Elegía por Jeff Buckley

Era valiente y frágil. Joven, demasiado joven para siempre. Todo en él era juventud, de la sonrisa al despiste, del llanto a los pájaros. Lo tenía todo de héroe trágico. Y demasiado talento. Tal vez fue eso, el exceso de un gran don, lo determinante. Ocurre a veces que la soledad, la inseguridad, la frustración, todo el dolor desbordante abruma pero se resiste; y que es el don, el talento extraordinario el que mata en su consciencia, el que aísla, el que le niega sentido al resto de las cosas, y el que pone en evidencia que toda la belleza del mundo, que lo más sublime que se sea capaz de producir puede no servir de nada, a veces, que la vida es otra cosa.

Jeff Buckley, con su cara de ángel, con su voz de ángel, dejó un exiguo legado musical: solo un disco de estudio, y un álbum póstumo de grabaciones en directo. Sin embargo, fue suficiente para que pasara a la historia de la música popular contemporánea como una de sus voces —en sentido general— más influyentes. Grace, su único disco de estudio, es una obra maestra incontestable que está en el altar de las grandes influencias del pop, rock, blues y de los más amplios estilos populares. Y el album Live at Sin-é, que recoge versiones de terceros e interpretaciones de sus propios temas, sentó igualmente cátedra en el campo del cover y de un estilo interpretativo caracterizado por el minimalismo y la exquisitez de la revisión. 

jeff_buckley_f_mary_jeromeJeff Buckley / Foto: Mary Jerome.

El descomunal talento demostrado en estas dos obras, le sitúan a Buckley como un auténtico prodigio. La particular brillantez de su interpretación en solitario, con su voz limpia y excepcionalmente flexible, junto al punteo de su guitarra eléctrica, le sirvieron para grabar algunas de las versiones más perfectas de la historia. La suya del Hallelujah de Leonard Cohen es aceptada como el mejor cover jamás grabado. Jeff Buckley alcanzó la perfección, depuró el tema de Cohen hasta hacerlo brillar con una emoción que solo contienen un puñado de los millones de canciones que existen en el mundo. Y ese brillo es una de las cosas que define a Jeff Buckley, su figura es como una de esas estrellas cuya luz nos llega después de haberse apagado. Alguien tan brillante que se consume mucho antes que el resto, y que deslumbra.

Desde niño, Jeff vivió bajo el devenir del héroe trágico. Tuvo y no tuvo padre, tuvo dos padres y no tuvo ninguno. Tuvo dos nombres y los tuvo en distinción de con quién convivía, como si él mismo fuera dos personas diferentes. Jeff era hijo de Tim Buckley, un famoso cantautor de los años 60 y 70, al que solo vio una vez, pero cuya figura lejana —es indudable— le marcó profundamente. Jeff se crió con su madre y con su padrastro, para quienes era Scott, o “Scottie”, como le llamaban en casa. Era su segundo nombre. Y el que utilizó, hasta que a los 10 años decidió comenzar a exigir que le llamaran Jeff; acababa de conocer en persona a su padre, y presentarse por su nombre de nacimiento fue un gesto en honor al nombre que el padre ausente había elegido. En su casa, no obstante, continuó siendo “Scottie”.

Tim Buckley fue un desastre como padre, en la más maldita tradición rockera abandonó a su familia y murió de sobredosis con solo 28 años. Ver las fotografía de Tim y de Jeff produce un escalofrío por el gran parecido de ambos. La misma cara fina y angulosa. Y quizás ese parecido multiplicó el poder de seducción del padre evadido sobre el niño de los dos nombres. Por eso que el primero de los capítulos en la leyenda del Jeff trovador resulte espeluznante: en abril de 1991, en la Iglesia de St. Ann de Nueva York, tuvo lugar un concierto homenaje a Tim Buckley; Jeff participará en él, interpretando cuatro canciones de su padre, será entonces cuando consiga hacer a su alrededor ese silencio hipnótico que se convertirá en marca personal. Todo el mundo calla y escucha, algunos cierran los ojos, otros no pueden apartar la vista de aquel joven que parece una resurrección mejorada del difunto homenajeado.

jeff_sin-eJeff, en el Sin-é, 1993.

El segundo de los capítulos de la historia del héroe Buckley tiene lugar también en Nueva York, los lunes noche del año 1993, en un pequeño local en el 122 de St. Mark Place, llamado Sin-é. El sitio no existe hoy más que en el terreno de la leyenda, y del recuerdo de quienes tuvieron la suerte de vivirlo. Jeff Buckley comenzó a ensayar sus canciones y versiones en este diminuto local, ante la atención de los pocos clientes que pasaban por frío o por despiste a tomar un café, y finalmente por gusto de escuchar al chico de aspecto angelical capaz de anular todos los ruidos y las voces a su alrededor. Fue allí donde dos viejos amigos de su padre, de la discográfica Columbia, sucumbieron a su extrañeza. 

El fichaje por la multinacional dejó el insigne Grace, diez canciones entre las que se encuentra la versión del Hallelujah. El disco le granjea el aplauso y reconocimiento incluso de los dioses y semidioses de la industria, de Bob Dylan a Paul McCartney. Pero también le ofusca. El sueño de estrella del rock se le vuelve angustioso. Jeff duda de su talento, se siente preso de las instrucciones del mercado, y huye, huye cantando y tocando por todo el mundo. En esa huída alcanza la plenitud y recobra la paz de maneras diferentes: dando el que considera él mismo el mejor concierto de su vida, ni más ni menos que en el Olympia de París; y posteriormente girando clandestinamente, con nombres inventados, por pequeños cafés, en los meses antes de su muerte.

Durante la primavera de 1997 comenzó a grabar el que iba a ser su segundo disco de estudio, titulado My Sweetheart the Drunk, en Memphis, la región del blues, la música de la tristeza. La tarde del 29 de mayo la pasó deambulando con un amigo, mientras esperaban la llegada del resto de miembros de la banda. Acabaron en la rivera del Río Wolf, un afluente del Mississippi, escuchando música de un pequeño radiocasete. A la hora del crepúsculo, sobre las nueve de la noche, Jeff se acercó a la orilla del río, dejó el reproductor cerca, sonando el Whota Lotta Love de Led Zeppelin, y se adentró en las aguas, con la ropa puesta, y comenzó a nadar río adentro. Jamás se le volvió a ver con vida. Días después hallaron su cadáver.

Nadie sabrá jamás si fue un accidente o un suicidio. Todo lo que quedará será la historia de un ser con un talento de extraordinaria sensibilidad, una historia construida sobre hechos de significados ambivalentes. La historia de Jeff Buckley tiene todos los componentes de una vieja leyenda triste, el hijo y el padre, el hombre con dos nombres, la continuación de un legado, la huida del éxito, y un río final que lo envuelve todo en misterio. Su recuerdo no puede ser otra cosa que una elegía.

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