Orson Welles, entre sombras y espejos

Una mole humana de enigmas y carisma. Una voz prodigiosa que hubiera sido la propicia para narrar la misma historia del mundo. Desde el rodaje de su ópera prima, Ciudadano Kane, al de su último proyecto estrictamente cinematográfico, F for Fake, transcurrieron más de treinta años, en los que Orson Welles se erigió como el más determinante director del primer siglo de Historia del cine. Entre medias, miles de metros de película filmada, que dejaron una docena de largometrajes terminados y proyectados en vida de Welles; aparte, un buen número de trabajos inacabados, material diseminado por todo el mundo, que se ha ido rescatando de ese limbo legendario donde lo dejó su autor.

Excesivo en todo, hasta en la moderación, el caso de Orson Welles es uno de los más fascinantes de la Historia del cine. No existe sólo como director, sino como reconocido intérprete en numerosos films —algunos de ellos, aparte de los propios que protagonizó, clásicos consagrados, como El tercer hombre o El largo y cálido verano—. Su labor teatral, prestigiosa de Shakespeare, aterrizó  con un profundo impacto en la escena de Broadway durante los años 30. Un hito de masivo alcance constituye su celebérrima adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, que convenció durante una hora a medio Estados Unidos en 1938 de estar siendo invadidos por marcianos. Y por último, en la década final de su vida, con todo hecho en el mundo del cine, Welles se destaca como un avanzado explorador del formato televisivo.

Orson Welles - F for FakeOrson Welles, en F for Fake (1974) / Janus Film/SACI.

A pesar del currículo y de los logros para una posteridad cuya idea despreciaba, Orson Welles declaraba que sentía “vergüenza de sí mismo por no hacer más cosas”. Exagerado, como decimos, hasta en la humildad. Reconocido como chico prodigio desde muy niño, pasaría y acabaría sus años convertido en un adulto hiperactivo de extraordinaria simpatía. Fue acusado por la crítica de matar multitud de proyectos por su querencia de hacerlo todo en ellos o de comenzar inmediatamente otra cosa diferente. Opinión con lo que no parecía estar de acuerdo, a juzgar por los que expresaba en una entrevista televisiva en 1960: “No creo que nadie intente demasiadas cosas a la vez”. En la misma ocasión, contaba cómo, tras su debut teatral en las tablas irlandesas, la crítica lo califico de “amarga decepción”, definición con la que decía encontrarse, más de veinte años después, completamente de acuerdo, considerando que eso era lo que había sido reiteradamente para el mundo del espectáculo: una amarga decepción. No lo sería para el público —sobre todo con el tiempo—, menos para los historiadores del cine, ni para los colegas, ni para sí mismo, seguramente. Pero, en efecto, de todos los desencuentros con el sistema de estudios de Hollywood y con la industria en general, ninguno tan mayúsculo como el de Orson Welles, el único genio reconocido por todos al que nadie le dejaba filmar ni le permitía contar la historias que quería tal y como tenía en mente. Los contratiempos que suspendían temporalmente o hacían abandonar para siempre sus rodajes, la falta de financiación y la censura de todo tipo que modificó en las salas de montaje la mayor parte de sus obras, son hoy leyendas del séptimo arte.

Mucho se ha escrito sobre sus grandes obras. Casi todas las que acabó en vida, a pesar de los cambios que operaban en ellas los estudios, están consideradas clásicos, varias de ellas obras maestras. Tal vez sólo Stanley Kubrick se le pueda comparar en unanimidad crítica. Incluso las más irregulares películas de Welles sobrevuelan a un nivel por encima de la media. La dama de Shanghai, que siempre me pareció la peor de ellas, con un guión deslavazado, inverosímil, que en sus diez primeros minutos —“horribles” y “estúpidos” según el propio Welles— ya da muestra de todas sus contradicciones, contiene, sin embargo, suficientes hallazgos y momentos de gracia narrativa que merece estar en las enciclopedias del celuloide. La secuencia en el acuario o el final en el laberinto de espejos, junto con un narrador en off dejando frases que hubiera firmado el mismísimo Raymond Chandler, compensan todos sus errores. Sobre las condecoradas como piezas maestras, algunas que no necesitaron convulsionar ninguna tradición narrativa para destacarse, Campanadas a medianoche o Sed de mal, cuyo plano secuencia inicial no dejará de proyectarse jamás en las academias de cine.

Entre sus obras maestras —hay cineastas que se conformarían con haber rodado una, y este hombre hizo varias, a pesar de todas las dificultades que encontró— es llamativo que dos de ellas sean precisamente su primer y su último film, y que compartan un sentido similar en su papel de masterpiece: el de revolución narrativa. Ciudadano Kane, rodada por un Orson de 25 años de edad, es justamente considerada un punto y aparte en la forma de contar historias. El uso de la profundidad de campo, la rotura de los suelos en efectistas planos contrapicados, o de los techos y hasta del cielo para subir la cámara en el el brazo de una grúa de pluma que pareciera infinita, y una fotografía contrastada que cincela figuras de las sombras, para hacer avanzar un guión de historias dentro de historias, fueron los nuevos valores que el ignorante debutante le regaló al cine. El descaro de Ciudadano Kane no se reducía a la técnica, sino al mensaje de la propia historia, en la que el retrato del magnate ficticio de la prensa Charles Foster Kane no ocultaba la identificación con los rasgos del magnate real de la prensa William Randolph Hearst, que trató de impedir por todos los medios su estreno y cuya oposición ayuda a comprender el posterior maltrato de la industria a Orson Welles. Ciudadano Kane no fue solo una revolución, sino una revolución victoriosa. Después de ella, nada se contó igual.

La última película de Orson Welles, F for FakeFraude, en España— significa la cuadratura del círculo a una carrera dominada por los juegos entre realidad y ficción y la transgresión de la narrativa conocida hasta entonces. F for Fake, de 1973-1974, es un documental sobre la falsificación y el arte, que toma como vehículo la historia de Elmyr de Hory, el más importante falsificador de cuadros del siglo veinte, y la de su biógrafo, otro emérito trilero juzgado por la publicación de una falsa biografía de Howard Hughes. El documental se presenta como un ejercicio y un discurso sobre el tema en sí mismo, protagonizado por el propio Welles, narrador omnisciente que decide cuándo cuenta hechos reales y cuándo hace ficción. El último gran truco de prestidigitación de un mago de la narración audiovisual. F for Fake, convertida en película de culto hoy día, es una obra maestra que permanece, sin embargo, en la marginalidad, comparada con Kane, pero que cierra por esto mismo el arco dramático de Welles como cineasta, de padre de la narrativa moderna a abanderado del cine independiente.

Quién sabe si la nómina de obras maestras wellesianas no seguirá creciendo. Desde su muerte, en 1985, se han ido recuperando miles de metros de película que se quedaron por el camino. En 1992, su amigo Jess Franco, montó de la manera más fiel a la idea del director su Quijote. En 2013 se descubrió en Italia el mediometraje mudo Too Much Johnson, que rodó en 1938 y se consideraba perdido; le vino a quitar, en cierta manera, un pedacito del título de ópera prima a Ciudadano Kane. Coincidiendo con el 100 aniversario de su nacimiento y el 30 de su fallecimiento, se prepara el montaje de otro de sus más legendarios proyectos abandonados, el titulado The other side of the wind. Décadas después de su muerte, Orson Welles sigue contando historias dentro de otras historias, moviéndose en el vaporoso terreno de la leyenda, entre la realidad y la ficción, haciendo magia con ilusiones, entre sombras y espejos.

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