Teatro de la ciudad (I): Antígona

Los aficionados al mejor teatro estamos de triple enhorabuena. La propuesta de los dramaturgos Miguel del Arco, Andrés Lima y Alfredo Sanzol de formular un espacio de creación y experimentación en el Teatro de La Abadía a partir de las tragedias griegas Edipo Rey, Medea y Antígona, está dando lugar a uno de los proyectos más innovadores y vanguardistas del panorama teatral madrileño.

Además de la dirección de estas tres tragedias, se ha abierto un lugar de encuentro, que funciona como un escenario abierto al público, donde se dan cita pequeños montajes de microteatro, conversaciones sobre las tragedias presentadas por cada equipo artístico, y otras sorpresas  donde la interacción con el público y la posibilidad de que éste se convierta en un elemento activo, representa una sensación nunca antes experimentada. Este laboratorio tiene el título de Entusiasmo y denota un espíritu innovador. Esperemos que tenga la acogida que se merece. La respuesta del público no está siendo menos notoria. Llenos y localidades agotadas, pese a que hasta el 21 de junio no se cierra el telón.

Antígona_Foto-LuísCastilla-ElNorteComunicación2Antígona, en La Abadía, 2015 / Foto: Luís Castilla/ElNorteComunicación.

Fui a ver Antígona ya con todas las localidades ocupadas. Lleno absoluto. Miguel del Arco y su troupe han logrado conciliar a crítica y público consiguiendo que cada espectáculo suyo sea un acontecimiento. Una cita ineludible para entendidos y primerizos, combinando lo comercial con calidad extrema. Y digo esto, ya que, como en La función por hacer, Veraneantes —ambas estrenadas en La Abadía— o Misántropo, logra modular el lenguaje —aquí de la obra de Sófocles— para extraer de un texto de más de dos mil años de antigüedad perturbadores similitudes con nuestro presente político. Es algo que ya consiguió alcanzando enormes cotas dramáticas y hasta vitriólicas —por qué no— con autores como Gorki o Molliere. Si en aquellas su diana era una élite intelectual y social adocenada y corrupta, ahora sus dardos apuntan al núcleo de la razón de Estado hobbessiana. Los parlamentos de Creonte, que asume el rol de guardián inflexible de la ley por encima de la más mínima humanidad, permite a Del Arco criticar el lenguaje político intemporal —ya sea Aristóteles, Maquiavelo o el propio Sófocles quien lo dramatice—, abriendo inquietantes conexiones con nuestro actual sistema representativo y el funcionamiento de nuestra democracia. Es un personaje que evoca a las tragedias de Shakespeare, aunque adolece de la maldad fabuladora de un Enrique III o del carácter intrigante de una Lady Macbeth. Para ello, se apoya en una fuerza de la naturaleza llamada Carmen Machi, cuya masculinidad no se antoja forzada, sino comedida, sobria e implacable. Suya es la función desde su primera aparición y sobre su persona gravita la fuerza de la tragedia. 

Cierto es que Antígona y el loable trabajo de la actriz Manuela Paso mantiene el pulso, y su drama interno es el eje vertebrador por el cual pivotan su hermana Ismene —una Angela Cremonte sobrada de fuerza e intensidad, aunque algo sobreactuada al principio, alcanzando no obstante una notable fuerza dramática en la escena que se despide de su hermana— o su prometido Hemón e hijo de Creonte —un Raúl Prieto que condensa el dolor con gran economía gestual, su rostro es pura contención y dolor interiorizado, siendo su mirada suficiente para lograr la escena dramática y absorvente junto a Creonte; actor que consigue clavar como dianas sus diálogos, y que ofrece en su cara a cara con Machi, un pulso interpretativo de alto voltaje.

Antígona_Foto-LuísCastilla-ElNorteComunicaciónCarmen Machi en Antígona, en La Abadía, 2015 / Foto: Luís Castilla/ElNorteComunicación.

La puesta en escena, como es habitual en su director, es plástica, sumamente estética, con coros, quizás, demasiado gestuales y números musicales atronadores. Siempre he admirado este tipo de montajes de gran voltaje visual, excesivo si se quiere, pero con fuerza. Me recuerdan a los montajes de Alex Rigola —su Julio Cesar, visto también en el teatro La Abadía, en el que se compaginaba el This is the end de los Doors con actores recitando a Shakespeare en traje, a lo Reservoir dogs; algo que se me quedará gravado para siempre.

El telón se abre con una enorme bola que personifica la mirada de un Dios colérico y vigilante, que sirve como punto introductorio para presentar la tragedia. Es un recurso escénico de enorme impacto visual. Carlos Saura abría de forma similar su Teatro del mundo de Calderón de la Barca

También percibo ecos de compañías como La Fura dels Baus o directores como Calixto Bieito en momentos como la ascensión de Antígona hacia su desdichado destino. Una arriesgadísima y compleja escena que en ningún momento cae en la tentación de perder el poder supremo de la palabra en beneficio de pirotecnias visuales. Si algo hay que agradecer a Del Arco es su fe en el texto como herramienta indispensable de comunicación con el público, ya sea contextualizando el material dramático o respetando su interpretación original. Es ahí donde reside su rotundo éxito.

Uso de cookies

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies