Agostino y la Roma: fútbol del desamor

La historia de Agostino Di Bartolomei con la AS Roma, uno de los club históricos del fútbol italiano, trasciende la relación normal entre un hombre y una institución. Las características de la historia que les une son las propias de una relación personal, y más allá de eso, de la historia entre dos amantes, cabría considerar. Es la leyenda de un hombre enamorado desde niño de una ragazza vestida de rojo y amarillo, del joven tímido que conquista el corazón del imposible objeto de deseo, de los años felices y un final inesperado, es la historia del hombre abandonado, del desamor y la ilusión del regreso a los tiempos felices, que no vuelven, de la ilusión que desaparece, y de una tristeza por el amor perdido que solo termina con la muerte.

El 30 de mayo de 1994, Agostino, el eterno capitán de la Roma, se quitó la vida de un disparo en el corazón. Dejó una nota: “Me siento atrapado en un agujero”. Y una agenda con tres fotos dentro: una de su familia, otra de un santo, y una de la afición de la Roma. Justo ese día se cumplían diez años de la única final de la Copa de Europa que la Roma había y ha disputado en su historia; el azar quiso que la jugaran en su propio campo, con Ago de capitán, contra el Liverpool; y que perdieran en los penaltis ante los ingleses.

agostino-bartolomei-Agostino, saludando a la afición de la Roma.

Agostino di Bartolomei creció en Tor Marancia, un barrio de trabajadores de los más humildes de Roma. En sus calles desarrolló el carácter y el estilo que le definirían en el juego y en la vida, observador y meditabundo, grave la mirada y tímida la sonrisa. A los 14 años ingresó en las categorías inferiores de la Roma, el amor de su vida, a cuya casa llevaba acudiendo cada domingo con la lealtad del niño subyugado por una imagen que le marcará el resto de su vida. Sólo dos semanas después de cumplir los 18 años debutó con el primer equipo. Tras tres temporadas como joven promesa, fue cedido un año al Vicenza —en la Serie B, la segunda división italiana— para terminar de fraguarse como profesional. Al año siguiente, convertido en un centrocampista pausado, adelantado a perfiles que triunfarían dos y tres décadas después, regresa a su amada Roma, y comenzarán los años felices de un idilio hermoso y trágico.

En su regreso, Ago coincide con el entrador Nils Liedholm, viejo sabio que le convertirá en un jugador nuevo, retrasando su posición a la defensa y transformándolo en un líbero constructivo sobre el que se sustenta todo el equipo. Agostino era el líder, el capitán de un equipo que armará un juego poco común, ni en Italia ni en ninguna parte, sobre los principios de toque y posesión que desarrollarán y elevaron a los altares el Barça y la España del nuevo siglo. “Diba” era el jefe contemplativo, el capitán, el primer capitán romano en la historia de la Roma. La curva del Olímpico le veneraba. Y la historia de amor se festejaba en forma de títulos, dos Copas de Italia consecutivas frente al Torino y finalmente el Campeonato de liga de la temporada 82-83. Era el segundo Scudetto de su historia, cuarenta y un años después del primero.

El sueño del niño Agostino se había cumplido. Pero restaba aún la realización del más soñado de los imposibles: la Copa de Europa. El azar quiso que la final europea del 84 se jugara en el Olímpico de Roma. Y la Roma, liderada por “Diba”, hizo que la realidad pareciera, una vez más, una burda ficción: llegando en la primera ocasión que el club participaba en el máximo campeonato del continente a la final que se disputaba en su propio campo. Enfrente, un Liverpool histórico, el de Dalglish, Souness o Grobbelaar.

El partido fue uno de esos malos partidos que tienen de todo, así de extraño es este deporte. En el fondo romano un horizonte de fuego de bengalas iluminaba acostumbrado el cielo a punto de anochecer. El Liverpool se adelantó con un gol horroroso, precedido de una más que posible falta al portero romano, que después de ser empujado por el adversario inglés y caer a la hierba sin el balón, recibía el pelotazo en la cabeza de un fatal despeje de su defensa, dejando el rechace a placer para que Phil Neal marcase cómodamente. A pesar del varapalo inicial, la Roma empató antes del descanso. Después, mucha pelea y poco juego hasta los penaltis. Agostino está tan cerca, tan cerca del sueño más utópico y antiguo de su ser, que resulta abrumadora su calma cuando lo tiene justo enfrente, a once metros. Será el primero de los tiradores de la Roma en la ronda de penaltis, que ha comenzando con el fallo del Liverpool. Delante de Agostino, un portero que pasará a la historia del fútbol pocos minutos después, un guardameta loco que pone nerviosos a todos sus contrarios, salvo al capitán de la Roma, que se mantiene impertérrito apenas a un par de pasos del balón. Dos pasos de distancia que será solo uno después del pitido del árbitro y antes del inapelable zapatazo de “Diba”, que le sacude a la red alto y por el centro. En ese momento, la Roma era campeona de Europa. Agostino lo había logrado, había despertado de la realidad en su sueño, después de una noche eterna con el amor de su vida.

Lo que pasará a la historia de aquel encuentro, finalmente, será la remontada en los penaltis del Liverpool, y el baile de borrachera de Grobbelaar antes de que lanzase Graziani, el delantero de la Roma, y fallase. Era la primera vez que un equipo perdía la final de la Copa de Europa en su propio campo. Agostino se despertó de nuevo, ahora sí, del sueño en la realidad. Era el 30 de mayo de 1984, diez años justos antes de su muerte.

El técnico Nils Liedholm no continuaría la siguiente temporada en el banquillo de la Roma, llegaría Sven-Görak Eriksson, que no tenía en sus planes contar con Agostino. Y fue entonces cuando el amor se truncó. El club vendió a su capitán al Milan, ante el estupor de toda la afición. Ago, estupefacto, se marchó como si le hubieran echado de casa en plena noche y tirándole la ropa por la ventana, para hacer hueco a otro que no era él. Desde entonces, no hizo otra cosa que dar muestras de su dolor y de su deseo de volver.

En su primer encuentro contra la Roma, otra vez esa mala guionista que es la señora realidad se ocupó de escribir un capítulo previsible. No podía ser otro que Agostino el que metiera el gol de la victoria del Milan ante la Roma. Pero entonces, algo original… lejos de la patética corrección política, Ago celebró el gol con rabia, con toda la rabia del desamor. Sus antiguos compañeros se le echaron encima, indignados. No comprendían. Y debían ser los únicos, porque en Roma, la afición sabía que esa supuesta afrenta era un grito de amor, o de desamor, un grito de un hombre callado que preguntaba por qué le habían echado de su casa.

La carrera de Agostino nunca regresó a Roma, a pesar de sus deseos. Pasó tres años no demasiado destacables en el Milan, otro en el Cesena y dos temporadas finales en la Serie B, con el Salernitana. ¿Podría comenzar una nueva etapa en Roma?, se preguntaba. Quizás como directivo o como entrenador. A fin de cuentas no había nadie que pudiera sustituirle en el corazón de la Roma. Pero entonces comenzó a comprender la naturaleza de su vieja amante. Era imposible su amor, porque estaba loca, enajenada. Tenía dos personalidades. Había una parte de la Roma, la más pura, que le amaba y siempre lo haría, que le era fiel, pero que era la parte más débil, la de la curva, la afición. Y había otra parte egoísta de la Roma, la que dirigía, la que tenía las llaves de la casa, que ya no le quería y que nunca volvería a hacerlo, porque no le necesitaba. Ese amante esquizofrénico que es todo club de fútbol le partió el corazón a Agostino Di Bartolomei. Nunca volvería a ser feliz en Roma, con su amor.

Agostino se marchó a vivir a un pueblecito pesquero del sur, con su mujer y su hijo. Abrió una escuela de fútbol para niños y se dejó vivir tranquilamente. Su hijo, Luca, que era un niño cuando su padre se suicidó, explica con sencillez qué algo tan complejo pudo pasar en el interior de Agostino el último día de su vida: “Cuando con 38 ó 39 años estás en plenitud, en tu madurez intelectual, y ves que todas las puertas se te cierran, quizás en una bonita y soleada mañana de mayo, te paras un momento a pensar y te acuerdas de que diez años antes, cuando estabas a punto de cumplir un sueño, todo se rompió en pedazos”.

Y el recuerdo de un sueño roto en pedazos puede acabar con un hombre. Agostino escribió aquella última frase rotunda y espeluznante —“Me siento atrapado en un agujero”—, con la que regresó a Roma para siempre, quedándose en el hueco del corazón para los amores perdidos.

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