Picasso (I): de una carta de menús a la eternidad

La juventud de Pablo Ruiz Picasso acabó el 17 de febrero de 1901, cuando tenía 19 años. Ese día, el joven Picasso se encontraba en Madrid, pero su mejor amigo, el también pintor Carlos Casagemas, un año mayor que él, se encontraba en París, donde se quitaba la vida de un disparo en la sien en el concurrido café Hippodrome.

Este hecho marcó poderosamente la carrera de la gran figura artística de la contemporaneidad. Picasso había destacado como un joven prodigio, demostrando una personalidad pictórica propia en ciernes, dejando muestras de un talento indiscutible pero en formación, que dependía aún de múltiples influjos, desde El Greco a Gauguin, de los clásicos al modernismo. Sin embargo, tras meses de un duelo particular por el amigo muerto, a finales de 1901 Picasso sorprendió con una primera serie de creaciones particularmente originales: las pinturas del hoy conocido como “Período azul”, que se inauguraría, precisamente, con la representación del Entierro de Carlos Casagemas —a la manera en que lo hizo El Greco con el Conde de Orgaz— y de dos retratos de Casagemas en su lecho de muerte. Picasso acababa de cumplir 20 años; en adelante, se sucedería la carrera artística más determinante del arte moderno, ampliamente divulgada. 

picasso_madreRetratos de la madre y del padre del artista, 1896 / Pablo Picasso.

Con esta temprana irrupción como personalidad distinguible desde los 20 años, se ha venido considerando el “Período azul” como momento simbólico del inicio de su carrera. Sin duda, la madurez del gran artista y sus primeros grandes logros comienzan con sus cuadros en azul, pero resulta interesante echar un vistazo por la historia del artista adolescente, por ese Picasso que no es aún Picasso, sino Pablo Ruiz Picasso, y luego Pablo R. Picasso, y finalmente Picasso, sin más necesidad de detalle.

Se conserva una enorme cantidad de trabajos y ejercicios del Picasso niño, como el dibujo a lápiz Hercules con su maza, de 1890, cuando tenía 9 años. Lo que pone de manifiesto esta maravillosa conservación de trabajos del Picasso estudiante, no es solamente el talento del chico, sino la determinación y la seguridad de unos padres sobre las capacidades del hijo. El padre de Picasso no era solo un aficionado a la pintura y las artes, sino un hombre íntimamente relacionado con el mundillo artístico y que se dedicaba profesionalmente a él, como profesor en varias academias artísticas y restaurador en museos. De esta manera, Picasso recibió desde niño una educación específica en artes, que hizo posible eclosionar al genio. Él mismo consideraba no haber contado con especiales dotes, pero sí con una especial atención educativa. No creía en el genio, y es famosa su frase sobre la “inspiración”, que prefería “que me encuentre trabajando”.

Picasso_Ciencia-y-Caridad-1897Ciencia y caridad, 1897 / Pablo Picasso.

Tras los primeros diez años de vida en Málaga, la familia Picasso se trasladó a La Coruña, donde el padre comenzó a trabajar en la escuela de arte “La Guarda”. En 1895, el adolescente Picasso ingresó en la Escuela de Bellas Artes de Barcelona, la ciudad que le indicará el camino hacia la modernidad. Estudió en Barcelona hasta 1897, allí murió el niño educado para convertirse en adalid del academicismo; y el padre del muchacho, que tantos esfuerzos había derrochado por ello, nada pudo hacer ante un ser dotado de una confianza y seguridad en su propio criterio, por arriesgado o marginal que se presentara, absolutamente arrolladora. En esta época, Picasso pintó dos de sus más famosos cuadros de juventud, y por contraste con lo que luego fue su obra, de toda su carrera: La primera comunión y Ciencia y caridad. El manejo de la técnica es incontestable, y también de la retórica que define el estilo de esta obras, muy en boga en aquel entonces, como pinturas de historia. Picasso tenía solo 15 años cuando pintó estos cuadros. Su padre, con todo, supo ver no solo al hijo superdotado, sino también al artista radicalmente independiente. Y por eso, para el curso 1897-1898 lo sacó de Barcelona y mandó a estudiar a la Academia Real de Bellas Artes de Madrid. 

Picasso_4Gats._Menu_._Picasso_1899Ilustración para la carta de menús de Els Quatre Gats, 1899 / Pablo Picasso.

En Madrid, Picasso acudiría a sus clases, aunque es difícil determinar si estuvo en las aulas más tiempo que en las salas del Prado, copiando a los maestros. De esta manera, no se puede decir que perdiera el tiempo en Madrid, y que esta experiencia no fuera determinante, al contrario, todo indica que fue entonces, con 16 años, cuando decidió independizarse, artística y personalmente. Abandonó la Academia en Madrid y se trasladó a Barcelona. Todavía los contactos de su padre le facilitarían el acceso al mundillo especializado, pero fueron sus propios méritos demostrados como joven genio académico los que le valieron premios y repercusión en exposiciones como la Exposición General de Arte de Madrid. Con poco más que su temprano prestigio y su capacidad de relación social, se inventó una pirueta que cualquiera consideraría un varapalo en toda regla, un salto hacia delante que le llevaba de una mención de honor en la Exposición General de Madrid a exponer sus obras en una cafetería recién abierta en Barcelona, para la que acabaría haciendo el dibujo de portada de su carta de comidas. El local Els Quatre Gats, abierto en 1897 como cafetería, se convirtió en centro neurálgico de la bohemia de la época; una especie de embajada del modernismo, donde exponían los nuevos pintores y se refugiaba lo más adelantado de la sociedad artística.

Picasso-muerte-casagemasLa muerte de Casagemas, 1901 / Pablo Picasso.

No obstante, el definitivo salto iniciático estaba por producirse, su destino: París. La conquista definitiva de la capital francesa —también capital emérita del arte europeo moderno— se materializaría aún unos años más tarde. Pero en 1900 Picasso comenzaría a avanzar posiciones sobre ella. En la Exposición Universal de ese primer año del nuevo siglo, fue aceptada una obra suya, titulada Últimos momentos, cuya historia de desaparición ha sido resuelta recientemente, con un final bello y estremecedor —que, sin duda, merece un artículo para ella sola—. Con motivo de este éxito, se traslada a París con su amigo Carlos Casagemas —el otro protagonista de la historia alrededor de Últimos momentos—. Los dos jóvenes pintores se asientan en el estudio de Isidre Nonell, pintor catalán del círculo de Els Quatre Gats, algo mayor que ellos. Viven y trabajan juntos unos meses en París, impregnándose del ambiente artístico, que incluía, como eje fundamental, la bohemia nocturna y alcohólica como forma de vida. El universo de los cabarets, los burdeles y los cafés se hizo de tránsito inevitable para todo artista emergente, incluso, para todo consagrado, ya fuera por gusto —en la mayoría de los casos— o por inercia. 

picasso_autorretratoYo, Picasso, 1901 / Pablo Picasso.

Sea como fuere, la suerte de los dos jóvenes pintores tomó caminos dispares: Picasso se vio favorecido por el mecenazgo del hombre de negocios Pedro Mañach, que le firma un contrato de dos años a costa de 150 francos mensuales, y más importante si cabe, le consigue su primera exposición en la Galerie Vollard. Mientras tanto, Casagemas caía prendidamente enamorado de una cabaretera conocida como Germaine Gargallo. Picasso, preocupado por el grado de trastorno que estaba alcanzando el enamoramiento de Casagemas, y el dolor por no ser correspondido, decide llevárselo por Navidad con él a Barcelona y a Málaga. Pero los caminos estaban definitivamente divididos: Casagemas regresó pronto a París, mientras Picasso se quedaba en Madrid, donde iba a fundar la revista artística “Arte Joven” —junto al escritor Francesc de Asís Soler—. De vuelta en París, Casagemas, absolutamente enajenado, aparece armado en el café Hippodrome, donde apunta y dispara contra Germaine, y a continuación contra sí mismo. Por suerte, falló el tiro sobre la joven, que resultó ilesa.

La muerte de su amigo más íntimo puso fin a la juventud de Picasso. Pasaron, bien es cierto, varios meses hasta que el malagueño comenzó su fructífera etapa azul, cargada de melancolía y dramatismo. Tal vez tuvo que vencer mucho más que el dolor por la pérdida de su amigo, porque durante esos meses de duelo y silencio, inició una relación, ni más ni menos, que con aquella Germaine, que acabaría apareciendo en tantos de sus cuadros. Picasso entraba en la madurez y nacía como artista cargado de la nostalgia de toda inocencia perdida, y también con los remordimientos, tal vez, de quien se siente culpable de un pecado íntimo o de una traición. Pero esa es ya otra historia, con su nudo —en la garganta— y su desenlace, escondido durante años. La dejaremos para otra ocasión, que bien pudiera ser la próxima entrega de esta serie.

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