El último poema de Robert Desnos

Es la historia de un viaje por la realidad y el sueño. No se sabe con exactitud dónde comenzó, ni cuánto de sueño hubo realmente, si acaso no fue todo realidad irremisible con algunos momentos de descanso. O acaso un breve sueño largamente interrumpido por una vigilia absurda y terrorífica. Un sueño de amor ingenuo, impedido por el toque de queda en el París ocupado, roto por las sirenas de Auschwitz, de Buchenwald, de Terezin.

desnosRobert Desnos, durante los años 20.

El poeta Robert Desnos, quien fuera precoz “profeta del surrealismo” durante los primeros años veinte, murió el 8 de junio de 1945, enfermo de tifus, pocos días después de ser liberado del campo de concentración nazi de Terezin, en Checoslovaquia. En la última fotografía que se tomó de él en vida aparece con el traje a rayas de los presos en los campos nazis, famélico, con el pelo rasurado, y sentado cabizbajo entre otros prisioneros. Su figura contrasta con la de las fotos de su juventud. Es imposible ya encontrar esa mirada clarividente de los años 20. El 9 de mayo de 1945, soldados soviéticos liberaron Terezin, los días y las semanas siguientes miles de presos los pasaron en el improvisado hospital del Ejército Rojo, Robert Desnos, sin energías ya en su cuerpo de 44 años, era uno de ellos. El día que murió, en el bolsillo de su camisón se encontró un pequeño poema manuscrito, ocho versos dedicados a su esposa, Youki: “Tanto soñé contigo, / caminé tanto, hablé tanto, / tanto amé tu sombra, / que ya nada me queda de ti. / Sólo me queda ser la sombra entre las sombras / ser cien veces más sombra que la sombra / ser la sombra que retornará y retornará siempre / en tu vida llena de sol”.

El conocido como Último poema de Robert Desnos,  no fue exactamente escrito, sin embargo, en la íntima resistencia del campo de concentración o en la certeza de la muerte temprana e inevitable. Robert Desnos lo llevaba fraguando cerca de veinte años. Los ocho versos de su último poema a Youki, ya los incluyó, prácticamente iguales, en uno de los poemarios más poderosos de toda la lírica del siglo veinte, el titulado A la misteriosa, que escribió en 1926, cuando era un resuelto y jovencísimo poeta de vanguardia. El poema que contiene los versos que dos décadas después el preso Desnos resumiría en un pequeño papel, se titula He soñado tanto contigo, y es uno de los poemas indispensables de la historia de la poesía universal. He soñado tanto contigo combina la prosa poética y el verso libre y se convirtió desde el mismo momento de su publicación en la pieza más famosa de su autor. Uno de esos poemas perfectos, de incontestable fuerza, que está hoy junto a otros como Vendrá la muerte y tendrá tus ojos de Pavese, Walking Around de Neruda, Tabaquería de Pessoa, Los heraldos negros de Vallejo, Palabras para Julia de Goytisolo o Miedo de Carver, por mencionar solo algunos de los más conocidos de la antología contemporánea.

En traducción de Ada Sala y Juan Abeleira al castellano, se lee así:

«He soñado tanto contigo que pierdes tu realidad.

¿Aún es tiempo de alcanzar ese cuerpo vivo y de besar en esa boca el nacimiento de la voz amada?

He soñado tanto contigo que mis brazos acostumbrados, de tanto estrechar tu sombra, a cruzarse sobre mi pecho, no se adaptarían al contorno de tu cuerpo, quizás.

Y ante la apariencia real de lo que me obsesiona y me gobierna desde hace días y años, me convertiría sin duda en una sombra.

Oh balanzas sentimentales.

He soñado tanto contigo que ya no es tiempo sin duda de despertar. Duermo de pie, el cuerpo expuesto a todas las apariencias de la vida y del amor y tú, la única que hoy cuenta para mí, has de saber que me sería más difícil tocar tu frente y tus labios que los primeros labios y la primera frente que llegaran.

He soñado tanto contigo, caminado tanto, hablado tanto, me he acostado tantas veces con tu fantasma que ya no me queda más quizá, y sin embargo, que ser fantasma entre los fantasmas, y cien veces más sombra que la sombra que se pasea y se paseará alegremente por el reloj de sol de tu vida».

Con todo el poemario A la misteriosa, Desnos se consagró como el más dotado de los escasos verdaderos talentos que conformaron el primer grupo surrealista. Era él el más joven del grupo de poetas que se unieron a la cruzada vanguardista de André Breton, fundador y tirano de una escuela que llegaría casi a ser una ideología o una profesión de fe. Desnos contaba poco más de 20 años cuando deslumbró al grupo de los primeros surrealistas con su capacidad para entrar en supuesto trance y dar rienda suelta a las espontáneas expresiones verbales generadas en lo más profundo de su psique. Breton le confirmó como el «profeta del movimiento». Y el joven Desnos, que había nacido en una familia humilde y se había formado de manera autodidacta desde la adolescencia, entrenado en años de ejercicio literario continuado, reportando sobre el papel desde el diario de sus sueños hasta la crónica y crítica periodística, pasando, por supuesto, por la poesía de inspiración simbolista, que publica con solo 17 años, no tarda en hacer valer su talento para seducir a un grupo de artistas sumamente intelectualizados. Desnos fue acogido y protegido como el salvador de la nueva poesía francesa por lo más granado de la vanguardia… hasta 1929, cuando a finales de año se consuma la definitiva ruptura con Breton, el hijo pródigo es expulsado de la comunidad surrealista y condenado por el padre fundador.

desnosÚltima fotografía de Robert Desnos.

El enfrentamiento y cisma en el seno de la vanguardia literaria francesa se ha convertido, con el paso del tiempo, en una anécdota que pone en evidencia la ridiculez de la mayor parte del circo montado. El surrealismo no está resistiendo bien los rigores del tiempo, y muchas de sus figuras han quedado retratadas como nocivos arribistas que aprovecharon la efervescencia de una época de crisis aguda en todos los aspectos sociales para medrar. Entre oportunistas de todo pelaje, se salvaron de la quema, precisamente, las figuras denostadas en su tiempo por los influyentes intelectuales revestidos de aquello que llamaron independencia artística. Con el tiempo, Desnos es parte del patrimonio artístico universal, como Éluard o Aragon, y de Breton no quedan sino un sinfín de poemas insustanciales que no aguantan comparación alguna con los de sus contemporáneos, de él sólo perviven las diatribas de un engreído hombre acomodado, cuya única causa era él mismo.

Resulta paradójico cómo la triste realidad de los tiempos puso a cada cual en su lugar. Breton, que en un primer momento se revistió de compromiso político y condenó a cuantos se mostraron distantes a hacerlo, fue, una vez llegados los tiempos en los que era verdaderamente indispensable cerrar filas en favor de la lucha contra el fascismo, primero en España y luego en toda Europa, quien se exilió de todo compromiso y de toda unidad. Si en un primer momento, durante los locos años veinte, Desnos obvió el compromiso social, embriagado por los licores de la élite artística, con la llegada de los años 30, la guerra en España y el ascenso del nazismo en Alemania, el poeta dio un giro a toda su vida y a su concepción de la poesía y el arte. Mientras que Breton, en los momentos más difíciles de la guerra en España, cuando todos los intelectuales se solidarizaban unitariamente en favor de la República, se retrataba desde Nueva York, abiertamente convertido en furibundo trotskista, firmando el infame Manifiesto por un arte revolucionario independiente; Desnos llevaba a cabo un impresionante ejercicio de responsabilidad —su apartamento de la calle Mazarine acogió a multitud de exiliados, organizó numerosos actos de solidaridad, como un homenaje a García Lorca en París, junto a Neruda y Jean Cassou—, y también de autocrítica, hasta el punto que al reseñar una antología de poesía francesa en la que él mismo estaba incluido, apunta: “Abrid este libro por cualquier página, incluso la que me corresponde a mí, y estad seguros de hallar vuestra correspondiente provisión de lágrimas, de sollozos, de melancolía, de desesperación… Esto no es una antología, es una empresa de pompas fúnebres. La poesía francesa, desde 1870, es una poesía de crisis. Y esta poesía justifica perfectamente el desprecio que siente la masa por los poetas, desprecio por el que estos tienen la audacia de indignarse. ¿Qué han hecho, a fin de cuentas, los poetas que se consideran como la flor y nata de la intelectualidad durante este período? Llorar. Pero no se puede ir a la batalla llorando si uno quiere vencer. Hay que ir cantando y el canto está del todo ausente en la poesía francesa contemporánea”. Todo queda dicho.

Pero volvamos a la poesía, y volvamos a aquellos versos indiscutibles que Desnos imprime en A la misteriosa. Porque aquí está la clave de la historia. ¿Quién era ella, la misteriosa? No era Youki, a quien Desnos aún no conocía. La mujer misteriosa a quien están dedicados los siete poemas del breve compendio fue una mujer real. En 1925 Robert conoció a una cantante del music-hall parisino, de bastante renombre en la ciudad, llamada Yvonne George. Durante cinco años, el poeta estuvo realmente subyugado por esta mujer, con la que, sin embargo, nunca mantuvo relación romántica alguna. El amor no correspondido por Yvonne inspiró tanto los poemas de A la misteriosa, como los de su su otra gran colección de final del período surrealista, las veinticuatro poesías de Las tinieblas. El amor de Desnos por Yvonne se enmarca y se reclama a sí mismo en la tradición de los grandes amores imposibles, dentro de la adaptación surrealista del concepto: el amour fou. Desnos le escribe a la mujer idealizada un poema perfecto —He soñado tanto contigo— que no habla de ella, un poema perfecto para Yvonne que, realmente, no es para ella, sino al amor. Yvonne George moriría en 1930, y Desnos quedó destrozado por el hecho. Solo la aparición de Youki en su vida, con su amor real, conseguiría hacer olvidar al fantasma de la mujer idealizada.

Cuando veinte años después, lejos ya los años juveniles del trance y el ensueño, del amor imposible por mujeres que no existen, Robert Desnos se encuentre en los campos de concentración nazis, echando terriblemente en falta a Youki, pensando que la vida se acaba, y que se acaba de la peor manera, la poesía revivirá en él de la manera más instintiva. Imaginarlo escribiendo clandestinamente en un pequeño papel los versos perfectos que en la juventud evocase para nadie, depurados de toda ensoñación y cobrando un dramático sentido real en su nuevo destino, sobre un amor verdadero, real, puede ser demasiado doloroso, pero muestra que en la cercanía con la realidad está siempre lo más trascendente del arte, tenga la forma que tenga. Robert Desnos, aun sin saberlo, desde la primera vez que escribió aquellas palabras, lo hizo para Youki, en el papel secreto del hombre preso que luchaba por la libertad.

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