Teatro de la ciudad (II): Medea

Sala abarrotada. Silencio y  expectación máximas. Como en Antígona, el público que se acercaba a La Abadía presagiaba un montaje tenso, incómodo, cimentado bajo la fuerza volcánica de su personaje central —en Medea no hay líneas argumentales paralelas o profundización en personajes secundarios como Creonte o Jasón—. Toda la acción pivota sobre ella. Así quiso Séneca y así quiere Andrés Lima, cuyo montaje bebe de la fuerza declamatoria de un dolor despojado de un mínimo contexto histórico.

“No hay mayor dolor que el amor” es la  frase escogida por el director para vertebrar su tragedia desde las profundidades del odio, el rencor —plenamente justificado— y la fría y meditada venganza.

Medea_TdlC Ensayos MEDEA_567©FotoLuisCastilla_elNorteCyCAitana Sánchez Gijón, ensayo de Medea / Foto: Luís Catilla/ElNorteCyC.

La percepción de la nodriza de que Medea urde una venganza contra su marido Jasón, tras abandonarla por otra mujer —la joven hija del rey Creonte de Corinto— da paso a la declamación de un dolor infinito. Rechazada por un hombre al que ayudó a conseguir el vellocino de oro, huyendo de la tierra de la que era heredera, y para ello asesinando y desmembrando a su hermano, esparciendo sus restos al mar para poder escapar de su propio padre; ese devastador lamento y humillación crean un personaje más allá de la racionalidad y el victimismo pasivo.

Viendo Medea comprendes al personaje, pero sus actos hielan la sangre de cualquier mortal. No es una venganza movida por la intempestiva irracionalidad. Es meditada, fruto de una mente trágica como pocos personajes pudieron tener en la historia de la humanidad. Es por ello que el personaje tiene tantos matices, alcanza registros y voces aparentemente contradictorios, como un gollum desdoblado entre la cordura al consumar su venganza asesinando a sus propios hijos o el determinismo de la misma, promovido por un nihilismo que ciega todo atisbo de cordura. Para ello se necesita una actriz mayor, capaz de sonar volcánica y transmitir un sufrimiento infinito, y a la vez, declamar una venganza calculada, con serenidad, casi frialdad. Es esto lo que sigue removiendo al público de sus butacas y la fuerza imperecedera de esta tragedia. 

Aitana Sánchez  Gijón no solo consigue componer una Medea doliente y vengadora. Su entrega física es superlativa, pero la gran aportación es dotar de una racionalidad casi mística su terrorífica acción. Gestiona, templa su sufrimiento y el espectador no pierde su interés hacia cada frase que espeta, como dagas mortales. Es por ello la sensación de inquietud y zozobra en el alma al acabar la función. Una interpretación construida desde las entrañas y a la vez extremadamente racional. Un milagro escénico.

No hay obra más allá de Medea y eso lo sabe muy bien Andrés Lima, quien se reserva los papeles de Creonte y Jasón con un aire casi funcionarial, casi despreciando el perfil de éstos en pos de una Medea que encierra al espectador en torno a su tragedia. Si puede considerarse tibia su actuación, Lima pone toda la carne en el asador en una puesta en escena intimista, con una tenue iluminación y sutiles acompañamientos de un bajo y música de Jaume Manresa acompañada del Coro de Jóvenes de Madrid, compaginando estridentes momentos —como la escena del hechizo— con otros de calma exterior en los que los diálogos se convierten en absolutos protagonistas.

MEDEA_©FotoLuisCastilla_elNorteCyCMedea, en Teatro La Abadía, 2015 /  Foto: Luís Catilla/ElNorteCyC.

También pude asistir al bar-encuentro que en la sala de arriba han creado los tres directores de este evento. Y constatas la enorme energía, grandes dosis de innovación y, tal como se denomina el acontecimiento… entusiasmo. Ninguna palabra puede definirlo mejor.

Tanto las dos piezas cortas del día, escritas por Miguel del ArcoLa manzana de la discordia y Pasión Pasifaes—, como el concierto breve a cargo de Fernando Velázquez y Compañía —mezclando la actuación de los compositores de películas como Lo imposible o El orfanato con temas de bossa nova—, ni mucho menos defraudaron.

La primera pieza presentó un juego de egos entre tres amigas y un camarero que se convierte en improbable objeto de deseo de todas ellas. Contado con ironía y diálogos que juegan con estereotipos sociales actuales, se puede ver la agilidad de del Arco para armar giros y diálogos brillantísimos, al igual que la siguiente, que narra en tono de comedia el enamoramiento de una mujer por el perro de su novio. Divertidísimo sketch con ecos de la obra La cabra, de Albee. Una gozada y un acontecimiento que debemos disfrutar y apoyar. Aún estamos a tiempo.

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