Robert Johnson y el blues del diablo

“Si quieres aprender a tocar lo que sea y a hacer tus propias canciones, coge tu guitarra y vete a un cruce de caminos. Ve ahí, e intenta estar un poco antes de las doce para asegurarte de no llegar tarde. Coges la guitarra y te pones a tocar un tema ahí sentado, solo. Tienes que ir solo y sentarte ahí a tocar un tema. Entonces un gran hombre negro llegará caminando y te cogerá la guitarra y la afinará. Después, tocará un tema y te la devolverá. Así es como aprendí a tocar lo que yo quisiera”.

Básicamente esto es lo que tiene que hacer un bluesman para venderle su alma al diablo con el fin de que éste le dote de una habilidad sobrenatural para tocar la guitarra. El consejo anterior se lo dio Tommy Johnson a su hermano, el reverendo LaDell Johnson, y así es relatado por este último. Esta práctica ocultista del Delta del Mississippi es la base de la leyenda del Johnson que nos ocupa, Robert Johnson, sin parentesco con los anteriores, pero uno de los más representativos intérpretes del blues primitivo de las décadas de 1920 y 1930.

RobertJohnson_Star Telegram ArchivesRobert Johnson, probablemente en 1937 / Foto: Star Telegram Archives.

De acuerdo con la historia difundida popularmente, Robert Johnson era un guitarrista de blues mediocre, del montón, y tras venderle su alma a Satanás en un cruce de caminos se convirtió en uno de los mayores expertos de este género de su época, mostrando una habilidad fuera de lo normal. Películas como Cruce de caminos (Crossroads) de Walter Hill (1986) han reflejado la anécdota y contribuido a difundir la por otra parte desconocida figura de Johnson.

Ciertamente poco se sabe de su vida, aunque su obra ha sido reivindicada por popes del rock como Eric Clapton, que hizo famosa una personal versión de su Crossroads Blues, o el mismísimo Keith Richards, que incluyó una preciosa revisión de Love in Vain en el álbum Let It Bleed de los Rolling Stones.

Todo ese folclore satánico y lo escaso y contradictorio de los datos sobre su vida que nos han llegado no han contribuido ciertamente a sacarle de las tinieblas del olvido. Nos han quedado 29 canciones grabadas en San Antonio y Dallas (Texas), en diversas sesiones que tuvieron lugar en 1936 y 1937, como testimonio de su grandeza como bluesman a la guitarra y de su capacidad para transmitir emociones a través de unos textos brillantes aunque poco accesibles. Y apenas tres fotos de él, con su guitarra, unos dedos largos como espátulas y mirada harto inquietante en el rostro.

De lo que no cabe duda es que tuvo una vida extremadamente corta pues murió a los 23 años, asesinado, dicen, por un marido celoso, pero tampoco existe una certeza absoluta sobre esto último. Tampoco hay acuerdo sobre dónde fue enterrado y además se pone en duda la autenticidad de su partida de defunción. Así están las cosas.

En lo que todos los que le conocieron parecen estar de acuerdo es en que llevó una vida nada ejemplar, ganándose la vida como músico ambulante de tugurios, y en que mostraba una afición desmedida por el alcohol y las mujeres. Sobre que las faldas le perdían da buena cuenta una parte importante de su repertorio en canciones que relatan su relación con el sexo bello desde distintas perspectivas: la abiertamente sexual, como en Terraplane Blues en la que describe el coito estableciendo un paralelismo magistral con las piezas de un automóvil, o la más sentimental de Love in Vain, donde el abandono de la amada le lleva a tristes reflexiones filosóficas.

Curiosamente, la otra gran temática de peso en su cancionero es la luciferina, algo que contribuyó no poco a alimentar la leyenda del cruce de caminos, y que desespera a críticos como Ted Gioia que llegó a afirmar que “para la mayor parte de los especialistas en blues, esta parte de la biografía de Johnson es una verdadera vergüenza; es el asunto más sonrojante del oficio”. Pero reconoce más adelante que la leyenda es lo que ha dado a conocer a este bluesman entre el público no iniciado en el estilo de los tres acordes: “¿Robert Johnson? ¿No es el tipo que hizo un pacto con el diablo?”.

Robert_Johnson_AutorretratoRobert Johnson, en el fotomatón, años 30 / Foto: Granger Collection, Nueva York.

Johnson nació en mayo de 1911 en Hazelhurst (Mississippi) y fue el undécimo hijo de Julia Major Dodds. A diferencia de sus hermanos y hermanas, Robert no era hijo legítimo, sino el fruto de una “época de soledad de su madre”, por llamarlo de alguna forma. El marido de Julia, Charles Dodds, tuvo problemas en Hazelhurst y se marchó a vivir a la ciudad de Memphis, y a pesar de que ella acabó reuniéndose con él más tarde, durante su ausencia mantuvo relaciones con un tal Hoah Johnson, el padre biológico del bluesman. Parece mentira que sepamos tan poco de la vida de Robert y que en cambio tengamos tanta información sobe los cotilleos que atañen a su madre.

La infancia del pequeño Robert tuvo un carácter nómada: su madre trasladaba el hogar de ciudad en ciudad en busca de una vida mejor e incluso habitaron un tiempo en un campo para inmigrantes. Durante una época recalaron en Memphis y vivieron con Charles, su amante de entonces y el resto de los hermanastros. Su madre se volvió a casar con un hombre llamado Dusty Willis y fijó su residencia en la zona del Delta del Mississippi. Aunque Robert Johnson vivió con ellos una temporada (en la que le apodaban “Pequeño Robert” Dusty) el desarraigo y la falta de lazos afectivos familiares ya formaban parte de su equipaje en la vida, y serían un tema constante en las letras de sus canciones.

El carácter ambulante de ciudad en ciudad y de mujer en mujer, aunque parezca el tópico del blues, es lo que define la vida de Robert Johnson. Cambiaba de apellido en cada lugar, utilizaba a veces Moore y a veces Spencer, o directamente motes, para huir u ocultarse de maridos celosos, de amantes despechadas o de acreedores. Esa sensación de persecución constante es la que transmite en los inquietantes versos de Stones In My Passway (Piedras en mi paso), en los que habla de “sus enemigos”: “My enemies have betrayed me have overtaken poor Bob at last”.

Sobre la vocación musical de Johnson, algunas fuentes le describen como un niño habilidoso tocando el arco de diddley, un instrumento muy rudimentario que consistía en un palo con una cuerda tensada entre dos clavos. Parece ser que se tocaba deslizando por la cuerda algún objeto de metal o de cristal, es decir, realizando un efecto parecido al de la técnica slide de la guitarra de blues.

El pequeño Robert era un chavalín que se colaba en los bailes de los sábados por la noche en los que se tocaba blues y aprovechaba para tocar las guitarras que aparcaban los músicos durante los descansos. Los veteranos bluesmen Son House y Willie Brown, a los que vio numerosas veces en dichos eventos, fueron un ejemplo y un modelo a seguir para él, aunque el propio House y muchos otros músicos se rieron y despreciaron los tímidos inicios musicales del joven Johnson, con frases como “no hagas eso, Robert. Estás volviendo loca a la gente. No sabes tocar nada”.

La evolución de esta anécdota parece el guión de una película, pero es un testimonio que viene avalado por el mismísimo Son House. Robert Johnson se ausentó de la zona del Delta del Mississippi durante algún tiempo (algunos dicen que meses otros que años, algunos dicen que estuvo en Arkansas otros que en su pueblo natal), y el caso es que estando House y Willie Brown tocando en la ciudad de Banks, entró en el local el pequeño Robert, con paso firme y seguro de sí mismo con su guitarra al hombro. Tras aguantar estoicamente las bromitas y risas, se sentó a tocar y dejó boquiabierto al auditorio: el chaval patoso se había convertido milagrosamente en un músico que dominaba a la perfección la técnica de las seis cuerdas y los distintos trucos del blues.

Aquí podríamos tener uno de los pilares que sostienen la leyenda de la venta de su alma al Diablo. Un joven torpón y sin gracia para la interpretación desaparece y vuelve al tiempo convertido en un consumado guitarrista. ¿No parece razonable pensar que Robert Johnson ha sido investido con algún poder sobrenatural? Con lo fácil que sería pensar que trabajó muy duro ensayando y fijándose en cómo tocaban los que sabían… pero la opción crédula y mágica siempre es la favorita de las mentes simples.

No obstante la versión satánica de la historia de Johnson tiene otros puntos de apoyo, como la abundante presencia del Maligno en su repertorio. Títulos como Hellhound on My Trail, Me and the Devil Blues, Crossroad Blues o Preachin´Blues (Up Jumped the Devil), ponen en evidencia su afición por toda la parafernalia de la pérdida del alma en los cruces de caminos a manos de seres diabólicos.

Sin embargo, puede que la figura diabólica a la que alude Robert Johnson en sus canciones no sea totalmente el Satanás/Principio del Mal del culto cristiano. Ted Gioia, en su magistral obra Blues. La música del Delta del Mississippi, sugiere que la mitología demoníaca del sur de los Estados Unidos tiene una parte importante de componentes de los cultos animistas africanos. Por ejemplo, es común entre muchos pueblos del continente negro el concebir los cruces de caminos como un lugar para realizar ofrendas, dado que es allí donde se supone que moran los dioses. De esta forma, las encrucijadas serían una especie de puerta entre el mundo físico y el más allá.

Robert Johnson poses with fellow blues musician Johnny Shines in the newly released photograph. Photograph- Robert Johnson Estate:Getty ImagesRobert Johnson (izquierda) con el músico Johnny Shines / Foto: Robert Johnson Estate/Getty Images.

Bhesham R. Sharma coincide con Gioia en que entre las comunidades baptistas afroamericanas del sur la figura del Diablo oscilaba entre la versión europea de la tradición occidental y el dios-trickster africano llamado Legba. Este ser, presente tanto en la santería cubana como en el vudú haitiano, posee poderes sobrenaturales y disfruta gastando bromas y rompiendo las normas. Sharma afirma que Legba alternaba lo profano con lo sagrado, pero que probablemente despertaba más afecto que miedo entre los creyentes, a diferencia del Demonio cristiano.

Además de estas posibles explicaciones de la presencia del Principe de las Tinieblas en las letras de Robert Johnson, nos encontramos con que él mismo fue por ahí alimentando el mito de la venta de su alma. Parece ser que así se lo contó a una de sus novias, apodada Queen Elizabeth, y al también guitarrista David “Honeyboy” Edwards. Sería quizá una forma de hacerse el misterioso e interesante, quién sabe…

Aparte del Diablo, los otros personajes que pueblan mayoritariamente los temas de Johnson son las mujeres. Por lo que se sabe de su corta vida, fue un mujeriego empedernido, lo que nos lleva a suponer que las historias y sentimientos que relata están “basadas en hechor reales” y no son una mera pirueta literaria.

Son distintos los enfoques que aborda en sus canciones sobre mujeres: el abiertamente sexual, el de la tristeza de la ruptura, el del hombre protector… Se expresa siempre con un lenguaje rico en metáforas y comparaciones que oculta dobles sentidos.

Es muy común, por ejemplo, que utilice objetos para hablar de sexo, como el fonógrafo o el automóvil de Terraplane Blues. En Phonograph Blues le canta a una tal Beatrice, anuciándole el fin de una relación sexual, pues aunque “lo hacían en el sofa y contra la pared”, ahora sus “agujas están oxidadas”, porque ella le ha puesto los cuernos con otro tipo: “My needles have got rusty, baby, they will not play at all / We played it on the sofa – and we played it ´side the wall / But my needles have got rusty and it will not play at all”. En el caso de Terraplane Blues traduce a la mecánica del automóvil el lenguaje sexual: “And when I mash down your little starter / then your spark plug will give me fire”.

La faceta de macho protector de una “débil mujer” aparece en Come on in My Kitchen. En este blues Johnson se dirige distante a una mujer repudiada que ha sido expulsada de casa invitándola a “entrar en su cocina”, es decir, acogiéndola en su casa y en su vida, como un ser superior capaz de curar sus males.

Pero sin duda el tema más bello de Robert Johnson es la sensible Love in Vain, un relato sincero sobre la ruptura con una mujer llamada Willie Mae, a la que alude en la letra. En esta ocasión prescinde de metáforas y se centra en contar cómo la acompaña a la estación para que ella tome un tren y le abandone.

Johnson no oculta sus sentimientos y su tristeza (“I felt so lonesome and I could not help but cry”) y lo inútil de su pasión por Willie Mae (“All my love’s in vain”). Particularmente bello es utilizar las luces traseras del tren que parte como imagen de su estado de ánimo: “When the train left the station with two lights on behind / Well the blue light was my blues and the red light was my mind”.

Keith Richards hizo la probablemente más hermosa versión de esta canción introduciendo un acorde menor en la rígida estructura del blues y dotándola con ello de un aire aún más melancólico. Cuenta la leyenda que no quiso hacer una versión idéntica por el respeto que tenía a la grandeza de Robert Johnson y que creó otra canción sobre ese mismo blues.

Sobre la técnica de interpretación de Robert Johnson, no es de extrañar que seguía la costumbre de numerosos músicos del Delta del Mississippi de utilizar afinaciones en acordes abiertos, es decir, afinar las cuerdas de la guitarra de forma que al tocar las cuerdas al aire suene un acorde. Es un tipo de afinación muy útil cuando se utiliza slide, un tubo de metal o cristal que se desliza por las cuerdas de traste en traste de la guitarra. Una parte importante de sus temas parten de una afinación abierta en La, aunque también hay algunas en Mi, en Re y en Sol.

Robert_A blues club near the crossroad of highways 61 and 49, where, according to legend, the musician Robert Johnson sold his soul. Photograph- Look Die Bildagentur der Fotogra:AlamyClub de blues cerca del cruce entre las carreteras 61 y 69, donde, según la leyenda, Robert Johnson vendió su alma al diablo / Foto: Look Die Bildagentur der Fotogra:Alamy.

Johnson fue un bala perdida que pasó su vida de ciudad en ciudad y de mujer en mujer. Solamente se le conoce una etapa de estabilidad, durante su breve matrimonio con Virginia Travis, a los diecisiete años. Pero la muerte de ella durante el parto de su hijo le proyectó para siempre hacia la carretera, moviéndose por lugares tan distantes como Arkansas, Missouri, Tennessee, Michigan, Illinois, Nueva York, Nueva Jersey e incluso Canadá.

Sus amigos y compañeros de viaje le describen como un borracho que con frecuencia entablaba peleas con hombres más fuertes que él en una ruta hacia la autodestrucción. El bluesman David “Honeyboy” Edwards dice de Johnson: “Le encantaba el whisky y estaba loco por las mujeres. Esas dos cosas le volvían loco. Y fueron su perdición”.

Un sábado de agosto de 1938 Edwards entró al garito de la localidad Three Forks donde entonces actuaba Robert Johnson y le encontró indispuesto e incapaz de actuar. Los clientes le animaban a que tomase más whisky para que se le pasará el malestar y pudiese tocar, pero como empezó a sentirse aún peor hubo que llevarle a la cama. Después de varios días vomitando sangre, falleció.

Sobre la causa de la muerte hay mucha controversia, como en todo lo relativo a la vida del bluesman. Se habla de sífilis e incluso se apunta a un posible envenenamiento por parte del marido de una de sus amantes. Lo cierto es que no es un final atípico para alguien que llevaba la vida hasta los límites.

Robert Johnson es uno de los músicos de blues más admirados y versionaados pese a su corta vida y lo raquítico en volumen de su obra. Si hubiese sobrevivido al destino que él mismo se impuso, a lo mejor estaría en el palmarés de los grandes bluesman que alcanzaron la fama mediática con el redescubrimiento del género en los años sesenta, como Muddy Waters o John Lee Hooker. Quién sabe…

* Este artículo ha sido reeditado digitalmente en Drugstore con el permiso de los amigos de LasDosCastillas.

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