El vuelo eterno del sombrero perdido

Miller’s Crossing es el lugar donde Bernie Bernbaum implora por su vida a Tom Reagan, un cruce de caminos en medio de un bosque cualquiera del norte de los Estados Unidos en los últimos años 20. Bernie es Jon Turturro y Tom es Gabriel Byrne. Miller’s Crossing, el título original de la película que en España conocemos con el lírico pero sin sentido Muerte entre las flores. Miller’s Crossing tiene sentido, pero el título español: ninguno. Porque no hay flores —ni reales, ni figuradas— que acompañen a la muerte en ni un solo plano de la película. Dejando aparte tal tontería, de la que ninguna culpa tienen los creadores del film, estamos hablando de una de las cumbres cinematográficas de todos los tiempos. Un auténtico fiasco en taquilla, sí, pero la primera gran obra de esos dos genios del cine que son los hermanos Joel y Ethan Coen.

muerte entre las floresGabriel Byrne, como Tom Reagan / Foto: 20th Century Fox/Circle Films.

Miller’s Crossing o Muerte entre las flores, ya da igual, junto con Barton Fink, Fargo y El gran Lebowski, todas de los años 90, completan la jugada de obras maestras de estos dos pájaros. El resto de sus cartas, desde que se presentaron con Sangre fácil, en 1984, tampoco han sido malas; con la mayoría de ellas se podría ganar cualquier partida sobre el tapete de la altas cumbres cinematográficas.

Cada historia tiene su público. Los hermanos Coen, los congregan a todos. Pocos cineastas pueden presumir de gustar a espectadores tan diversos, manteniendo siempre un mismo estilo marcadamente propio. Tal vez sólo Clint Eastwood, maestro en todos los palos —del melodrama al western— pueda servir de nexo común a espectadores variados, tanto o más de lo que lo logran los Coen. Tomando únicamente las cuatro obras maestras de los hermanos de Minneapolis, tenemos: al espectador gélido y retraído, seducido por los parajes de Fargo, que se reconoce secretamente en el trágico patetismo que interpreta William H. Macy, y admira con envidia la personalidad arrolladora de la policía Frances McDormand… el amante del suspense; también encontramos al espectador risueño y canalla que vuela con “el Nota” por el cielo californiano, los enamorados del verano que encontraron en El gran Lebowski una guía espiritual de militancia vital, para reafirmarse o para dar un giro monumental a su destino… los valedores de la comedia; o al espectador solitario y clandestino de Barton Fink, que es cualquier otra persona antes y después de sumergirse en ese infierno figurado, el soñador independiente… el yonqui del drama. Y luego están todos estos y todos los demás —sean los que sean— juntos, rendidos frente a la pantalla siguiendo el vuelo bajo de un sombrero de ala ancha sobre la hojarasca de un bosque septentrional… todos los públicos, porque cuando una peli de gánsters es buena, nadie se resiste. Muerte entre las flores no es mejor ni peor que cualquiera de las otras obras maestras de los Coen —entre lo sublime no cabe la comparación—, pero convoca en sí misma todo lo bueno que cada una de ellas explota por separado: el suspense y el drama humano de Fargo, la gracia y los diálogos perfectos de El gran Lebowski, más la trascendencia dramática de Barton Fink. Y además, una historia de amor, como no tienen ninguna de ellas. ¿Qué más se puede pedir? 

Muerte entre las flores llegó en 1990, el mismo año del estreno de la esperada tercera parte de El padrino. Había pasado más de década y media desde que las dos primeras partes de la saga dirigida por Francis Ford Coppola convulsionasen la forma de hacer cine. El padrino no es solo la cumbre del género negro en cine; sus dos primeras partes están consideradas, por muchas voces, como las mejores películas de la historia. La unanimidad en colocarlas en el top ten de los films más importantes de siempre es incuestionable. El padrino supuso la vara de medir de cualquier película de gánsters que haya habido antes y que haya venido después. Y después, en efecto, vinieron unas cuantas, algunas realmente magistrales, como GoodfellasUno de los nuestros—, de Martin Scorsese, también estrenada, curiosamente, en 1990. ¿Qué pasaba este año? ¡Todos los fantasmas y planetas del género se conjuraron! Y lo llamativo fue que, después de todo, la culminación de la saga de los Corleone resultó una buena película, pero sin el genio de las dos primeras. Muchos se sintieron defraudados… que cada cual se responsabilice de sus esperanzas. Pero por suerte, tanto Uno de los nuestros como Muerte entre las flores tomaron el relevo que estaba tendido desde 1974, cuando Al Pacino se quedara sentado a solas en el jardín de la villa familiar, pensando en el pasado. Si Scorsese abrió camino a través de la mafia moderna de los 70 y los 80, en una apuesta de estilo que crearía escuela, los Coen se atrevieron a revisitar las formas más clásicas y literarias del género.

Muerte entre las flores se va directamente al universo de la literatura negra americana, de los detectives y el hampa de Raymond Chandler, Horace McCoy, JimThompson y, sobre todo, Dashiell Hammet. Al margen del virtuosismo técnico de la cámara de los Coen, que en esta ocasión se muestra más comedida que nunca, el guión es de antología, un manual de buen hacer en cada uno de sus elementos, desde la estructura a los diálogos, pasando por la construcción de personajes, localizaciones y atmósferas.

El speech sobre “amistad, carácter y ética” del mafioso Johnny Caspar en la secuencia inicial es una apertura de pasmosa riqueza, ya no solo por marcar el tono del universo en el que se adentra al espectador, sino porque está definiendo, de la manera más sutil que se le podría ocurrir a un narrador, al personaje protagonista. Los Coen no necesitan enseñar unos zapatos caminando y subir hasta el rostro de Tom Reagan. No necesitan ponerle a contraluz y que emerja de las sombras. No, lo que hacen es directamente hablar de él, sin hablar de él. Introducir un discurso sobre los conceptos que definen al personaje, en este caso: amistad, carácter y ética.

Tom Reagan, una especie de mano derecha y consejero del capo Leo O’Bannom, es, sin duda, uno de los tipos duros más duros del cine negro. Pendenciero y lacónico hasta crispar los nervios de un monje shaolin, el personaje interpretado por Gabriel Byrne resulta precioso en su integridad. Es más listo que nadie. Habla mejor que nadie. Y se deja llevar por los sentimientos. El tipo duro perfecto, vaya. La historia de Muerte entre las flores es la historia de las cadenas de la amistad que unen a Tom y Leo. Todas las decisiones de Tom son decisiones morales, y su mismo carácter es una posición ética. Amistad, carácter y ética. 

El guión de Muerte entre las flores es laberíntico pero no confuso. Las traiciones e intenciones de los personajes nunca conducen al despiste, sino al misterio, que finalmente es descubierto. Cada decisión que toman sus personajes los define —cuando es necesario saber sobre ellos— o implica un giro en la trama. No hay nada gratuito, ni queda un cabo suelto. 

Décadas después del año 1990, han sido muchas las películas que trataron de situarse en el olimpo del cine de gánsters: Promesas del Este, la desigual Camino a la perdición, o Casino. Algunas, como las mencionadas, son grandes películas. Pero después de El padrino, sigue habiendo solo dos films distintivos y creadores de escuela, y uno de ellos es Muerte entre las flores. A fin de cuentas, es imposible darle respuesta al impasible e insolente Tom Reagan.

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