Blur, del salto al paseo tranquilo

Durante 1997 muchos jóvenes hicieron al menos dos minutos de ejercicio a la semana. Los dos minutos que duraba Song 2, la descarga adrenalítica para saltar y gritar de Blur. Cada fin de semana, en multitud de pubs y discotecas, ejércitos juveniles entraban inmediatamente en trance con el primer acorde de aquella canción. Dos minutos después todo volvía a su cauce, se recuperaba la respiración y la barra del local se abarrotaba de gente pidiendo cerveza.

Song 2 fue la segunda canción del quinto álbum de Blur, los chicos buenos del Britpop. Aquel quinto disco de la banda, en pleno comienzo del final de la ola britpopera de los años noventa, marcó el punto de inflexión del grupo. Una etapa había acabado. Blur dejaron de trabajar con su productor habitual, Stephen Street, y editaron un nuevo trabajo en 1999 completamente distinto a todo lo anterior. 13, que así se tituló, se abría con Tender, un mediotiempo magistral con ecos soul y gospel, que definía los nuevos ritmos personales de los chicos excitados del Londres acomodado; y se cerraba con un tema instrumental, precedido del baladón descomunal No distance left to run, a medias entre el himno, el testamento, la confesión y la declaración de intenciones, vamos… un hitazo inmortal sobre cuyo espíritu renacería años después el grupo.

Blur: Graham Coxon, Alex James, Damon Albarn y Dave Rowntree / Foto: Linda Brownlee.

En aquellos últimos años de juventud, aún le quedaba a Blur por sacar un disco más. Todo apuntaba a que sería el último. Los intereses de cada uno de los miembros iban por un lado, y no olvidemos que estamos hablando de una banda de rock, es decir, de un inevitable combate de egos. Y de drogas, claro, y alcohol, que siempre facilitan la guerra. En 2003 salió a la luz Think Tank, la definitiva rareza de Blur, con concesiones maravillosas como el single Out of time, reafirmando la brecha melancólica abierta en 13, pero quedando como valioso pero confuso ejercicio de influencias cruzadas, de la experimentación puesta en boga por unos Radiohead embebidos en su tedio y atmósferas triphoperas con orientalismos, una mezcla desnortada. Para cuando el disco estuvo en la calle y comenzaba la gira la banda se había desgajado por una de sus partes fundamentales: el guitarrista Graham Coxon veía la tarjeta roja por mala actitud. 

Después de la ruptura con Coxon, cada uno se fue por su lado. Damon Albarn se convirtió definitivamente en uno de los nuevos popes de la intelectualidad poprockera británica, y se permitió ir montando un “más original todavía” detrás de otro: discos en solitario, bandas sonoras con eminencias como Michael Nyman, grupo al uso con músicos convertidos en dibujos animados, óperas chinas, nueva banda de superestrellas sin nombre… todo muy moderno, pero con hallazgos y algunos resultados verdaderamente destacables. Así quedó el asunto.

Y en 2008, para ilusión de los fans y del mercado, un guiño entre los papis regañados, un almuerzo de viejos amigos para volver a serlo, que se rubricó con el anuncio de la vuelta de Blur, al  menos a los escenarios, con conciertos a lo grande, comenzando en Hyde Park. Toda la historia del reecuentro, un tanto dulzona y melodramática, quedaría filmada en el documental No distance left to run, que es bonito de ver para los fans de la banda y para aquellos de corazón que se enternezca con facilidad. La nueva etapa como grupo leyenda que vive de sus grandes éxitos les llevó por todos los continentes; en una de las paradas, durante la primavera de 2013, la suspensión de algunas actuaciones les dejó varados en Hong Kong una semana, que aprovecharon para meterse en un pequeño estudio y grabar material nuevo. Después de esos días, el ritmo de la gira regresó, luego llegó un tiempo de descanso, y fue entonces cuando el viejo mohíno Coxon decide por su cuenta y riesgo llevarle lo grabado a Stephen Street, el antiguo productor del grupo. Juntos arreglan parte del material y enseñan los primeros resultados al resto. El final es conocido: en febrero de 2015 Blur anuncian por sorpresa que tienen un disco nuevo, titulado The Magic Whip.

Bueno, y más allá del impacto mediático… ¿qué tal The Magic Whip? La respuesta es: Blur, en su estado actual. Ya no van a hacer saltar dos minutos semanales a una generación joven, pero van a acompañar en unas cuantas noches solitarias a los viejos jóvenes que saltaban allá por el 97. El álbum regreso de Blur, después de doce años, confirmó lo que adelantaron 13 y Think Tank, que los chicos de Essex habían entrado en la madurez. Y mira, les sentó bien. Son lo que son, gente acomodada con cierta conciencia social, pero sobre todo, con la vida resuelta y las preocupaciones propias de quien tiene esa suerte. Y no lo ocultan, sino que construyen canciones sobre sus acomodadas vivencias de estrellas tranquilas del rock disfrutando de los paisajes del mundo y de su cómoda nostalgia del hogar durante las giras. 

The Magic Whip se puede escuchar gratis desde la propia web del grupo. El estilo que domina el disco es el de la melancolía de baladas y mediostiempos atmosféricos, sobre la soledad, la nostalgia y la lejanía. Hay quien se puede sentir defraudado por no encontrar apenas reminiscencias de los jóvenes Blur, pero debe aceptarse que estos tipos son ya gente mayor haciendo música, y la evolución natural más lógica y de agradecer es hacia cierta contemplación. No son los únicos dinosaurios del Britpop que lo han hecho, si no, mírense los trabajos en solitario de Brett Anderson o de Noel Gallagher. Mejor eso que el ridículo a más en el que siguen cayendo Bono y compañía, un lifting —musical— detrás de otro. En The Magic Whip hay lentas maravillas como New World Towers o My Terracota Heart, en la onda que ya anticipara Under the Westway; himnos a lo Bowie como There Are Too Many Of Us o Pyongyang; un honestísimo mediotiempo como Ghost Ship, suerte de Sitting on the dock of the bay de estos londinenses en el lejano oriente; y para gusto de nostálgicos noventeros, la alegre Ong Ong, que a buen seguro levantara saltos en los conciertos y poblará las secuencias finales de unas cuantas comedias románticas en el futuro.

No son canciones, las de estos Blur, para grandes estadios, salvo un par de ellas. Es música que ganará en el directo íntimo y en el acústico. Y por supuesto, en la audición de casa o coche o cascos para dentro de uno mismo. Blur ya no hacen música para bailar y sonreír, sino para pensar en nuestras cosas. Ya no hacen música para saltar, sino para caminar tranquilamente y en soledad.

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