el monumento, de 1700 años de antigüedad, y lo llevaron a Roma, como trofeo de guerra para el gobierno de Benito Mussolini. El 28 de octubre de 1937, en conmemoración del aniversario de la Marcha fascista sobre Roma, se inauguró su emplazamiento en la plaza de Porta Capena. La invasión por parte de Italia de Etiopía, como parte de su extensión imperial, había encontrado la repulsa de los pueblos del mundo, pero la aquiescencia de las instituciones internacionales. La ocupación italiana solo cesó con la derrota del Eje en la Segunda Guerra Mundial. El Obelisco de Axum, sin embargo, continuó erigido en el centro de Roma.

Tres años antes del comienzo de la invasión fascista de Etiopía, un 7 de agosto de 1932, el mismo día que se disputaba la prueba de maratón en los Juegos Olimpicos de Los Ángeles, nacía en la aldea etíope de Mout, en el seno de una familia campesina, Abebe Bikila, quien veintiocho años más tarde escribiría, quizás, la más épica historia deportiva jamás habida. 

Abebe-Bikila-in-Rome-in-1-001_KeystoneUSA-ZUMA :Rex FeaturesAbebe Bikila, en Roma, 1960 / Foto: KeystoneUSA-ZUMA-Rex Features.

Abebe, hijo de una familia pobre con multitud de hermanos, partió a la capital, Addis Abeba, con 17 años, para ingresar en las filas de la guardia imperial. Quiso el azar que la fortuna de encontrar dicho empleo fuera más allá de la remuneración salarial que el joven perseguía; porque sería allí donde los planes de mantenimiento físico del cuerpo de guardias, que incluían su participación en competiciones atléticas nacionales, le pusieran ante los ojos de Onni Niskanen, un entrenador sueco que el emperador Haile Selassie había contratado para dirigir a la selección atlética del país. El sueco quedó impresionado por el potencial de aquel guardia que nunca había entrenado su forma física y que descollaba entre los talentos del país. Abebe Bikila comenzó a dedicarse profesionalmente al atletismo a partir de los 24 años. Y su eclosión como campeón y fenómeno de masas llegó por casualidad, fraguada en las vísperas de los Juegos Olímpicos de Roma. 

La única plaza con la que contaba Etiopía para participar en la maratón olímpica de 1960 parecía destinada a Wani Bitaru, la máxima figura del atletismo etíope; pero Bitaru se lesionó un tobillo mientras jugaba al fútbol, pocas semanas antes de la cita olímpica. Su baja la suplió Abebe Bikila, que apenas había corrido un par de maratones en su país y que era un completo desconocido en el mundillo del fondo internacional.

Bikila_Gamma-Keystone via Getty ImagesSalida de la maratón olímpica de Roma, 1960 / Foto: Gamma-Keystone Getty Images.

La maratón de los Juegos de Roma se programó para las horas finales del día, a fin de evitar el calor del sofocante verano italiano. Iba a ser una de esas noches mágicas para una ciudad acostumbrada a ser protagonista de la Historia, una ciudad que se había engalanado para mostrarle al mundo un esplendor de siglos que la reciente noche del fascismo no podía afear. Al atardecer los participantes del maratón, la prueba deportiva con mayor peso simbólico por su tradición milenaria, se congregaron en una difusa línea de salida en la Piazza del Campidoglio. Fue allí, en ese momento, cuando se comenzó a escuchar el nombre de Abebe Bikila. El solitario corredor etíope llamó la atención de sus competidores y de la prensa por presentarse descalzo, y confirmar que estaba dispuesto a correr de aquella manera. El gesto de poderosa naturalidad en la carrera de fondo más importante del planeta se iba a convertir en el símbolo de una victoria que trascendió al deporte.

Abebe, por supuesto, estaba acostumbrado a correr descalzo. Así lo había hecho desde pequeño. Las zapatillas con las que había estado entrenando en Etiopía se encontraban sumamente gastadas, hasta el punto de que le habían producido una úlcera. En las horas previas de la carrera recibió el nuevo calzado, se probó varios ejemplares, pero no terminaba de encontrarse cómodo. Por otra parte, su entrenador, Niskanen, insistía en que Abebe era más rápido cuando corría descalzo que cuando lo hacía calzado. De esta manera, la decisión no debió resultar complicada ni demasiado preocupante para Bikila: correría con los pies desnudos, como habían corrido siempre los hombres de su pueblo. Ciertamente, no necesitaba zapatillas, porque volaba. Y voló.

Bikila-Central Press:Getty ImagesBikila y Abdesselam / Foto: Central Press – Getty Images.

Abebe salió en la parte de atrás del grupo. En mente llevaba un número de dorsal al que seguir, el 26, que presuntamente portaba el gran favorito de la prueba, el marroquí Radhi Ben Abdesselam. La primera mitad de la prueba transcurrió a la par que el sol caía. Bikila se había situado con el grupito de cabeza, en el que no estaba ningún corredor con el dorsal 26. Cayó la noche y se encendieron las antorchas. La organización había dispuesto a lo largo de enormes tramos del recorrido centenares de antorchas que se sumaban a las luces de la ciudad eterna, convirtiendo el escenario en un lugar de repercusiones mitológicas. Y no se equivocaron, porque se iba a presenciar el nacimiento de un mito moderno. En cabeza se quedaron solos Abebe Bikila y un corredor más, con el número 185, un corredor que era en realidad el marroquí Abdesselam, que había cambiado su dorsal en el último momento, cuentan que para despistar a sus contrarios. Sin embargo, esta presunta astucia no fue suficiente para doblegar al desconocido etíope que estaba corriendo descalzo a ritmo de récord olímpico.

Fue en los últimos dos kilómetros cuando la magia de la noche romana quedó hechizada por los ritmos africanos. A un kilómetro de meta, Abebe Bikila decidió dar el ataque final que le distanciase de su rival. Y lo hizo justo a su paso junto al Obelisco de Aksum. Junto al monumento ancestral de su pueblo, robado por el fascismo, el hijo de campesinos se marchó en solitario del último de sus competidores, entre los destellos de las antorchas y los flashes fotográficos. Llegó a la meta dos horas, quince minutos y dieciséis segundos después de darse el pistoletazo de salida. No solo había ganado la primera medalla de oro de una Olimpiadas para un país africano, sino que había pulverizado el récord olímpico de maratón. Era una victoria incontestable que no cejaba de explotar en símbolos, porque el azar había querido que la meta donde se consagrase estuviera en el mismo Arco de Constantino, desde donde veinticinco años antes habían partido en desfile las tropas militares que marcharon a la invasión de Etiopía. Era un mazazo al fascismo tan fenomenal o más como las victorias de Jesse Owens en Berlín 36. “Quería que el mundo supiera que mi país, Etiopía, ha ganado siempre con determinación y heroísmo”, dijo el corredor al término de la prueba.

Bikila_roma_metaAbebe enfilando la meta en Roma.

La historia del corredor descalzo en la maratón de las Olimpiadas de Roma en 1960 se convirtió en un símbolo universal de superación y sacrificio para una gran parte del mundo, para otra fue algo más. En África no era símbolo de algo tan dulce, sino de algo más rabioso, de los deseos de un continente esclavizado que estaba luchando contra el colonialismo al precio que fuera necesario. La historia del hombre que había sido ese corredor descalzo que simbolizaba la fuerza y la dignidad de un pueblo que reclamaba el gobierno de su propio destino, comenzó a partir de entonces otra carrera… Abebe acababa de nacer de manera rutilante para el mundo del atletismo internacional. Tenía sus mejores temporadas por delante. Cuatro años después volvió a colgarse la medalla de oro en Tokyo 64, era el primer corredor que lo conseguía, y lo hacía volviendo a batir el récord olímpico. Esta vez, calzado, pero el mérito no era menor, pues Abebe corrió seriamente debilitado de salud, al haber sido operado de urgencia por una apendicitis aguda solo cuatro semanas antes.

Su carrera, no obstante, fue corta. Junto con los dos oros olímpicos participó en trece maratones más, una de ellas la de los Juegos de México 68, donde tuvo que retirarse lesionado antes de llegar a la mitad del recorrido. Pero su rendimiento fue incontestable, de los quince maratones que disputó, finalizó trece y ganó doce de ellos. Después del triunfo de Roma, se había convertido en Héroe Nacional de Etiopía, lo que probablemente le salvó de ser ejecutado por el emperador en diciembre de 1960, cuando fue apresado como sospechoso de haber tomado parte en un golpe de estado promovido por parte del ejército y la guardia imperial, bajo claves progresistas contra el absolutismo de Haile Selassie. El emperador debió pensar que no convenía convertir en mártir a un héroe de la patria. 

Abebe-Bikila-triumphant-005Abebe Bikila tras el triunfo en Roma / Foto: Mondadori – Getty Images.

En 1969, la desgracia puso final a su carrera. Conducía el Volkswagen escarabajo blanco que le había regalado el gobierno, cuando tuvo un accidente que le dejó paralítico de manera irreversible. Hacía solo un año que había tomado la salida en la maratón olímpica de México, la que probablemente hubiese disputado con opciones de victoria hasta el final si no hubiese estado lesionado. En los Juegos de 1972, en Munich, su aparición en silla de ruedas en el estadio olímpico conmocionó a los presentes, que rompieron en un atronador aplauso. El 25 de octubre de 1973, con solo 41 años, Abebe Bikila fallecía en Addis Abeba por una hemorragia cerebral, consecuencia del precario estado de salud que le había dejado el accidente de coche. En su funeral hubo cerca de cien mil personas.

El Obelisco de Aksum no fue repatriado a Etiopía hasta el año 2005. El 4 de septiembre de 2008 fue erigido de nuevo en su ubicación original.

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